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Opinión | Mirando al abismo

Agosto y la rutina

El final del verano se percibe en la luz menguante y el acortamiento de las tardes, anticipando el regreso de la rutina

Después de agosto asoma la rutina.

Después de agosto asoma la rutina. / l.o.

Hay un momento, hacia finales de agosto, en que el verano empieza a perder fuerza sin que nadie lo anuncie del todo. No hay un día señalado, no hay un titular. Es más bien una sensación: el sol ya no pesa igual sobre la piel, las tardes se acortan sin permiso, y algo que parecía eterno hace apenas unas semanas empieza a mostrar su fecha de caducidad. La rutina, que habíamos conseguido olvidar durante un tiempo, empieza a asomarse tras la puerta. No llama todavía, pero ya sabemos que está ahí, esperando su turno.

El tiempo, en estos días, parece ir más deprisa. Anochece antes, y esa oscuridad que llega un poco más pronto cada tarde tiene algo de recordatorio silencioso. Es curioso cómo un simple cambio de luz puede alterar el ánimo de una persona. Y así, sin buscarla, la tristeza empieza a asomarse por un rincón de la playa, como si fuera parte del paisaje de estos días, tan discreta como constante.

Pero agosto, en su declive, también tiene sus cosas buenas. Los turistas empiezan a volver a su sitio, a sus rutinas, a sus ciudades de origen, y dejan tras de sí una playa distinta: tranquila, sola, serena. Una playa que, por fin, puedo ir a ver sin prisa, sin el ruido ajeno, sin las voces de quienes solo pasaban por aquí. Es entonces cuando siento que la playa vuelve a ser mía, aunque sea solo durante unas semanas al año.

Estos días, sin embargo, no he podido verla mucho. Hay un temporal que hace que las olas rujan contra el rebalaje con una furia que no admite paseos tranquilos. El mar, a veces, también necesita mostrar su carácter, recordarnos que no siempre está para complacernos. Y aun así, incluso agitada, prefiero mi playa sola: con su arena en calma cuando el temporal amaina, con sus piedras exactamente donde tienen que estar, sin gente, sin ruido, sin nadie que la interrumpa.

Hay un tipo de nostalgia particular en todo esto, una nostalgia anticipada. Porque sabemos, mientras miramos el mar revuelto o la arena vacía, que es la rutina la que ya está llamando a la puerta. No ha entrado todavía, pero se percibe su presencia en cada tarde que se acorta, en cada turista que hace las maletas, en cada ola que rompe con más fuerza de la habitual. Y quizás sea precisamente esa certeza, la de saber que el verano se despide, lo que nos hace mirar la playa con otros ojos: más atentos, más agradecidos, más conscientes de que lo que tenemos ahora mismo, sola y serena frente a nosotros, no va a durar.

Por eso, aunque llegue la rutina, aunque anochezca antes y el mar ruja con temporal, sigo prefiriendo esta versión de agosto: la que despide a los turistas y me devuelve, aunque sea brevemente, mi playa.

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