23 de marzo de 2018
23.03.2018
Música

La evolución de las cornetas y tambores

Los inicios del género van unidos a dos nombres propios: Escámez y la banda de los Bomberos, y aunque el origen se sitúe en Málaga, el mayor progreso se dio en Sevilla

23.03.2018 | 05:00
La banda de la Esperanza conmemora este 2018 sus 20 años de existencia.

La evolución de las bandas de cornetas y tambores va ligada a la evolución de la música y de la propia sociedad (aunque, a veces, ésta última nos haga ver que parezca que involucione a pasos agigantados). Habría que situar el germen del género que nos ocupa en las bandas de guerra. Ahí comenzó la unión de ambos instrumentos: la corneta y el tambor. El cometido de estas bandas no era otro que hacer creer al enemigo que se les avecinaba una batalla sin tregua alguna. Cuantos más instrumentos llevaran, más metros alcanzarían sus sones, y más impresión de imbatibilidad daban al bando contrario.

Puesto en precedente y de soslayo el inicio del género, vamos a empezar a hablar del tema que nos ocupa y desde el concepto que tenemos interiorizado de lo que es una banda de cornetas y tambores. Sus inicios, tal cual los concebimos a día de hoy, van ligados a un nombre propio y a una formación en concreto: el militar y músico linarense Alberto Escámez López y la Banda de Cornetas y Tambores del Real Cuerpo de Bomberos de Málaga. Alberto Escámez fue el primer artífice que se preocupó en unir varias cornetas a distintas voces. Decenas de composiciones conocemos de su autoría.

Cromatismo limitado

Hay que poner como precedente, que la corneta es un instrumento, dentro de la familia del viento-metal, muy limitada en cuanto a cromatismo. Tan solo permite usar dos posiciones -frente al resto de instrumentos de la misma familia que, como mínimo, usan siete posiciones-, por lo cual solo puede dar los armónicos de esas dos posiciones. Es por esto por lo que no da todas las notas de la escala. Esto hace que las primeras composiciones que se realizaran, allá por los años 20 del siglo XX, fueran básicas, aunque a la vez con líneas melódicas muy reconocibles y que se pegan rápidamente al oído, debido precisamente a su simpleza. La limitación a la que nos referimos, propicia que las composiciones, para que estas suenen lo más ricas posibles en armonía, estén sujetas a dos tonalidades, casi en exclusiva, la de Do mayor y la de Fa menor.

A Escámez le siguieron algunos compositores que añadieron algunas marchas más a este género, siguiendo claramente la estela compositiva que marcó el jiennense. Estos autores fueron Bernardo Puyuelo o Pascual Zueco Ramos. Este último fue el compositor de la conocidísima marcha La Soledad de San Pablo, que, de forma errónea, se cree que está dedicada a la desaparecida imagen trinitaria atribuida a Pedro de Mena, pero en realidad está dedicada a la Virgen de la Soledad de la parroquia de San Pablo (Zaragoza), donde contrajo matrimonio en 1938.
Al igual que hay que situar el nacimiento de este género en Málaga, la evolución hay que centrarla en Sevilla. La banda de cornetas y tambores de la Policía Armada de esta ciudad fue la discípula de la de los Bomberos de Málaga. Comenzaron a interpretar marchas del repertorio compuesto para la formación malagueña. Incluso osaban a cambiarles los nombres de éstas (dedicadas a imágenes malagueñas) por los de advocaciones hispalenses.

Fueron transcurriendo las décadas y con ello fueron apareciendo autores de nueva hornada, allá por los años 80, que le dieron un nuevo carácter a las composiciones de las marchas de cornetas y tambores. Si me lo permiten, y siendo probablemente una incorrección, siempre me he tomado la licencia particular de denominar las composiciones de estos autores como marchas de transición, probablemente porque sonaban tan ricas en armonía -usando los mismos instrumentos que los autores anteriormente mencionados-, que por la propia naturaleza de la música, necesitaba de una amplitud mayor de armonía que llegaría a final de esta década. Varios son los autores que dieron este empujón a la evolución del género, pero vamos a destacar a Bienvenido Puelles, Luis Alfonso Miraut o Jorge Martín, entre otros. Sería al final de los años 80 cuando la evolución de las composiciones despertara en estos compositores la inquietud de dar un paso más al frente.

