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Opinión | Tribuna

Málaga

¿Una mosca cojonera?

El profesor Jesús Zamora nos zarandea ante la presencia de un «diagnóstico equivocado»: el que sostiene que hay razones morales para que se produzca el colapso de nuestra civilización

Imagen de archivo tomada con un dron que muestra el mar de Mármara cubierto de «mocos marinos» en Estambul, Turquía. Debido al calentamiento global, una capa de sustancia viscosa similar al moco que aumenta día a día en el mar de Mármara amenaza a la industria pesquera y al medioambiente. EFE/EPA/ERDEM SAHIN. NO VENTAS ZONA EPA

Imagen de archivo tomada con un dron que muestra el mar de Mármara cubierto de «mocos marinos» en Estambul, Turquía. Debido al calentamiento global, una capa de sustancia viscosa similar al moco que aumenta día a día en el mar de Mármara amenaza a la industria pesquera y al medioambiente. EFE/EPA/ERDEM SAHIN. NO VENTAS ZONA EPA / ERDEM SAHIN / EFE

El catedrático de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia de la UNED Jesús Zamora Bonilla (1963) es también un buen novelista y más que tábano socrático es una genuina mosca cojonera. No se limita a lanzar aguijonazos certeros que escuecen desde áreas tan poco practicadas con rigor como la filosofía de la economía. No nos dejar parar, nos exige estar en un estado de ebullición mental, resistente al desaliento, pegajoso incluso, lanzándonos constantemente el guante y provocando en ocasiones la irritación. Si no se tratara de un pensador heterodoxo que ha bebido en el manantial del escepticismo podríamos pensar que sus fines son proselitistas y propios del intelectual orgánico de Gramsci. En cualquier caso, lleva dando cuenta de su molesta condición, con un agudo sentido del humor y notable agilidad discursiva en las redes sociales desde tiempo inmemorial, y ha compartido con nosotros joyas de la argumentación racional, publicadas en editoriales de lugares ignotos, como son sus libros ‘Contra apocalípticos’ y ‘La nada nadea: invitación al nihilismo’– una desenfadada y rigurosa revisión aplicada de los que sentimos alergia por los postulados metafísicos.

‘Cuando calienta el sol aquí en la playa, siento tu cuerpo vibrar cerca de mi’ es una canción del nicaragüense Rafael Gastón compuesta hacia 1950. El grupo cubano-mexicano ‘Los Hermanos Rigual’ popularizó estas palabras en 1961-62. Y no es por darles envidia, pero escribo estas palabras cerca de mi casa, «cerca de la playa», aunque el cuerpo cuya vibración percibo es tremendamente prosaico y mis propuestas de acción están ligadas, desde febrero de 2025 a un diagnóstico médico y guía, desde entonces, el entorno de mis decisiones presuntamente racionales y las de mis sacrificados cuidadores y cuidadoras. Curiosamente, nos solemos sentir aliviados al recibir el juicio de los galenos, aunque este no nos sea favorable. La incertidumbre parece ser una dolencia mayor al padecimiento que pueda implicar el diagnóstico. Ya saben: el miedo lo complica todo.

Este sencillo esquema que les cito a continuación me ha sido siempre muy útil en mis tareas docentes: en primer lugar, detectar sospechas sobre la problemática ligada al objeto de estudio; a continuación, formular un buen diagnóstico al respecto (análisis y síntesis); y finalmente, ofrecer propuestas de actuación, desde el punto de vista individual y social. Una vez descubierta la presencia de lo universal e intersubjetivo en lo particular, podemos volver sobre nuestros pasos para preguntarnos: «y ahora, ¿qué hago yo?». Porque los humanos no nos solemos contentar con las abstracciones teóricas dado que la razón tiene también una importante dimensión práctica, esto es, una invitación o la prescripción de la acción y una no menos desdeñable dimensión estética.

Aunque el viejo librito de Leslie Stevenson ‘Siete teorías de la naturaleza humana (Platón, Cristianismo, Marx, Freud, Sartre, Skinner, Lorenz)’, cuyo original data de 1974, adopta un tono que puede resultar demasiado escolar, valoro sus apuntes antropológicos que brotan de fuentes tanto filosóficas como científicas y hace un uso riguroso de la propuesta que he citado anteriormente. Y hago mi recomendación a sabiendas de que la apelación a la inteligencia artificial puede llegar a convertir la lectura en un acto excesivamente breve y poco reflexivo. Por el contrario, el ensayo de Jesús Zamora Bonilla ‘Contra apocalípticos’ (2021) traza por medio de un armazón conceptual de argumentos racionales y un envidiable sentido del humor, un mapa inteligente y claro sobre el presente y el futuro de la humanidad sin evitar ni la polémica ni las controversias. Esta tarea quijotesca y ‘cojonera’ recuerda en gran medida el talante intelectual de pensadores como el español Javier Mosterín y ha podido ser completada en otros escritos como ‘La nada nadea: invitación al nihilismo’ (2023).

