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Jueves Santo

El mundo gira mientras Vera+Cruz permanece otro Jueves Santo

El Crucificado, que estrenaba nueva cruz de Manuel Toledano, sigue encajando en su hueco en una jornada algo saturada

F. J. Cristófol

F. J. Cristófol

Málaga

No hay nada de la Vera+Cruz que recuerdo cuando cierro los ojos. No hay nada de aquellos años de absoluta soledad, de la rareza de salir en la madrugada del Viernes Santo. No hay nada de aquellos con los que se compartía salida desde el silencio de San Juan mientras al otro lado del río había bullicio, nada de aquel trono, de aquellos lectores, de aquellos recuerdos; tampoco hay rastro de aquellas barredoras que perseguían al cortejo al amanecer, ni aquellos ebrios encontradizos, ni escollos difícilmente salvables. No hay nada, pero precisamente en este contexto se le viene a uno a la cabeza el lema de los cartujos: Stat crux dum volvitur orbis.

La Cruz permanece y para qué más. Lo demás, los aderezos cofrades, cambian. Porque está el Santo Lignum Crucis y está la imagen del Señor. Todo pasa y todo queda y al echar la vista atrás se ve siempre al Señor.

Es difícil encajar a Charles Bukowski en una crónica de Semana Santa, pero el poeta dejó escrito aquello de: “No puedes vencer a la muerte, pero puedes vencer a la muerte en la vida, a veces y mientras más a menudo aprendas a hacerlo, más luz habrá”. Una buena lección para este Jueves Santo.

Media hora antes de que se abrieran las puertas de San Juan todo está dispuesto. La reliquia de la Santa Cruz está dispuesta sobre el Altar Mayor. El trono de Lágrimas tenía encendidas las seis Marías (las velas más cercanas a la Virgen en una candelería), los tronos de los Dolores de San Juan escoltando la puerta de la parroquia. Espartos ceñidos, colas recogidas a la espalda, nervios y capirotes verdes apostados esperando a colocarse.

Salida del Cristo de la Vera-Cruz desde el interior de la Iglesia de San Juan

Salida del Cristo de la Vera-Cruz / F. J. Cristófol

Se acerca la hora de la salida y poco a poco el silencio va rellenando el espacio que momentos antes ocupaba el bullicio. El sol impacta contra el suelo, se cuela desde el ventanal con un haz que recorta la cruz de la vidriera. Uno a uno se nombran a los nazarenos para ocupar su sitio en el cortejo. Capirotes al cielo y cirios verdes. La banda sinfónica de la Trinidad forma en el interior del templo y el hermano mayor se dirige a todos los penitentes: “Por tu Cruz verdadera, líbranos de las cruces que nos inventamos”. Se abren las puertas dos minutos antes de la hora.

Dos jarritas de lirios adornan el monte de la calavera sobre el que se erige el Santísimo Cristo de la Vera+Cruz y Sangre. La nube de incienso cubre la puerta. El trono se levanta y empieza a avanzar en absoluto silencio, tras él se coloca el palio de respeto. El Cristo cruza el dintel y en el exterior se mantiene el silencio roto por la voz del capataz para entrar en Calderón de la Barca. Ya sí, al avanzar, suenan los tambores roncos de la banda que al llegar a la curva de Fernán González interpreta Santo Traslado, de Miguel Pérez, y para entrar en Cisneros Soledad, de Artola. Repertorio clásico y fúnebre que acompaña a Vera+Cruz.

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