Se añaden instrumentos, como la trompeta, que le daban cierta profundidad a las marchas ya conocidas, ya que octavaban las notas incluidas en la armonía, dándole así más profundidad al espectro sonoro de la formación. Después, se comenzó a usar la trompeta para suplir la deficiencia cromática de la corneta, usando varias voces de ésta. Con ello, se abrió un nuevo horizonte dentro de la línea compositiva de las marchas para cornetas y tambores, ya que las posibilidades para componer se multiplicaban, pasando a usar diferentes tonalidades a las ya conocidas de Do mayor y Fa menor. Esta evolución es la más determinante para llegar a comprender en qué momento nos encontramos y, sobre todo, nos hace ver que la evolución se ha hecho de una forma natural, que aunque en su momento parecieran transgresoras, eran añadidos que la propia naturaleza de la música, iba requiriendo. En este apartado, y en este momento tan determinante para la música que nos ocupa, destacamos, sobre todo, al compositor, quizás más incomprendido, pero que es innegable que su visión de la composición fue la que abrió definitivamente el camino a lo que hoy conocemos como banda de cornetas y tambores. No es otro que Francisco Javier González Ríos.

En la década de los 90, contadísimas eran las formaciones sevillanas que no incluyeran en su plantilla a la trompeta como instrumento principal de la armonía. Entre ellas, la Centuria Romana de La Macarena (Los Armaos), que a día de hoy siguen con la singularidad de no añadir ningún instrumento que no sea la corneta a su familia de viento.

En Málaga, la primera formación que se inició en estas lides de introducir la trompeta fue la de las Reales Cofradías Fusionadas, que allá por 1994, coincidiendo con el estreno de su personalísimo y reconocible uniforme, cambiaron la percepción musical, subiéndose al carro de la visión que se tenía en Sevilla del género. Desde entonces, Málaga siempre ha ido al rebufo de las tendencias hispalenses.

Esta década y los inicios del siglo actual, está plagada de compositores reconocidísimos en el panorama musical cofrade y que gracias a su percepción de la necesidad de evolucionar, tienen el merecido reconocimiento del mundo cofrade. Entre otros muchos, podría destacar a Francisco Japón, Manuel Esteban, José Ramón Pérez Soto, Raúl Rodríguez, Jorge Águila, Isaac Gómez, Pedro Manuel Pacheco€ y así podría seguir con muchos más nombres que dejaron patente su sello en las composiciones de aquellos años y que tuvieron el privilegio de abanderar la que fue, probablemente y bajo mi criterio, la etapa del boom de la música de cornetas y tambores.

La proliferación de compositores y el progresivo aumento de la calidad de las formaciones -y también de la cantidad de músicos que integraban éstas-, hizo que a principios de este siglo, se buscara abrir aún más la sonoridad de las composiciones. Los registros agudos estaban más que cubiertos por la corneta, los registros medios, también se cubrieron con gran éxito por las trompetas e incluso por la inclusión de fliscornos, en algunos casos. ¿Cuál era entonces la franja sonora que quedaba por abarcar? Efectivamente. La franja de los registros graves. Fue en este sentido en el que las bandas fueron incorporando el bombardino a su familia de instrumentos (teniendo en cuenta que la trompeta estaba ya más que asimilada dentro de la plantilla habitual). La inclusión del bombardino y el aumento considerable de músicos, fueron ingredientes suficientes para que las composiciones volvieran a desligarse, un poco, de sus formas y estructuras habituales que venían usándose, adentrándose en un campo con posibilidades casi infinitas.

