Semana Santa Málaga 2026
El Amor presenta por fin su gran sueño: un trono que es un retablo itinerante para reescribir el Viernes Santo
La cofradía revela los detalles del nuevo trono diseñado en su día por Fernando Prini y que ha sido ejecutado por cinco talleres diferentes, que incluye cartelas, rocallas y una iconografía que busca explicar el misterio de la fe, con un estreno previsto para el Viernes Santo de 2026

El Cristo del Amor estrena una joya para la Semana Santa de Málaga 2026 / Eduardo Nieto

El Cristo del Amor ya tiene el trono con el que soñó Fernando Prini. Y la el barrio de la Victoria, que aguardaba este momento desde hace más de cinco años, ha podido asomarse por fin a una obra llamada a convertirse en uno de los grandes hitos patrimoniales de la Semana Santa de Málaga 2026. No se trata solo de un estreno: es la puesta de largo de una nueva forma de entender la presencia del Amor en la calle, entre el esplendor del rococó, la recuperación de la memoria y la emoción de lo largamente esperado. Una gran joya patrimonial que la hermandad ha reservado hasta tenerla plenamente rematada. Incluso un año más de lo previsto inicialmente. El conjunto se presenta como una síntesis de arte sacro, teatralidad procesional y memoria cofrade. La espera ha terminado este miércoles, cuando la cofradía ha presentado en su casa hermandad el nuevo trono del Cristo, seguramente, el estreno más esperado del próximo Viernes Santo.
El resultado no es un simple cambio de andas. Es una declaración estética, una recuperación simbólica y un golpe de efecto patrimonial. El nuevo conjunto se presenta como un “retablo itinerante”, un concepto que resume la ambición artística de una obra llamada a transformar la manera en que el Cristo del Amor y la Virgen de los Dolores se presentan ante Málaga.
La cofradía ha querido que la obra llegara a la calle cuando estuviera plenamente terminada. Esa decisión permite ahora contemplar un conjunto cerrado, coherente y ejecutado con el nivel de exigencia que reclamaba un proyecto de esta envergadura: la materialización del último gran dibujo de Fernando Prini, uno de los nombres capitales de la estética cofrade malagueña contemporánea.
Acto de presentación del trono
La presentación, celebrada en el salón de tronos, ha corrido a cargo del historiador del arte Pedro Alarcón Ramírez, encargado de desentrañar las claves de una obra en la que conviven la teatralidad barroca, la catequesis visual y una cuidada lectura histórica de los titulares. En la presentación, la vice-secretaria de Comunicación, Paula García Roda, fue la encargada de abrir el acto y de dar paso al hermano mayor, Álvaro Guardiola, quien destacó el nuevo trono del Cristo del Amor como la culminación de un sueño largamente esperado: “lo que habitaba en el reino de los sueños es ya una realidad tangible”. Subrayó que la obra no responde a la vanidad, sino a la historia y a la identidad de la hermandad, al recordar que este estreno supone “una nueva página escrita con letras de oro” en su siglo de vida.
El hermano mayor destacó también que el proyecto se ha levantado con paciencia y espíritu colectivo, avanzando a “pasito corto”, y reivindicó que el valor del trono no es solo artístico, sino también cristiano y social. En ese sentido, puso el acento en que “el mejor oro para nuestra madera es, sin duda, la Caridad”, al revelar que la obra asistencial de la corporación ha destinado a la caridad una cuantía equivalente a la mitad del valor total del trono.
Guardiola incidió precisamente en esa fidelidad al ideario original del autor: “Es fiel en proporciones, en el dibujo”, afirmó, aunque añadió una reflexión reveladora sobre el salto del papel al volumen: “El alzado y el perfil del dibujo no hace poder ver lo que se ve ahora, la visión muestra muchas más cosas, detalles que se han ido perfilando que no estaban en el dibujo”. Es decir, la obra ha crecido también en su ejecución, en ese diálogo entre el proyecto de Prini y la mano de los artesanos.

Frontal del diseño del trono del Cristo del Amor, dibujo de Fernando Prini. / L. O.
