01 de abril de 2012
01.04.2012
José Antonio Ramírez García

Incienso y azahar

01.04.2012 | 14:48

La suave brisa de la noche malagueña hacía que la tela de las vestiduras ondeara etéreamente. De repente, el diáfano tañido de una campana rasga el aire, y se repite a través de la fila como las ondas de una piedra en el agua. La tela, acariciada por las efímeras volutas de incienso, se mueve, siguiendo el ritmo de la doble hilera de titilantes cirios. Con cada movimiento, las vacilantes llamas de la candelería arrancan mil facetas cromáticas, del vidrio de las tulipas. En ese justo momento, una de las devotas gargantas de uno de los balcones, comienza a cantar, acompañando a la figura en su camino. A pesar de que los esforzados hombros se resienten, a causa de la carga, siguen, incansables, orgullosos, sabiendo que tienen su recompensa en que, cuando portan la imagen, no la llevan solamente, sino que ésta camina con ellos.

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