El nuevo recorrido oficial no resuelve problemas, los crea. Lo que llevamos de la Semana Santa de 2022 está poniendo en duda la idoneidad del recorrido por cuestiones de seguridad. No es que guste más o menos, es que se están creando bolsas de público atrapadas por cortejos procesionales y sin una salida. Eso es un problema grave. A esto se le suma que cualquier retraso afecta a toda la jornada. El Domingo de Ramos se pudo ver cómo el retraso de Salutación a las cuatro de la tarde todavía tenía sus efectos a las 23.00 horas, dejando a Lágrimas parada en Especerías a que pasara una Humildad y Paciencia que hacía lo que podía. Otro problema es que apenas aporta alternativas de acceso, provocando un cuello de botella que amplifica cualquier incidente a toda la jornada. Eso sin contar con que la extensión hace que las hermandades pasen en ocasiones a tambor y que el movimiento de personas se haga muy complicado. O que haya cofradías que sólo se puedan ver a la salida o a la recogida.

Luego está la Alameda. Es verdad que se han quitado las tribunas y ahora se pueden ver las procesiones estando detrás. A mucha distancia, pero al menos se ven. Pero para eso no hacía falta cambiar el recorrido, sólo cambiar las tribunas.

Imagen del mapa del nuevo recorrido.

Imagen del mapa del nuevo recorrido.

El actual recorrido oficial embolsa gran parte del Centro. Pero si a eso le unimos que Cisneros y Especería es la entrada de gran parte de las cofradías, o la baja de la calle Granada y lateral de la tribuna en otros casos, el margen de maniobra de la gente se reduce significativamente. Además, los pasos de personas no siempre son lo permeables que se espera. Sobre todo en las calles adyacentes, donde el control es más complejo y las bullas suelen bloquear el paso.

También hay un efecto psicológico más difícil de calibrar pero que hay que empezar a contemplar. Las hermandades pasan por la plaza de la Constitución y la calle Larios justo al comienzo del recorrido oficial, con lo que para muchas el resto es el trámite obligado y tedioso hasta la Catedral, donde el entorno vuelve a acompañar.

Otra consecuencia es la sensación creciente de que se ha privatizado gran parte del Centro. Hay que pagar por ver las procesiones y, lo peor, es que ni siquiera los abonados están contentos.

No obstante, no todos los males vienen del recorrido oficial nuevo, también de que ese cambio ha solapado una reforma que llevas años sobre la mesa y que todavía no se ha tocado. Los tiempos de paso de las hermandades. En muchos casos son irreales y lastran el lucimiento en la calle. Ahí hay muchos problemas por analizar: la escasez de algunos cortejos, los recorridos que añaden una complejidad exagerada a los tronos o el exceso recorrido en recto del eje Alameda-Plaza de la Marina.

Son muchos elementos, las soluciones no son fáciles, pero este segundo año ha puesto de relieve que el actual recorrido no funciona. Toca pensar de nuevo y buscar alternativas.