Semana Santa Málaga 2026
Málaga volverá a dar el pésame a Servitas el Sábado Santo: regresa un rito perdido en 1967
El Sábado Santo, la ciudad de Málaga volverá a vivir este acto íntimo, esta vez en San Felipe Neri, una tradición que se remonta a 1957, cuando el entonces obispo Ángel Herrera Oria impulsó este acto de recogimiento que entonces tenía lugar en la Catedral

La Virgen de los Dolores, el Viernes Santo de 2025. / Eduardo Nieto / LMA

Hay tradiciones que no se recuperan por nostalgia, sino por necesidad. La ciudad de Málaga volverá a mirarse en una de sus devociones más íntimas. La Orden Seglar de los Siervos de María ha anunciado la recuperación para el culto del Pésame a la Santísima Virgen, un acto de oración y acompañamiento a María en su Soledad que regresa “tras décadas de ausencia” a la vida litúrgica y cofrade de la capital. La cita será en la mañana del Sábado Santo en la sede canónica de Servitas, la iglesia de la Santa Cruz y San Felipe Neri, gracias —subraya la corporación— a la “generosa disposición” de la parroquia. Una restitución cargada de memoria: no se trata de un añadido al calendario, sino de recuperar un gesto que llegó a marcar el pulso espiritual de un día marcado por el vacío.
El Pésame es, ante todo, un ejercicio de piedad. Un modo de acompañar el duelo de la Madre cuando el templo se queda sin procesiones y las calles en silencio. Servitas invita a fieles y devotos a unirse a este acto “de oración” ante la Virgen de los Dolores, para “unir el corazón” al dolor de la Virgen María y reconocer en su luto la espera de la Resurrección.
No es casual el día. El Sábado Santo reclama interioridad. No hay triunfo aún: hay ausencia. Y en esa grieta, la figura de María sostiene la fe como una llama pequeña, sin alardes.
1957: el origen de una tradición singular
La historia del Pésame a la Virgen de Servitas se remonta a 1957, cuando el entonces obispo de Málaga, Ángel Herrera Oria, impulsó este acto con una intención clara: reforzar el carácter de recogimiento y espiritualidad propio del Sábado Santo y dar a la jornada un acento inequívoco de contemplación.
Las escenas que conserva la memoria cofrade tienen hora. Aquel primer año, el cortejo llegó a la Catedral alrededor de las dos de la madrugada. Ya dentro, se pronunció una breve alocución de bienvenida a cargo de Francisco Carrillo, invitando a los fieles a unirse al dolor de la Madre. La imagen, en pequeñas andas, quedó situada en el presbiterio.
Y un detalle lo dice todo: las puertas del primer templo permanecieron abiertas durante toda la noche. Málaga respondió. La Dolorosa no estuvo sola. Cientos de personas rezaron el rosario y oraciones, con la compañía constante de los hermanos terciarios. El desfile de fieles por el interior fue, literalmente, interminable.
Durante aproximadamente una década, la sagrada imagen de la Virgen de los Dolores permanecía desde la noche del Viernes Santo hasta el sábado en el presbiterio de la Catedral, recibiendo el homenaje incesante de los fieles. La ciudad respondía en fila, en silencio, en oración: un desfile de conciencia ante la Soledad de la Madre.
La estampa que recuerdan las crónicas y la memoria cofrade es tan sobria como poderosa: la Dolorosa enlutada, sin más luz que la devuelta por los cirios, acompañada por sus hermanos rezando la corona dolorosa. Nada que distrajera. Todo lo esencial: sombra, cera, plegaria y una belleza antigua, la de una devoción que no necesita explicarse.
Aquel Pésame llegó a considerarse, según la historiografía local, uno de los actos más concurridos que acogía la Catedral en todo el año. El Sábado Santo recuperaba así un significado propio: día de angustia, de espera, de silencio compartido bajo el manto negro de la Virgen.
Tenebrae y Victoria: el acto central de la tarde
El acto se prolongaba durante el Sábado Santo hasta la tarde. Alrededor de las siete y media, tras el rezo del rosario, entraba el obispo, acompañado por el auxiliar y el Cabildo Catedralicio. En el bajo presbiterio se situaban las autoridades —incluido el alcalde— y la junta de Servitas, presidida por su prior, Enrique Ximénez de la Macorra.
El Seminario ocupaba el coro. Y el acto comenzaba con el canto del Tenebrae, de Tomás Luis de Victoria, interpretado por la Schola Cantorum del Seminario. Mientras dentro no cabía un alma, fuera también se escuchaba: se instalaron altavoces para que quienes llenaban la plaza del Obispo y la Puerta de las Cadenas siguieran la ceremonia desde el exterior.
Tras la predicación y los motetes, llegaba otro momento de pulso popular: la procesión de regreso. La muchedumbre salía del templo rezando y cantando, acompañando a la Virgen hasta San Felipe Neri. Aquel Sábado Santo —repetían las crónicas de entonces— recuperaba un significado alto y propio, bajo el manto negro de la Virgen de los Dolores de Servitas.
1967: el final y un largo paréntesis
El ejercicio dejó de celebrarse en 1967. Más de medio siglo después, Servitas lo retoma “para mayor gloria de Dios y honra de Su Madre”. No como una reconstrucción museística, sino como una vuelta al culto: devolver a la ciudad una oración que fue suya y que, con el tiempo, se fue borrando del mapa emocional de la Semana Santa.
La recuperación en la iglesia de la Santa Cruz y San Felipe Neri hará que el templo se convierte de nuevo en lugar de encuentro para quienes quieran acompañar a la Virgen en su Soledad, sin prisa y sin ruido, en el horario natural de un día que pide bajar la voz.
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