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Domingo de Ramos

La procesión de Humildad y Paciencia para el tiempo en El Perchel

La cofradía de la calle La Unión relativiza la distancia al pisar la calle Ancha del Carmen

F. J. Cristófol

F. J. Cristófol

Málaga

Escribía Julio Camba, el genial cronista gallego aquella pregunta retórica que decía: "¿Hay algo en el mundo que valga la pena de ir a buscarlo deprisa?". La respuesta es sencilla: no. Y Humildad y Paciencia es un ejemplo de ello por el trabajo que lleva años desplegando. Se pudo ver con la calma con la que desarrollaron el proyecto nada fácil de cambiar a su Titular cristífero y ahora se ve con la excelente evolución como cofradía.

Eso sí, hay una cuestión que define a esta corporación y es su manera de andar. Sin correr, pero con una velocidad más rápida que a la que estamos habituados con las hermandades del centro o los aledaños más cercanos. Sin embargo, esta forma de andar, fruto de la necesidad de ganar metros con decoro y eficiencia tiene su contrapunto.

Este contrapunto se encuentra ahí donde la cofradía transita por un barrio con mucha historia. El barrio del Perchel sirve como freno a una cofradía que viene desde calle Reboul hasta el Carmen a un ritmo que relativiza las distancias al pisar los adoquines de la calle Ancha.

Observar cómo 'la espalda de Málaga', la de la imponente talla del Señor de Humildad y Paciencia que con una perfección inigualable ejecutó Ruiz Montes, arriba a los percheles, a calle La Serna, a los sones de la marcha Madre, de Raúl Rodríguez es un regalo para los sentidos. Este es uno de esos casos en los que banda y cofradía son un conjunto y así se nota en el caminar del trono con el acompañamiento de la banda de cornetas y tambores del Carmen.

A pesar del viento, que molestó a público y nazarenos, la cofradía avanzó con gran corrección por el entorno del mercado con un cortejo bien formado y organizado.

Así, llegaba a la casa hermandad de la Misericordia, donde la hermandad del Jueves Santo saludaba con las puertas abiertas mientras el Señor de Humildad y Paciencia ganaba metros con elegancia con la interpretación de El reencuentro, marcha de Jorge Águila que servía para encarar calle Ancha.

No son pocos los detalles que esta cofradía cuida hasta el extremo. Buena muestra de ello es la colección de estampitas que repartían sus nazarenos. Desde sencillas fotos hasta montajes en los que podían leerse, con un marcado estilo pop, frases como la de La Oreja de Van Gogh: “Tenemos el récord del mundo en querernos”, obra de Samuel García Doña. Sirva este ejemplo para entender que dentro del barroquismo que suponen las cofradías en la calle, se puede ser excelso en la procesión y moderno en el interior.

Y llegó uno de los estrenos más referidos a lo largo de la Cuaresma: el trono de Dolores y Esperanza. La estética del órgano de la Catedral, ese color verdoso con cartelas y adornos que en un futuro serán dorados, funciona. Funciona a la perfección como altar para la Señora. La originalidad y, sobre todo, el contraste con el anterior, suponen un avance hacia la definición estética de esta cofradía en construcción. Digno de mención, porque no está de más recordar elementos que parece que llevan toda la vida ahí, es el manto de la Soledad de Mena que tan bien le sienta y que con tan buen gusto está colocado por el vestidor de la imagen, Francisco Navarro.

En el plano musical, la banda de la Cruz de Humilladero acompañaba con sones percheleros el desembarco de la Virgen en el barrio. Primero interpretaba Aquella Virgen la composición que Manuel Gómez de Arribas compuso en 1960, director de la Banda del Ejército del Aire de Madrid que acompañaba a la Virgen del Gran Poder. Acto seguido, tas saludar a la hermandad de la Misericordia, la banda de la Cruz hacía sonar una marcha clásica malagueña: Virgen del Carmen de Perfecto Artola para asumir la entrada del trono en calle Ancha.

Sin duda, el trabajo de Humildad y Paciencia, en un tiempo récord, supone un punto de inflexión en el Domingo de Ramos: originalidad, trabajo y planificación. Tres pilares que en la calle sirven para ser todo un espectáculo para los ojos del cofrade.

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