Un homenaje y una lectura artística del trono
Pedro Alarcón abrió su intervención con un tono muy emotivo, marcado por el recuerdo a Fernando Prini, a quien definió como “un gran amigo, hermano en Cristo, apreciado confidente y un referente único en lo artístico”. El historiador del arte subrayó que, ante “la desolación de la pérdida del amigo”, solo queda “asirnos (...) a encontrar en la belleza algo de consuelo”, antes de reivindicar la huella imborrable del diseñador en la Semana Santa malagueña: “Esto… también lo dibujó Fernando Prini”.
En su análisis del nuevo trono del Cristo del Amor, Alarcón lo presentó como una obra “coral y poliédrica”, fruto de un “ensamblaje más afinado de planteamientos formales y maneras de trabajar”, y destacó su vocación de permanencia y su riqueza simbólica. A su juicio, Prini logró una propuesta “absolutamente coherente”, capaz de unir tradición, atemporalidad y catequesis visual en una arquitectura procesional de gran fuerza escenográfica, llamada a convertirse en la imagen definitiva de la hermandad hacia el futuro.
El sello de Prini: un rococó malagueño para Fernando Ortiz
El nuevo trono ha sido ejecutado en madera tallada y sobredorada y adopta un marcado lenguaje rococó, el gran estilo cortesano y devocional del siglo XVIII europeo. No se trata de una elección casual. Ese lenguaje es coetáneo a las imágenes titulares de la corporación, atribuidas con sólido fundamento a Fernando Ortiz entre 1756 y 1771, de ahí que la propuesta dialogue con su tiempo, su sensibilidad y su espiritualidad.
Prini planteó una obra de líneas curvas, con planta sinusoidal, entrantes y salientes, sobre un plinto rectangular de sección cóncava, enriquecido con molduras de ovas y gallones. Sobre él se articula un cajillo de geometría rectangular, aunque quebrado por curvas y contracurvas que abren espacios a la iluminación. El efecto busca movimiento, profundidad y una vibración visual muy poco habitual en los tronos procesionales al uso.
Las cartelas y la rocalla aportan la exuberancia ornamental, mientras que los fondos en símil de mármol de ágata de Mijas añaden una referencia cromática y material profundamente vinculada al territorio. No hay aquí un decorativismo gratuito: cada plano, cada relieve y cada quiebro del volumen están pensados para convertir la procesión en una escenografía sacra en movimiento.
Arbotantes de perchero y una nueva verticalidad
Uno de los rasgos más novedosos del proyecto está en sus cuatro arbotantes, llamados a convertirse en una de las imágenes icónicas del conjunto. No arrancan desde la mesa, como suele ser habitual, sino desde la propia superficie del plinto. Además, los dos traseros alcanzan una altura notablemente mayor que los delanteros, reforzando la profundidad de la escena y la jerarquía visual de las imágenes.
Se trata de arbotantes de tipo “perchero”, con nueve brazos distribuidos en dos alturas y rematados por tulipas de cristal color ámbar con cantos dorados. A ellos se suman dos faroles laterales, también nacidos desde el plinto, que dialogan formalmente con el resto de la iluminación. El conjunto apunta a una estética envolvente, cálida y solemne, muy pensada para el discurrir nocturno del Viernes Santo.
Catequesis en relieve: del Buen Samaritano al convite del fariseo
La carga iconográfica del nuevo trono tampoco se queda en la superficie. En las cuatro capillas de los paños centrales se alojan altorrelieves en madera estucada en blanco con acabado marmóreo, dedicados a cuatro escenas elegidas para expresar el Amor de Cristo a sus hijos: el Buen Samaritano, la boda de Tobías, el juicio de Salomón y el convite del fariseo.
La selección no es ornamental. Funciona como un programa catequético que enlaza misericordia, sabiduría, fidelidad y compasión. Es decir, una lectura doctrinal del misterio desde el lenguaje del arte. Ahí radica una de las mayores virtudes del proyecto: no solo impresiona, también explica.