El profesor Jesús Zamora nos zarandea ante la presencia de un «diagnóstico equivocado»: el que sostiene que hay razones morales para que se produzca el colapso de nuestra civilización, condenada a contemplar, a corto plazo y según sus radicales agoreros, los estertores de su propia desaparición. El apocalipsis climático anuncia el pistoletazo de salida. Es una insensatez negar los hechos objetivos que confirman los funestos daños colaterales de los avances tecnológicos en este estado de cosas, así como las prácticas sociales asociadas. Las estamos viviendo a diario, casi sin pestañear.

Pero el profesor Zamora prefiere centrarse en el desenmascaramiento de las contradicciones internas que subyacen a las interpretaciones apocalípticas –especialmente, las fundamentaciones morales de éstas, como sucede en algunas versiones del ecologismo extremo o el ‘dataísmo’ de influyentes pensadores actuales como el escritor israelí Yuval Noah Harari-, pues aspira a ser un agudo cirujano conceptual. En definitiva, los problemas reales que experimentamos y podemos vislumbrar no implican necesariamente abrazar interpretaciones apocalípticas. En cualquier caso, en el proceso descrito asistimos a un fenómeno en el que un mal diagnóstico nos aboca a una propuesta de acción errada, como lo es amputar una pierna a un paciente porque padece hemorroides.

El resultado de todo ello, en el nivel de las cosmovisiones filosóficas, es la sustitución altanera del humanismo ilustrado, presuntamente caduco, por un ‘posthumanismo refrescante’, sumamente atractivo para el consumidor intelectual de nuestros días. Por el contrario, el profesor Jesús Zamora opta por la resistencia, por la defensa de una manera de pensar que se extendió en el siglo de las Luces. Piensa que es la mejor garantía para el desarrollo del conocimiento científico, la democracia liberal y el crecimiento económico. El lector puede encontrar un buen resumen de esta cosmovisión, por ejemplo, en la reseña que publicara el autor de ‘Contra apocalípticos’ en la revista cultural digital ‘Café Montaigne’ (23 de abril de 2018), tras su atenta lectura de dos libros: ‘Nueva Ilustración Radical’, obra de la pensadora catalana Marina Garcés y ‘Enlightenment Now’ del psicólogo y escritor canadiense Steven Pinker.

Consecuente con su cosmos intelectual, la temática que revisa en el libro citado se centra en el ecologismo, el animalismo y el posthumanismo, sin eludir la discusión sobre la posverdad y los derechos posthumanos. Pienso que su posición está en sintonía con las adoptadas por el escritor y politólogo malagueño Manuel Arias Maldonado. Hablando no hace mucho con mi amigo, el filósofo, crítico y poeta cartameño Sebastián Gámez Millán coincidíamos en algo que suele ser inconfesable en el entorno que solemos visitar con asiduidad: aunque en ocasiones nos cueste renunciar a la solidez de nuestro sistema de argumentaciones, al leer a autores como los que he mencionado, es difícil negar su sensatez, su coherencia. Nos convencen.

Una de las ventajas de hacerse viejo consiste en no sufrir demasiado por esta presunta contradicción (por ejemplo, quien escribe estas líneas ha sido y es un apasionado del pensamiento libertario al que le cuesta mucho reconocer las virtudes del capitalismo). Pero suelo aprender bastante más de los que defienden posturas antagónicas a las mías que de las que regalan mis oídos. Por el contrario, grandes pensadores como el filósofo francés Henri Bergson, nos anima a descubrir con claridad contra quién pensamos. Mas, como amante de una filosofía que pretende huir del dogmatismo, agradezco todas las manifestaciones especulativas que practican la argumentación racional bien temperada y aspiro a que mis lecturas no estén dirigidas por mis filias más que por mis fobias. Y esto lo digo sin dogmatizar, como afirmaba el pensador y médico escéptico Sexto Empírico al finalizar de exponer sus argumentos. Queda claro que su objetivo en la vida no era la de hacer amigos. ¿Será también el mío? Era una mosca cojonera.

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