La Málaga que se ha reinventado siguiendo una flecha hacia el oeste abriga algunos de los misterios más investigados de esta ciudad mediterránea. En las inmediaciones de la actual sede de la Diputación Provincial, podría empezar el rastreo. Bastaría con cruzar uno de los pasos de peatones que intuyen el salitre para averiguar buena parte del secreto. Frente al mar que golpea en la arena, se empezaría a comprender por qué a lo largo de las décadas son tantas las personas que, un buen día, se quedan a vivir para siempre en esta tierra y no acierta a explicar su irrevocable decisión. Otros, incluso, sucumbieron al ‘si Málaga te dice ven...’ y lo dejaron todo. O, al revés, no dejaron Málaga y aún así siguieron teniéndolo todo. Tales travesías -que en un dirección o en otra evidencian el mismo amor a una geografía concreta- las tenían en común una serie de personas que sonrieron bajo la noche dentro del edificio de la institución supramunicipal. Allí, mientras se entregaban los premios de La Opinión de Málaga, saltaron a la palestra historias que surcaron ese tipo de viajes interiores sin los que no se entiende las capas más nobles que atraviesan a los seres humanos.

El baloncestista Carlos Cabezas recibe su premio de manos del vicepresidente de la Diputación, Juan Carlos Maldonado.

Los narradores de su propia trayectoria malagueña respondían a nombres como los de la periodista María Casado, el baloncestista recién retirado Carlos Cabezas, el empresario del sector tecnológico Bernardo Quintero, el director del aeropuerto de Málaga, Pedro Bendala, o a una marca que salva vidas y bosques como la que nos transmite la palabra Infoca.

Cada historia albergaba un trayecto que brillaba como una joya. La de María Casado se conoce y es tan reciente como intensa. Una llamada de un malagueño universal, el infinito Antonio Banderas, le cambió la vida y le enseñó una luz al final de esos callejones en los que, a veces, encallan ciertos sueños. Ciertos anhelos que, enseguida, superan la adversidad y encuentran caminos de esperanza como los que desembocan en las calles portuarias de una encrucijada cultural. De un maná en ciernes que se detiene en la misma fachada del Teatro del Soho que cruzó María Casado siguiendo su corazón. La periodista lo dejó todo por Málaga y, cuando la Academia del Cine le propuso a ella y a Antonio Banderas los galones de cicerones de los Goya, la ciudad empezó a recibir todo lo que le estaba dando. Ambos se aferraron a la condición de que solo desde aquí sería posible la utopía de una entrega de estatuillas sin premiados. Entonces, la distancia social y la austeridad fabricaron una versión inédita de la belleza. Surgió tal pieza única que ante ella se terminó de descubrir por qué María Casado respiraba, de repente, la alegría que explota al sur del sur. E, incluso, en aquel destello se encuentra parte de la explicación de su presencia en la primera gala de los premios de La Opinión de Málaga celebrada tras el mal viaje de la pandemia. Con mascarillas pero con amplios resortes de normalidad. Con la frescura con la que la reconocida periodista ejerció de boquerona al natural. Sin artificios. Con la magia precisa para llenar toda la atmósfera del escenario con su generoso entusiasmo. Con la memoria que tuvo omnipresente al equipo con el que trabaja en la luminosa penumbra escénica de la céntrica calle Córdoba. Palabra de ‘María la del Soho’.

El director del Aeropuerto de Málaga, Pedro Bendala, durante su intervención.

A un trotamundos del sector aeroportuario como Pedro Bendala Málaga también le dijo ven... y lo dejó todo. Este onubense se ha hecho querer por esta comunidad urbana -como María Casado- en poco tiempo. Bendala tiene la facultad de derrochar una eficacia tranquila, una brillantez humilde que se mete en el bolsillo a muchos de los que se cruzan en su camino. Lo demostró en la velada cuando recogía el premio concedido al Aeropuerto de Málaga. Es su director y, por tanto, le llenaba de orgullo una distinción así en tiempos que no terminan de ser tan fáciles ni vistosos como en años anteriores. Y aún así comenzó acordándose del resto de premiados. Se metió en el mismo saco que ellos y, a partir de ahí, sentó las bases que dejaron clara su forma de entender la vida. De trabajar y de colaborar con muchas otras instituciones públicas en esa zona de la capital malagueña que parece un verso del poema ‘Ciudad del Paraíso’ de Vicente Aleixandre. Aquel que dice «oh ciudad no en la tierra». Porque en el cielo está siempre la mirada de Bendala en momentos en los que el turismo empieza a resurgir de las cenizas encomendándose a su naturaleza de Ave Fénix cariñosa.

También en las alturas, en la elevada atalaya de los montes, reside el milagro que convierte en guardianes de los bosques y de nuestras vidas a la familia de profesionales que hace grande al Infoca. La presencia de tres de sus representantes sobre el escenario -para recibir el Premio Sociedad- sugería una multitud necesaria. Provocaba un desgarro como el que nos contagió Juan Sánchez cuando le brindó ese instante y muchos de los que vendrán a la inmortalidad del bombero del retén de Almería Carlos Martínez Haro, el héroe que compartió su vida con todas las personas que estaban en peligro en el horrible incendio de Sierra Bermeja. En esa pesadilla que, como ahora sucede con el volcán de La Palma, llevó a confirmar a los agentes del Infoca que el hombre y los operativos se quedan pequeños delante de la catástrofe. A partir de ese momento, fue un poco más posible que algún día se haga justicia después de todo lo sufrido. Después de haber respirado con la extinción definitiva del fuego, que se produjo horas antes de la ceremonia de La Opinión de Málaga que homenajeó al Infoca.

Otro vuelo imprescindible sugiere la trayectoria de Bernardo Quintero, ángel de la guarda de los ataques que sufren los ordenadores junto a todos los compañeros de viaje de su equipo a los que tuvo presentes para hacerlos partícipes del galardón. El empresario de Virus Total es el embajador en Málaga de Google. Es el genio tecnológico que consiguió que la montaña viniera a visitarlo porque la premisa, antes incluso de hablar de dinero, fue la de seguir trabajando desde Málaga. Porque si no no había fichaje por el gigante. Así se las gasta aquel niño de Vélez Málaga que con 10 años derrochó precocidad ante un ordenador Spectrum.

Al gual que aquel niño se abrazó a un ratón de computadora, hubo otro que hizo de la pelota naranja una bola del mundo. Se llama Carlos Cabezas y su presencia representa la mirada de esa ciudad que ama el ba-lon-ces-to. Al deportista marbellí le honró compartir el momento, como la camiseta colgada del planeta Carpena, con sus tantos años inseparable Berni. Vidas paralelas que ahora se reencuentran. Carreras que empezaron a pocos metros de la sede de la Diputación en la que Cabezas se emocionaba con el premio de La Opinión de Málaga. En el auditorio, era imposible no mirar hacia Los Guindos.