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Estudio

De la sudadera a la gorra: la 'disneyficación' de las hermandades transforma la experiencia religiosa

El desarrollo gráfico de las hermandades, como el de los Gitanos, se plasma en prendas y complementos que refuerzan el sentido de pertenencia y se integran en la vida cotidiana de los cofrades

Merchandising cofrade

Merchandising cofrade / Eduardo Nieto / LMA

F. J. Cristófol

F. J. Cristófol

Málaga

Jaime, Francisco y Miguel esperan en el bar que hay frente a la casa de hermandad. Es un jueves de Cuaresma, pero podría ser cualquier día del año. La diferencia es que en este día les entregan las tarjetas de los puestos del trono para la Semana Santa. Habitualmente hay un puñado de sudaderas con el nombre de la hermandad en la espalda. Hoy hay decenas allí por donde mires.

El merchandising cofrade llegó hace mucho, pero hoy ya no se entiende la pertenencia a una hermandad, a una banda, a un grupo de albacería si ésta no va acompañada de una uniformidad. Un elemento distintivo que va mucho más allá que bordar o serigrafiar un escudo en un trozo de tela.

Uno de los casos más paradigmáticos de los últimos años es el desarrollo gráfico que el artista Moraglez realizó el año pasado para la Hermandad de los Gitanos. A partir de un cartel en el que la columna y las olas del mar eran protagonistas, este grafista jerezano realizó todo un despliegue estético que este año se ha visto plasmado en prendas de ropa, gorras, chapas o estampitas.

No es nuevo, ya lo hicieron otras hermandades como el Cautivo, cuando redefinió su escudo simplificándolo; o la Sentencia, utilizando como submarca la espada de Santiago como sustituta de la letra T y desarrollando todo un manual gráfico utilizando los morados, rojos y los celestes como enseña corporativa que trascendía la oficialidad del tradicional escudo.

Lo que sí es relativamente nuevo es la escala y la naturalidad con la que este fenómeno se ha integrado en la vida cotidiana de las hermandades. Ya no se trata de un recurso puntual ni de una iniciativa aislada, sino de una lógica asumida. Las hermandades (o grupos dentro de las hermandades) diseñan, producen y distribuyen identidad de forma sistemática. Y esa identidad no se queda en el ámbito interno, sino que se expande, se viste y se reconoce en la calle.

Merchandising cofrade

Hay tiendas especializadas que ofrecen diferentes elementos relacionados con las cofradías. / Eduardo Nieto / LMA

El proceso de la 'disneyficación'

En términos sociológicos, este proceso podría asociarse al de la ‘disneyficación’. El concepto, desarrollado por el sociólogo Alan Bryman, hace referencia a la forma en la que determinados espacios adoptan dinámicas propias de los parques temáticos: tematización, coherencia estética y generación de experiencias integradas que permiten al individuo sentirse parte de un relato reconocible. En este caso, no hay personajes ni atracciones, pero sí una construcción simbólica cada vez más definida, donde colores, tipografías o símbolos responden a una misma lógica.

En el contexto cofrade, este proceso no puede entenderse únicamente como una estrategia estética o de consumo. Lo que está ocurriendo conecta directamente con la forma en la que hoy se vive la religión. Autores como Meredith McGuire o Nancy Ammerman han desarrollado el concepto de ‘religión vivida’ para explicar cómo la experiencia religiosa se desplaza desde los marcos institucionales hacia la vida cotidiana. No desaparece, sino que se transforma.

En ese desplazamiento, elementos como una sudadera, una pulsera o una gorra dejan de ser simples objetos. Funcionan como marcadores de identidad. Como formas de expresar pertenencia fuera del espacio litúrgico. La fe ya no se limita a la iglesia o a la procesión. Se incorpora al día a día, al lenguaje visual, a los códigos compartidos de grupo. Y eso es lo que ocurre también en el bar frente a la casa de hermandad. El sociólogo Zygmunt Bauman, aquel que acuñó el término de la sociedad líquida, escribió que las identidades contemporáneas necesitan hacerse visibles, encontrar formas de sostenerse en lo cotidiano. Aquí no hay teoría, pero la escena encaja. La pertenencia no desaparece: se sostiene en el tiempo. En términos de marketing, se desestacionaliza y está presente todo el año.

Sentido de pertenencia e identificación

Todo se convierte en una imagen, en un símbolo, en algo que se puede llevar puesto. Baudrillard hablaba de sociedades donde la representación gana peso frente a la experiencia. Aquí, sin embargo, no parece haber sustitución, sino continuidad. La imagen no reemplaza a la hermandad: la acompaña. Es una forma de estar dentro antes de estar dentro. De empezar la Semana Santa sin que haya salido todavía ningún trono. De reconocerse en el otro sin necesidad de hablar.

Aunque, al mismo tiempo, surge una duda: si en ese proceso se produce también una banalización del símbolo, una deriva hacia lo kitsch donde lo sagrado se simplifica, se reproduce y se adapta hasta perder parte de su densidad original. No es necesariamente una pérdida, pero sí un cambio.

Dentro siguen llamando nombres. Jaime mira el móvil, algún tuit ingenioso; Francisco comenta quién va de cabeza de varal este año, por lo visto es uno que es sobrino de alguien; Miguel les enseña la nueva gorra que su cofradía ha empezado a vender en la mesa de recuerdos de la casa de hermandad… No hay conceptos, no hay teoría, pero todos participan de algo que es evidente. Una reconversión del universo cofrade en el que todo ocurre a la vez en todas partes.

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