No pudo ser. Se apuró hasta el final, pero la lluvia fue determinante. La cofradía del Rocío tuvo que suspender finamente su salida. Retrasó este momento hasta tres horas, en acuerdo con el resto de cofradías del Martes Santo, pero la lluvia arreció poco antes de que fuera la hora de salida y la previsión era de que iba a seguir lloviendo hasta pasadas las siete, como así ocurrió. La decisión fue clara, aunque sea difícil de tomar, para el hermano mayor del Rocío, Javier Martín.

Mientras, el salón de tronos de la cofradía del Rocío permanecía en silencio mientras se escuchaba hablar al hermano mayor. Alrededor de mil hermanos que iban a participar en el cortejo escuchaban atentamente lo que no querían, se suspendía la salida. La previsión de lluvia a partir de las siete aconsejaba no salir. “Hemos pasado una pandemia y ahora una lluvia no va a poder con nosotros”, aseguraba Javier Martín, quien animaba a los hermanos de la cofradía a prepararse para el año próximo. Además, queda Pentecostés.

El salón de tronos del Rocío se intentó organizar entre la decepción y el desconcierto. Los más pequeños lo encajaron peor. Los más mayores no podían ocultar su decepción: “Después de dos años, esto. Pero el año que viene será”, comentaba uno de los capataces del trono del Rocío. Mientras, los encargados de los nazarenos más pequeños los consolaban y organizaban la entrega a los padres. “Tranquilos, nos queda Pentecostés y ahí saldremos todos”. Ese era el mantra dentro de la casa hermandad del Rocío.

Una saeta sirvió para canalizar muchos de los sentimientos de frustración y pena en la cofradía victoriana. Tras la decepción llegó el sentimiento de volver a trabajar con la vista puesta en Pentecostés.

La cofradía abrió las puertas a las 19.00 horas para el público que esperaba en el exterior, tras dejar a sus hermanos organizarse y estar un tiempo con sus titulares.