31 de marzo de 2013
31.03.2013
Botánica

La flor de la cristiandad

El Papa Pablo V decretó en el siglo XVI que la flor de la pasión era la «Flor de Cristo» al buscar el simbolismo de sus elementos con signos de la Pasión

31.03.2013 | 00:13
La flor de la cristiandad

La flor de la pasión, descubierta en América en 1569 y llevada a Europa por los jesuitas, estuvo rodeada de leyendas desde el principio. No obstante, pasó a la historia al ser designada como la Flor de Cristo por el Papa Pablo V, al buscar una similitud simbólica entre sus elementos y los signos de la Pasión de Jesús

Hace tan sólo cuatro años el Museo de Cincinnati retiró de su exposición permanente el cuadro Virgen con niño pintado en 1535 por Joos van Cleve, también conocido como el Maestro de la Muerte de la Virgen. La pintura representa a una Madonna que pierde su mirada entristecida ante las desgracias acaecidas en aquel momento por las sucesivas guerras, y sobre ella el niño que le entrega tres cerezas, símbolo de la dulzura de la Trinidad en el Paraíso, a la vez que huye de las flores que su madre porta en la mano derecha, un clavel o «flor de clavo» como símbolo de la crucifixión, y de él brota misteriosamente una flor de pasionaria.

El cuadro más allá de su valor artístico, en donde se percibe una fuerte influencia de Leonardo, llamó la atención de un profesor de periodismo de la Universidad de Florida, Michel Abrams. Su primer hallazgo fue que a la derecha de la cabeza del niño, aparece una difuminada pero perfecta inscripción en hebreo que dice «Yo soy el Señor, tu Dios», como preámbulo de hasta cinco cartas. Evidentemente esta paradoja levantó una gran controversia científica y social alrededor del cuadro. Pero no menos lo fue, descubrir que el entorno del clavel había sido repintado de negro cien años después para colocar sobre él la flor de la pasión.

Evidentemente los hallazgos de Abrams han dado al cuadro un halo de misterio, preguntándose ¿Quién fue el pintor «fantasma»? ¿Porqué lo hizo? y sobre todo ¿porqué superpuso la passio flos sobre el clavel?

Historia de "La Flor de Cristo"

Para Camilo Borghese alcanzar la silla papal en 1605 no fue precisamente fácil, con un cónclave dividido entre españoles y franceses. Comenzaba un siglo difícil, el «Siglo de los físicos», y con ello la puesta en cuestión de muchos axiomas hasta entonces indiscutibles, pero también el siglo de la «pequeña edad del hielo». El planeta sufrió un enfriamiento y con ello la extensión de hambrunas y epidemias, que acabaron por desatar una gran crisis económica y con ella desordenes sociales y políticos que se extenderán hasta el siglo XVIII, cuando gracias a una gran revolución ideológica surgirá el Siglo de las Luces.

Pero ya Pablo V, nombre que adoptó el Cardenal Borghese, tuvo que bregar desde el primer instante de su papado con un problema diplomático con Inglaterra generado por «La conspiración de la pólvora de Guy Fawkes».

Por eso no sería extraño que se retirará en más de una ocasión al jardín privado de los Barberini, en donde conversaría con su amigo Maffeo, a la postre su sucesor con el nombre de Urbano VIII. Allí es muy probable que conociese a un joven que como él procedía de Siena y que entre sus habilidades se encontraba el cultivo de plantas, Juan Bautista Ferrari.

El padre Ferrari había sido formado por los jesuitas, teniendo grandes dotes para el dominio de distintas lenguas, y ya en Roma entró en el círculo del Doctor Cassiano del Pozzo. En ese círculo entre otros estudiosos se encontraba Galileo, y posiblemente en aquel Jardín se produjera en 1616 el encuentro con Pablo V, en el que intentó silenciar al físico, que proclamaba las teorías heliocéntricas de Copérnico y pretendía demostrar, en aparente oposición a las Sagradas Escrituras, que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol.

Pozzo recomendó a Ferrari para dirigir el Jardín Botánico de los Barberini, dedicando buena parte de su tiempo a investigar sobre las plantas, llegando a publicar varios libros de gran éxito por sus descripciones e ilustraciones, en especial los cuatro tratados sobre el cultivo de las flores y los cítricos. Se considera a Ferrari como el primer científico en ilustrar detalles microscópicos, en concreto de un Hibiscus, el mismo género que la Rosa de Sharon o Rosa de Siria, de tanta trascendencia bíblica.

