Opinión | La pértiga
La realidad moldeada
La memoria y la emoción moldean la realidad de las cofradías, donde la subjetividad puede generar conflictos si no se gestiona desde la generosidad y la paz

Un niño con una bola de cera gigante en la Tribuna de los Pobres, al paso de la cofradía del Rocío. / Miguel Ferrary
“Las historias no son totalmente ciertas o falsas, porque se nutren de verdades a medias, de mentiras bien contadas o de recuerdos borrosos. Recuerdos que se pierden entre el humo de los fogones”. Estas palabras de Laura Esquivel en Como agua para chocolate guardan una certeza que sí nos atreveríamos a denominar plena: la realidad no existe de forma absoluta. No hay una verdad inmutable esperándonos allá fuera, sino que somos nosotros quienes, con la memoria, la emoción y la imaginación, le damos forma a lo que vivimos.
Si hay un universo donde esta premisa cobra una fuerza desgarradora y hermosa a la vez, es en el de nuestras hermandades y cofradías. En este mes de septiembre, cuando la ciudad se dispone a reencontrarse con Santa María de la Victoria, nuestra patrona, la memoria colectiva y personal vuelve a ponerse en marcha. El aroma a incienso y nardos sustituye al humo de los fogones de la autora mencionada, pero el mecanismo es el mismo: habitamos una devoción y una historia que reescribimos continuamente con el corazón.
Aferrarse a ese relato construido responde a una necesidad profunda de arraigo. Las cofradías y los cofrades vivimos principalmente de la transmisión oral, de la vivencia heredada, de lo que recordamos de quienes ya no están y de las sensaciones que moldeamos durante todo el año. Sin embargo, aceptar que la verdad es subjetiva encierra una enorme dualidad. Nos recuerda que la historia de nuestras corporaciones y de nuestras propias vidas no son un bloque de piedra inamovible, sino una especie de taller psicológico donde la emoción humana interpreta cada vivencia.
El conflicto surge cuando olvidamos que cada hermano, cada cofrade, moldea la realidad desde su propia perspectiva. “Yo soy yo y mi circunstancia” nos decía Ortega y Gasset, y es por ello que en el seno de la vida de hermandad, las decepciones y las fricciones cobran a menudo un peso desmedido. El orgullo, la envidia y el rencor actúan entonces como grandes deformadores de la verdad. Quien se atrinchera en la soberbia utiliza su relato no para construir, sino para alimentar peleas, atrincherarse en el victimismo y enquistar tensiones que proyectan sombras muy alargadas sobre lo verdaderamente importante: la Hermandad. Frente a esa postura, están también quienes, aun habiendo sufrido el desengaño o la incomprensión, son capaces, sin ser fácil, de trascender el daño, rescatar lo bueno que habitó en el origen y volver a tender la mano por el bien común.
Por otro lado, y es de lo que nunca se habla para nos mostrarnos débiles y demos pie a que nos coman, la imaginación y la memoria también pueden volverse contra uno mismo a través de la culpa. Dentro de la vida de hermandad, con frecuencia se despierta esa conciencia escrupulosa que examina al detalle los errores pasados: el gesto que quizás no se tuvo, la falta de atenciones con aquel hermano que no volvió o el desacierto cometido con un hermano que hoy ya ha fallecido y con quien no cabe la reconciliación terrenal. Acarrear esa condena es tan nocivo como el rencor ajeno. Olvidamos que estamos en todo el derecho de perdonarnos a nosotros mismos incluso antes de ser perdonado por el otro, reconociendo nuestra propia imperfección y entendiendo que nuestra memoria no puede ser un tribunal castigador.
En este recién nacido septiembre victorioso, mirar a la Patrona nos devuelve la medida exacta de las cosas. Ante las plantas de la Virgen de la Victoria, las verdades a medias, los orgullos desmedidos y las culpas no resueltas pierden todo su sentido. Si la realidad no es más que una sustancia moldeable que depende de la luz con la que la observemos, tenemos la responsabilidad de elegir desde dónde queremos narrar nuestra procesión por esta vida.
Podemos alimentar las sombras del rencor y la autocondena, o podemos aprovechar este tiempo de reencuentro para despejar el terreno, respirar hondo y reestructurar el presente desde la generosidad y la paz. Al final, en un universo cofrade hecho de recuerdos y vivencias que se entrelazan, la integridad, la capacidad de perdonar y la valentía de perdonarse son la única certeza firme sobre la que merece la pena seguir construyendo.
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