Son cientos los compositores que, con más o menos acierto, han dejado su legado en esta etapa de las bandas de cornetas y tambores. La influencia sevillana se deja querer en toda Andalucía, en el campo de la creación de marchas también se adentró, así que pueden hacerse a la idea de la cantidad de mentes inquietas que surgieron a principios de nuestro siglo (me incluyo en este subgrupo, con vuestro permiso). Cada vez era más la exigencia a la hora de crear una composición y a la hora, sobre todo, de saber sacarle partido a una formación con tantísimas opciones a la hora de interpretar y desarrollar una partitura.

A la vez, estos años son determinantes en Málaga, y es lo que le da el tirón definitivo al impulso de las bandas de cornetas y tambores, ya que las cofradías, al fin, empiezan a apostar por bandas de este género para acompañar a sus Sagrados Titulares. Este hecho, sirve de incentivo para poner en valor un género que parecía que estaba destinado, de forma perenne, a ir abriendo cabeza de procesión, aunque aún quede alguna que otra hermandad que sigue defendiendo esta tesis.

A finales de la década pasada se terminan de cubrir las necesidades de abarcar los registros graves en las composiciones. Fue por ello, por lo que se empezó a incluir la tuba en la familia de instrumentos de viento. Efectivamente, lo que parecía una aberración, y algo que tachaban de innecesario, resultó que fue la adquisición más notable, ya que dota a las composiciones de una profundidad absoluta, envolviendo todas las capas sonoras anteriores y dando una sonoridad sublime a toda la armonía.

Son más contadas las bandas que han sumado a sus filas la trompa, como elemento unificador de tesituras y timbres. Un instrumento que le da una sonoridad muy interesante a este tipo de composiciones.

La percusión no se ha quedado atrás y también ha sufrido esta evolución, con una aparición un poco más tardía pero sí aderezando las composiciones de matices que la distinguen con respecto a las composiciones de etapas anteriores. Así, al papel consabido de tambor y timbal, se le han ido añadiendo intervenciones de instrumentos de percusión como la campana tubular, los platos de choque -hasta hoy sólo relacionados con las agrupaciones musicales y bandas de música-, platos en suspensión, timbales de orquesta, triangulo€ incluso hemos podido ver cómo en ocasiones especiales, alguna que otra formación se ha abstraído de su función habitual, y ha interpretado obras de otros géneros absolutamente contrapuestos al cofrade, para convertirse en auténticas bandas de metales, añadiendo a estos arreglos instrumentos como piano, batería, xilófono o incluso guitarra eléctrica, algo impensable hace tan solo una década.

Como han podido deducir por lo expuesto en estas líneas, en la evolución del género de cornetas y tambores, los compositores han sido pieza clave. Ésta no hubiera sido posible, o hubiera sido muy diferente, si los compositores no hubieran estado formados o académicamente, o con criterio mínimo como para indagar en la materia lo suficiente y no estar jugando a componer delante de un ordenador.

Y acabo este artículo tal y como lo empecé, el resumen de toda la evolución del género de las bandas de cornetas y tambores va de la mano con la evolución de la música y de la sociedad, por eso, respeto profundamente, aunque no lo comparta, a los puristas que quieran decir que las bandas de cornetas y tambores actuales son "de todo menos bandas de cornetas y tambores". Al igual que respeto a quien quiera denominar el género, debido a la amplitud de la familia de instrumentos, como banda de metales. A fin de cuentas, la inclusión de otros instrumentos parecía descontextualizada y fíjense lo familiarizado que encontramos ya el timbre actual de nuestras bandas de cornetas y tambores.

Yo prefiero llamarlo banda de cornetas y tambores a secas, sólo que su evolución ha sido la natural.

Cuando vean algún cortejo, les ruego que no pasen por medio de las filas de músicos y mucho cuidado cuando anden junto a éstos. Un pequeño descuido puede provocar un accidente que le podría echar por tierra todo el trabajo realizado durante un año.

Que pasen una magnífica Semana Santa, repleta de música y silencios, que también forman parte de nuestra banda sonora cofrade.

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