"A las 17.45 tengo que estar en Santo Domingo. Todavía me tengo que duchar, voy tarde". José Pedregal, de 22 años, se prepara para un nuevo día como portador de trono. 

Es su segunda vez esta Semana Santa, el Domingo de Ramos ya salió en la cofradía de Pollinica. En esta ocasión va de blanco y negro y el ímpetu de su hombro derecho es para el Cristo de la Humillación. 

Entra por la puerta trasera de la iglesia, que está hasta los topes de hermanos y hermanas de la cofradía. La salida se retrasó a las ocho menos cuarto pero aun no hay completa certeza de que finalmente procesionen. Los nervios están ahí, aunque intangibles.

La hora de salida pasa, incertidumbre todavía incluso entre los altos cargos de la hermandad. El Cristo está delante, la Virgen detrás y ambos situados frente a la puerta de salida. Se intuye el bullicio de la espera de multitud de feligreses en la plaza. 

En el interior, el clamor de los hombres de trono se silencia. La petición de bajar el volumen viene del altar, donde están los jóvenes que llevan los ciriales. Antonio Jesús Carrasco, el párroco entona con aplomo las palabras mágicas del aplauso: "Vamos a proceder a efectuar la salida procesional. Poco a poco vais poniéndoos los capirotes, vamos a iniciar el rezo". Aplausos, silbidos, el tintineo de los campanas, toda una fiesta para celebrar que salen. 

Los hombres de trono ya empiezan a ocupar sus puestos en los varales, sus novias y sus madres les abrazan. Incluso a uno de ellos, de pelo rubio, se acerca una señora de avanzada edad con pasos ágiles que le insiste en que su comunión fue allí, en esa misma iglesia. 

Llega el momento. Todos en posición para salir. La estrechez del interior de Santo Domingo obliga a realizar una maniobra curiosa para el "espectador amateur". El primer varal de la izquierda, que no roza por escasos centímetros con las columnas queda vacío, precisamente para poder avanzar así el trono. "Arrastrando suelas, sin mecer", insisten algunos de los más veteranos, a lo que añade el capataz: "Seguimos despacito". 

En cuanto pasa la columna, de forma consecutiva empiezan a aparecer de debajo del cajillo las cabezas y luego el resto del torso de los portadores, como si salieran de las tuberías en el videojuego 'Mario Bross'. 

La misma maniobra, aunque con mayor cuidado, se emplea para sacar a la Virgen de la Estrella. "Menos mal que sale La Estrella, es lo único que he pedido".

La procesión discurría con total normalidad por el itinerario fijado después de toda la jornada pendientes del cielo. Tras su paso por la Tribuna y la calle Larios, ingresaba en la Alameda. Estaba el cortejo en mitad del recorrido oficial cuando la tormenta volvió a hacer acto de presencia, una lluvia que por momentos ganaba la partida a las ilusiones cofrades y que obligaba a la hermandad a darse la vuelta, tras proteger al Cristo con un plástico, y regresar de forma precipitada, de espaldas, al barrio de El Perchel. La Virgen de la Estrella por su parte, adelantó al Señor por el puente de la Esperanza desde Atarazanas y llegó antes que Él al entorno de Santo Domingo. Entonces, la cofradía decidió realizar un encierro conjunto con ambos tronos. Aunque estaba previsto que la estación de penitencia finalizase en la casa de hermandad, esta vez los titulares volverían al templo de Santo Domingo desde donde salieron al ser el lugar más cercano para refugiarse. 

Los titulares de la Estrella, frente a frente antes de entrar en Santo Domingo. A. CANO

De forma extraordinaria, la Virgen fue la primera en llegar a la plaza de la Legión Española para esperar a su hijo de la Humillación que lo hace minutos después. Los dos tronos se colocan el uno frente al otro para mecerse al ritmo de las marchas frente a un gran número de público que permanece en un solemne silencio. 

Como es tradición en esta hermandad, no podían finalizar su estación de penitencia sin bailar los dos tronos al ritmo de la 'Malagueña' tras la que son levantados a pulso en varias ocasiones antes de entrar al templo dominico.