Gracias también a Pozzo, el joven botánico dispuso de una red de corresponsales por toda Europa que le suministraban especímenes vegetales, y muy especialmente de cítricos, que por entonces gozaban de un enorme interés por parte de otros eruditos de la época como era el caso del Nicolás de Monardés, quien dedicó sus desvelos a la botánica y muy especialmente a especies de citreas.

Este andaluz, descubridor de la fluorescencia y uno de los grandes farmacólogos de la historia, se dedicó a describir cuantas plantas llegaban de América en sus tres libros sobre Historia Medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales y que sirven de Medicina, además de una extensa investigación sobre las grandes virtudes del tabaco, muchas de ellas extraídas de la tradición indígena. Monardés nunca viajó al continente americano, siendo los misioneros, especialmente de la Compañía de Jesús, los que jugaron un papel fundamental en la recolección de plantas de altísimo valor.

Tanto a Monardés como a Ferrari no sólo les interesaron los especímenes que les proveían, sino que acopiaban cuantas virtudes se le atribuían por los indígenas, así como leyendas que se narraban de cada una de ellas.

Maracuyá

Aunque descubierta por los españoles en 1569 e introducida en Europa en 1580, no fue hasta 1598 cuando Monardés publicó la descripción de una granadilla traída de Perú, con grandes virtudes medicinales, que a pesar de sus llamativas flores no llegó a ilustrar. El Maraco o Mburucuyá, que era el nombre indígena que le trasladaron los misioneros, fue cultivado por él en su museo de historia natural de Sevilla. Y con ello también una leyenda muy parecida a la obra de Romeo y Julieta, en donde una española y su amante guaraní, que llama a la mujer «Mburucuyá», acaban muriendo juntos, y sobre su tumba crecer «la flor de la pasión». Esta misma leyenda es trasladada por Bécquer a las calles de Toledo en un romance entre un cristiano y una judía que acaba crucificada por su padre un Vienes Santo, en La Rosa de pasión.

Muy probablemente, semillas del Jardín de Monardés viajaron al de los Barberini en Roma, y allí Ferrari le mostrase en 1608 aquella flor tan extraordinaria al Papa, e incluso se la interpretase. Hay que tener en cuenta que en aquel momento Roma se enfrentaba a cómo explicar que aquel nuevo mundo «extraño y milagroso», olvidado en las Escrituras, estaba relacionado con el cristianismo.

Leyenda

Surge entonces una nueva leyenda sobre la flor que complació al Pontífice. En este caso es la de un misionero que al ir por la selva oyó el llanto de una niña que subida a un árbol se guarecía de un jaguar. El sacerdote se interpuso para que la niña pudiese huir, siendo atacado por el enorme felino. Sobre la sangre derramada, brotaron rápidamente plantas de mburucuyá para recordar al mundo la belleza de sufrir por el bien de los demás, manifestándose entonces la cristología en cada una de las partes de la planta naciente, como bien describiría Ferrari.

Sería el misionero Simone Parlasca en 1609, el primero en propagar dibujos de la planta, haciendo referencia a una visión que tuvo al observar la planta: «Las lágrimas vertidas por María Magdalena a la muerte de Cristo al caer en la tierra fueron las semillas de la pasionaria».

Esta imagen se propagó rápidamente por todo el mundo dando lugar a multitud de enigmas como el del cuadro de Van Cleve de 1535, cuando la planta aún no se conocía en Europa, y como vemos ya sobre el clavel que tiene la virgen en su mano aparece la flor de la cristiandad.

Pocos argumentos más necesitaba ya Pablo V para declarar a la americana Passiflora como Flor de Cristo, ya que con ello el mensaje de la resurrección y crucifixión era para toda la humanidad.

Sería el misionero Simone Parlasca en 1609, el primero en propagar dibujos de la planta, haciendo referencia a una visión que tuvo al observar la planta: «Las lágrimas vertidas por María Magdalena a la muerte de Cristo al caer en la tierra fueron las semillas de la pasionaria».

Esta imagen se propagó rápidamente por todo el mundo dando lugar a multitud de enigmas como el del cuadro de Van Cleve de 1535, cuando la planta aún no se conocía en Europa, y como vemos ya sobre el clavel que tiene la Virgen en su mano aparece la flor de la cristiandad.

Pocos argumentos más necesitaba ya Pablo V para declarar a la americana como Flor de Cristo, ya que con ello el mensaje de la resurrección y crucifixión era para toda la humanidad.

@SalvoTierra

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