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Opinión | Tribuna

Morir por asfixia sexual

Este caso de Australia debería dejar claro que estrangular no es un juego

Una joven de 16 años muere en Australia por una estrangulación durante una relación sexual. Según medios locales y The Guardian, la chica perdió el conocimiento y sufrió una convulsión. El joven que estaba con ella, de la misma edad, sostiene esta versión y defiende que todo fue consensuado. El tema ha abierto muchas preguntas en debates, a falta del cierre de la investigación: ¿De verdad el consenso era pleno por las dos partes? ¿Fue aceptado durante todo el encuentro sexual o ella pidió parar? ¿Y si no era consensuado y terminó por ser una agresión que acabó en asesinato?

El caso plantea, de nuevo, una cuestión que no se ciñe a Australia y es qué ocurre cuando la pornografía se convierte en una de las primeras fuentes de aprendizaje sexual de los menores. En España, UNICEF sitúa en los 11,58 años la edad media del primer acceso a la pornografía. Otro informe de Save the Children apuntó que más de la mitad de quienes veían pornografía reconocían inspirarse en ella para sus propias experiencias sexuales. Para el 30%, además, los vídeos eran su única fuente de información sobre sexualidad. ¿Y qué están viendo? Un estudio que analizó 4.009 vídeos pornográficos de dos grandes plataformas encontró agresiones físicas en el 35 % y 45 % de las páginas web. Aparecían bofetadas, azotes, tirones de pelo, amordazamientos y estrangulaciones. En el 97% de las escenas que contenían agresión, la persona agredida era siempre una mujer. Además, series televisivas y tendencias en TikTok han convertido en tendencia la asfixia «erótica», como la llaman.

La preocupación tampoco se limita a los investigadores. El propio Gobierno español ha recogido en un informe sobre infancia y entorno digital que el consumo de pornografía puede normalizar el estrangulamiento sexual y asociarse con violencia sexual online y con comportamientos abusivos en las relaciones adolescentes.

Hace unos días, la sexóloga Pitu Aparicio compartía su preocupación porque chicas adolescentes preguntaban por sedaciones que pudiesen comprar para no sentir dolor en las felaciones. Todo ello sin pensar en los riesgos que esa sedación puede ocasionarles, como asfixia, ahogarse con su propia saliva o no sentir una lesión. Este caso de Australia debería dejar claro que estrangular no es un juego. Puede provocar pérdida de conciencia, lesiones cerebrales, convulsiones, daños vasculares, ictus e incluso la muerte, y las lesiones graves pueden producirse sin marcas visibles.

Si un niño puede encontrarse con pornografía a los 11 o 12 años, mucho antes de tener herramientas para interpretar lo que está viendo, la educación sexual no puede limitarse a hablar de anticonceptivos y enfermedades de transmisión sexual. También tiene que explicar qué es el consentimiento, qué diferencia hay entre sexo y violencia, qué prácticas entrañan riesgos físicos y, sobre todo, que la pornografía no es un manual de instrucciones. Si ellos aprenden el sexo del porno más agresivo, no nos sorprendamos después de que confundan el deseo con la violencia.

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