16 de abril de 2019
16.04.2019
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Simbología botánica

Las flores de la Madre de Dios

La liturgia católica y por extensión y de forma muy especial el mundo cofrade, utiliza desde hace siglos una combinación de elementos para convertirlos en catequesis plásticas

16.04.2019 | 12:54
Orfebrería, flor natural, flor de cera y luz de vela para la Madre de Dios.

Lo simbólico es consustancial al ser humano. Desde tiempos remotos, la humanidad ha utilizado y ha necesitado crear símbolos, que le ayuden a trascender lo que el propio símbolo evoca. Y el mundo vegetal ha jugado un destacado papel en este sentido: árboles, arbustos y especialmente las flores, con su casi infinita gama de colores, formas y aromas. Las flores nos hablan con un lenguaje propio y sus mensajes nos llegan por los sentidos, traen a nuestra memoria imágenes y recuerdos, provocando que broten en nuestro interior sentimientos. ¿Acaso no persigue ese objetivo también el arte?. Ante una sublime obra de arte nos conmovemos y sentimos, vibramos con la contemplación de una pintura, una fotografía o una escultura.

Muy consciente de estos aspectos, la liturgia católica y por extensión y de forma muy especial el mundo cofrade, utiliza desde hace siglos esa combinación de elementos para convertirlos en catequesis plásticas, en retablos itinerantes que muestran diversos momentos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, orlados, adornados y embellecidos por elementos vivos, jardines efímeros que con sus formas y colores ennoblecen y llenan de sentido simbólico lo que se representan.

Las ideas de muerte y resurrección están implícitas en estas representaciones y también en el simbólico aspecto de las plantas y flores. La fugacidad de la existencia queda retratada en esta cita: Coronémonos de rosas, dice el impío, antes que se ajen. El ciprés que apunta al cielo, hacia la morada de la divinidad, el triste sauce que llora sobre un sepulcro o el lirio morado que nos invita a la reflexión interior. Y en contraposición, la hermosura e inocencia de la rosa, la azucena que con su albura perfecta y suave fragancia nos habla de la pureza o la delicadeza del jazmín.

Azucenas entre cardos a los pies de la Virgen, en el trono de Dolores del Puente.

Simbología Mariana


Una figura primordial en la fe católica, y especialmente venerada en multitud de advocaciones, es la de la Virgen María, la Theotokos, la Madre Dios, título que la Iglesia le otorgó en el Concilio de Éfeso del 431 d. C. Pero no sólo es extensa la lista de advocaciones y de hermandades y cofradías que rinden culto a María a través de la veneración de sagradas imágenes titulares, sino que múltiples son también las flores y plantas que le han sido dedicadas o con las que se la ha relacionado. La figura de María está presente en muchas alegorías bíblicas, como la zarza ardiendo sin consumirse, jardín florido como la llama el Espíritu Santo, cedro del Líbano, olivo de la llanura, plátano junto a las aguas, palmera fructífera, viña olorosa o azucena entre espinos son figuras anticipadas de María, que personifica todas las flores y todas las virtudes. Los orientales llaman árbol de María al que la protegió en su huida a Egipto, el sicomoro (Ficus sycomorus), y rosas de Jericó a las flores sobre las que extendió para secar los pañales de su Divino Niño, probablemente una especie similar a nuestros pacíficos o hibiscos (Hibiscus rosa-sinensis).

Una tradición que parece surgir en la Edad Media es la de dedicar jardines a María. Hay constancia de uno de estos jardines, el jardín de Santa María, en un monasterio inglés del siglo XV. Durante esa época fueron dedicadas a Jesús y a la Virgen María multitud de especies de plantas, muchas de ellas utilizadas para crear jardines centrados en aspectos específicos de la vida de María y de Jesús, como en su pasión o en sus penas.

Algunas de estas especies quizás menos conocidas y cuyos nombres vulgares tienen origen medieval son los siguientes: Spectabilis dicentra o corazón de María; Narcisus pseudonarcisus o estrella de María; Iris germanica o espada de dolor de la Virgen; Dephinium ajacis, Pulmonaria officinalis o Convallaria majalis llamadas lágrimas de María o lágrimas de la Virgen; Filipendula ulmaria o cinturón de la Virgen; Armeria marítima o cojín de Nuestra Señora; Mathiola incana o violeta de la Virgen; Tulipa gesneriana llamada oración de la Virgen.

Incluso algunas plantas como la belladona (Atropa belladona), quizás más conocida por alguna de sus propiedades, como las que les proporcionan sus alcaloides o por otros usos, es descrita por C. Gómez y Vildósola en su obra Flores Simbólicas de la Santísima Virgen, de 1882, de la siguiente forma: Belladona que en italiano quiere decir Bella Señora, porque las señoras romanas hallaban en el jugo de esta planta un recurso admirable para conservar la tersura de su tez y perpetuar en cierto modo su juventud. Tiene además la propiedad admirable de ser medicinal y calmante. Bajo estos dos puntos de vista nos simboliza la Santísima Virgen que dotada de natural belleza fué siempre y será Nuestra Señora de los Consuelos, de las Virtudes, de los Dolores y de la Salud, porque es la más hermosa y buena Señora de todo el mundo.

Otras flores, sin embargo, han cobrado especial protagonismo simbólico a lo largo de la historia en relación a la figura de la Virgen María: la azucena, Lilium candidum, mil veces representada simbolizando la pureza y la virginidad de María. La rosa, de color blanco o de color rojo, que San Bernardo comparaba con las llagas sangrientas del Salvador y San Buenaventura, que decía elocuentemente a la Santísima Virgen:

«O Rosa decente, pura rosa,
fresca rosa sin espinas,
rosa floreciente y hermosa,
la rica gracia divina»

Y cómo no hablar de los humilde claveles (Dianthus sp.), que según una leyenda medieval nacieron de las lágrimas de la Virgen María, que al caer al suelo se transformaron en claveles. Además al clavel, por la forma que tiene de clavo se le llamó clavelina y consecuentemente, su imagen se asoció a la imagen de Cristo.

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