Recuperación de los atributos de los sagrados titulares
Otra de las decisiones más significativas, como explicó el hermano mayor, pasa por devolver a las imágenes elementos que, según la propia concepción del proyecto, nunca debieron desaparecer. La Virgen de los Dolores recupera su ráfaga y su puñal de orfebrería, mientras que el Crucificado vuelve a portar la corona de espinas metálica y las tres potencias. La ejecución de estas piezas corresponde al taller de Orfebrería Montenegro, en plata dorada.
No es un gesto menor. Esa recuperación refuerza la identidad histórica y devocional de los titulares, reponiendo signos que subrayan su divinidad, su santidad y su lectura iconográfica tradicional.
A ello se suma una nueva cruz procesional, de sección rectangular y plana, realizada en madera con terminación que imita ébano, hueso y carey. El detalle más delicado quizá resida en el INRI, que conservará las dos golondrinas de la cruz actual como un guiño romántico y sentimental a la memoria de la hermandad. Tras la cruz, y sobre la peana, figurará un violetero con la azucena entre cardos, otro de los elementos simbólicos del diseño.
Cinco talleres para levantar una obra total
La complejidad del conjunto ha exigido el trabajo coordinado de varios artesanos. La carpintería ha sido ejecutada por Manuel Molina; la talla, por Manuel Toledano; el dorado, por Tomás Fernández; la imaginería, por Abraham Ceada; el marmoleado, por Garciaga; y la orfebrería, por el taller Montenegro, dirigido por Miguel Ángel Martín Cuevas.
La hermandad ha venido desgranando ese proceso a través de la campaña 'Amor revelado', con la que ha querido acercar al público la complejidad técnica y artística de una obra que va mucho más allá del brillo final. Lo que ahora se ve rematado en la casa hermandad es el resultado de meses de ejecución minuciosa y de un ensamblaje coral donde cada oficio ha sido determinante.
Un trono de 390 centímetros llamado a marcar época
Las dimensiones del nuevo trono también hablan de su ambición: 285 centímetros de ancho por 390 de largo. Pero más allá de la medida física, lo relevante es su capacidad para redefinir la presencia del Cristo del Amor en la calle. La peana elevada sobre el monte de flores, que serán especies variadas de color morado, con cuatro querubines dolientes en las esquinas, remata una composición concebida para ganar teatralidad, altura y lectura escénica.
La presentación de este miércoles no solo ha servido para contemplar una novedad patrimonial. Ha sido, sobre todo, la puesta de largo de un proyecto que aspira a dejar huella en la memoria reciente de la ciudad. La obra ha sido igualmente bendecida por el director espiritual de la hermandad y párroco de la Basílica de la Victoria, Alejandro Escobar.
Ahora ya solo queda una cita: el 3 de abril, Viernes Santo, cuando el barrio de la Victoria vea por primera vez al Cristo del Amor recorrer Málaga sobre un trono llamado a convertirse en referencia.
Así era el trono que se despide: la obra de 1954 que ha llevado durante décadas al Cristo del Amor
El estreno del nuevo trono del Cristo del Amor abre también la puerta a la despedida de una pieza con peso propio en la historia de la cofradía. El cajillo que hasta ahora ha procesionado al Crucificado era una obra de madera tallada, dorada y policromada, realizada por José Ávila y Pedro Román en Málaga, 1954, y restaurada y dorada posteriormente por Rafael R. Liébana en 1987.
De planta cuadrangular, el conjunto estaba rematado en las esquinas por cuatro faroles de doble cuerpo, también de madera tallada, dorada y policromada. En la cartela frontal figuraba el escudo de la corporación, mientras que la trasera quedaba presidida por el símbolo del Ave María.
El cajillo aparecía rodeado por pequeñas tulipas dispuestas sobre molduras de madera tallada en cada una de sus caras. En uno de los laterales podía verse el monograma JHS y en otra de sus cartelas se representaba el sacramento del bautismo mediante una concha.
Ese programa ornamental ha sido interpretado también en clave de triunfo, en este caso como alusión a la Victoria de Cristo sobre la muerte.
El Amor ha cedido este trono para que el Viernes de Dolores salga en la hermandad de Medinaceli.
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