Arte cofrade
Manuel Toledano: la historia del tallista que resucitó a su padre y honró su legado
El tallista malagueño Manuel Toledano honró a su padre, un artesano con limitaciones, al construir su identidad profesional a partir de su memoria y esfuerzo

El trono del Nazareno del Perdón fue tallado inicialmente por Manuel Toledano padre y terminado por su hijo. / Álex Zea / LMA

Un joven Pablo corretea por la plaza de la Merced. Su padre, José Ruiz, pasa las tardes en su taller entre paisajes y bodegones. Los pinceles están a la vista en casa y el día a día de los Ruiz Picasso está protagonizado por el arte. Pablo crecerá, el Ruiz desaparecerá y será Picasso, pero los trazos del genio seguirán influenciados por el arte del padre. El clásico freudiano apunta al mito de matar al padre.
En ‘Tótem y tabú’, el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, hablaba de la necesidad de «matar al padre». Una rebelión contra la figura paterna que permite al hijo romper la dependencia y alcanzar su autonomía. Un concepto que suele interpretarse como el momento en que se abren los ojos hacia la edad adulta: cuando el padre pierde el velo de infalibilidad y el hijo empieza a entender su propio camino. Sin embargo, el caso de Picasso sirve para entender que es fácil matar al padre, pero es heroico resucitarlo, según el historiador del arte y cofrade Jaime Moreno.
Algo así ocurre en la historia de Manuel Toledano. El tallista y diseñador malagueño creció en un entorno donde el oficio no era una elección, sino una presencia constante. Su padre trabajaba la madera sin una formación académica sólida y con un reconocimiento limitado dentro del sector. Frente a otros profesionales con mayor recorrido, su figura quedaba, en muchas ocasiones, expuesta a la crítica. Toledano lo sabía. «Siempre supe cuáles eran sus limitaciones», explica, pero también contaba con algo que marcó la diferencia: «Lo que le faltaba en formación lo suplía con una voluntad casi feroz», recuerda.
Esa voluntad se hacía aún más visible por una circunstancia que atravesó toda su trayectoria: en un accidente había perdido los dedos de la mano izquierda. A pesar de ello, siguió trabajando durante años en el taller, adaptándose, insistiendo, encontrando formas de continuar. Aquel joven Manuel creció entre ese esfuerzo cotidiano y un entorno donde las críticas eran frecuentes. «Las críticas eran duras y, en parte, eran ciertas», reconoce. «Yo lo sabía».

Diseño original del trono del Nazareno del Perdón. / L. O.
Decisión de mantener su legado
Este es el punto en el que, según la teoría freudiana, se produce la ruptura: cuando el hijo deja de idealizar al padre y comienza a distanciarse. Pero en este caso, la reacción fue distinta. Lejos de generar rechazo o necesidad de superación, esa conciencia de los límites provocó otra respuesta. «Me dolían las críticas, porque sabía que muchas veces tenían razón», explica. «Pero también sabía el esfuerzo que había detrás». En ese contexto aparece la decisión que marcará su trayectoria profesional. «Un día me dije: honraré el nombre de mi padre». Ese momento funciona como punto de inflexión. No hay una ruptura, sino continuidad. No hay voluntad de sustituir al padre, sino de reconstruir su figura desde el oficio.
A partir de ahí, Toledano inicia un camino propio dentro de la talla, incorporando formación, técnica y una mayor ambición artística, pero manteniendo como referencia constante la figura paterna. En ese sentido, su trabajo puede leerse como una forma de transmisión generacional poco habitual.
Frente al modelo clásico de emancipación, que implica romper con el padre para afirmarse a uno mismo, Toledano construye su identidad profesional a partir de la memoria. Resucitar al padre no implica negar sus límites, sino integrarlos en una historia más amplia. Porque en los oficios artesanales, a diferencia de otros ámbitos, el aprendizaje no se produce únicamente en instituciones o academias. En el caso de Manuel Toledano, esa transmisión está marcada por una figura que nunca desaparece del todo. Un padre que no fue perfecto, pero que le dejó algo mucho más importante.
Como a Picasso, a Toledano le tocó heredar algo más que un oficio. En el caso del malagueño universal, el apellido del padre desapareció, pero su huella nunca lo hizo. Picasso rompió, sí, pero nunca dejó de dialogar con aquello que había aprendido en casa. Sus primeras formas, su manera de mirar, incluso su relación con el arte, nacen en aquel taller doméstico donde José Ruiz pintaba en silencio. Con Toledano ocurre algo distinto, pero profundamente conectado. Aquí no hay una ruptura visible, ni un cambio de nombre, ni una voluntad de borrar el origen. Hay algo más sutil: la decisión de sostenerlo. De asumir que el padre no fue perfecto, pero que su esfuerzo contenía un valor que merecía ser continuado. Porque, a pesar de Freud, no todos los hijos necesitan matar al padre para encontrar su lugar.
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