Nuestro Padre Jesús de Viñeros. | ÁLEX ZEA

El 21 de enero de 1921, nació en la sacristía de la iglesia de la Merced la Agrupación de Cofradías de Semana Santa de Málaga, la primera entidad de su naturaleza en todo el país y espejo para el resto de consejos andaluces de hermandades. Esa efeméride se va a celebrar con un amplísimo programa de actos que, de cualquier forma, se ha visto muy afectado por la pandemia. De ellos ya hemos dado cuenta en estas páginas por medio de sucesivas informaciones, pero lo cierto es que cumplir un siglo es algo que no ocurre todos los días y cabe recordar que, pese a la suspensión de las dos últimas Semanas Santas por el dichoso coronavirus, la realidad de la Semana Mayor es envidiable, como también lo es su decisiva aportación económica a la capital. Ayer se cumplieron cien años de vida del colectivo.

Las hermandades que firmaron el acta de constitución fueron, explica el historiador José Jiménez Guerrero en ‘Breve historia de la Semana Santa de Málaga’, El Rico, la Sangre, Nazareno del Paso, Sepulcro, Misericordia, Nuestro Padre Jesús de la Puente del Cedrón, Santísimo Cristo de la Expiración, Azotes y Columna, Exaltación, Mayor Dolor, Soledad de San Pablo, Huerto y Concepción, Santa María de la Victoria y Pollinica. Esa unión tenía el fin primordial, dice el historiador, de «agruparse en una sola aspiración común que tenga como único lema y móvil el prestigio, la ayuda en la labor que vienen realizando las cofradías por el buen nombre de Málaga, así como en la defensa de sus fines e intereses y en el fomento de la piedad y la caridad cristiana y procurar encauzar dentro del mayor fervor y suntuosidad los desfiles procesionales». Antonio Baena Gómez fue el primer presidente de la corporación.

La sociedad tiene una motivación iniciática fundamental, dice el historiador: el aspecto económico. «En general, las cofradías se quejaban de la escasa atención que prestaban a las hermandades tanto las instituciones locales como las entidades directamente beneficiadas con la celebración de la Semana Santa», indica. Se instalaron sillas y tribunas y, hasta el año 31, se produjo una eclosión de nuevas cofradías o refundaciones, añade (la Sentencia, por ejemplo, nace en 1929 y la Piedad, en el 27). De esta forma, se unifican aspectos como las bandas de música.

En mayo de 1931, tendría lugar la destrucción de gran número de imágenes y enseres, problema que se dio también en los primeros meses de la Guerra Civil. Luego, llegaron los años del franquismo, el paulatino enriquecimiento patrimonial de las cofradías tras décadas de carestía, las procesiones que salían por la noche precisamente para evitar que se vieran las carencias de los enseres, el nacimiento de hermandades emblemáticas, la llegada de la democracia que, entre otras cosas, fue la antesala de la revolución estética iniciada por los Jesús Castellanos y Juan Carlos Manjón (entre otros, claro), los jóvenes que vuelven sus ojos a las hermandades y sustituyen a los portadores de trono que habían percibido dinero por llevar sobre sus hombros a las imágenes, las mujeres comienzan a tener cargos de responsabilidad en las juntas de gobierno, hay pregoneras, hasta llegar a hoy, cuando también es habitual ver ya féminas bajo los varales. Los tinglaos son sustituidos por las casas hermandad, los tronos ganan en vistosidad y corpulencia.

Artistas de la talla de los Palma, padre e hijo, el sevillano Luis Álvarez Duarte, Miñarro o, incluso, Mariano Benlliure, insigne escultor valenciano (creador del Señor de la Expiración y del Nazareno del Paso), han dejado la impronta de su genio en imágenes y otros enseres de la Semana Santa, hasta llegar hoy, por ejemplo, al magisterio del pintor Raúl Berzosa o la portentosa ejecución técnica de los imagineros Ruiz Montes o Juan Vega. Cabe destacar, por ejemplo, en cuanto a música cofrade el gran legado de Perfecto Artola, o cómo la banda de cornetas y tambores de Bomberos ha sido madre y maestra del resto de formaciones en Andalucía. Eso por no hablar de bordadores como Juan Rosén, Joaquín Salcedo o Felicitación Gabiero, floristas, orfebres, etcétera...

Para la historia de la Semana Santa quedan nombres como el de Enrique Navarro, presidente que fue de la Agrupación, Lola Carrera (el Nazareno Verde, cronista genial del procesionismo malagueño), Jesús Saborido (histórico de Pollinica, además de expresidente de la Agrupación), Paloma Sánchez, primera mujer miembro de una junta de gobierno en España e historiadora, Pepe París (Cautivo), Manuel Mérida-Nicolich (ex hermano mayor del Sepulcro), Carlos Ismael Álvarez (ex hermano mayor de la Esperanza), que destacaron por su buen hacer en sus respectivas hermandades; o pregones de altura como los del escritor Antonio Garrido Moraga, el muy recordado de Manuel Alcántara o el de María Victoria Atencia. Málaga ha tenido, por cierto, seis mujeres pregoneras. Son pocas.

Y hay leyendas, claro, como las del Cristo de Mena o la Virgen de Zamarrilla, y estampas imborrables como las que propician Mena y sus legionarios, la Virgen de la Esperanza o la Virgen del Rocío cuando llega a la Tribuna de los Pobres, por no hablar de Jesús Cautivo.

La aportación de la Semana Santa a la ciudad es indudable, teniendo en cuenta que no se trata sólo de un fenómeno de religiosidad popular, sino que tiene vertientes sociológicas, económicas, turísticas, antropológicas, culturales... hay hasta quien ha estudiado desde disciplinas universitarias el fenómeno de religiosidad popular del Cautivo, por ejemplo. El impacto económico de la Semana Mayor fue en 2016 de casi 82 millones de euros y en 2017 hubo 1,4 millones de visitas. Hay más de 80.000 hermanos de cuota, prácticamente uno por familia malagueña. Las casas hermandad han recuperado entornos degradados y las cofradías juegan un papel social muy importante. Ya no vienen sólo de barrios históricos, sino que han llegado a La Unión o Nueva Málaga y hay numerosas asociaciones de fieles, protohermandades o cofradías de barrio curtiéndose en las calles de sus feligresías para dar el salto a un recorrido que fue renovado en 2019, cambiando por completo, lo que no estuvo exento de críticas. Y todo eso en cien años. ¿Qué deparará el futuro a los cofrades? De momento, el reto es seguir manteniendo la importantísima labor caritativa y más en tiempos de pandemia, así como asegurar la supervivencia de las hermandades, acosadas ahora, como todos, por el coronavirus. Y que los jóvenes mantengan el compromiso para que alguien, el 21 de enero de 2121, vuelva a escribir un reportaje como este.