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Miércoles Santo

Los Salesianos, una cofradía clasica de nazarenos

El marcado carácter penitencial del cortejo de negro deja un sabor añejo a pesar de la juventud de sus filas de penitentes

F. J. Cristófol

F. J. Cristófol

Málaga

El año que viene habrá un nazarenito más de negro. Uno no puede parar de pensar en estas cosas una vez que ha sido padre y se alegra de que el año que viene, si Dios quiere, Pepe pueda vestirse y acompañar al Señor de las Penas y la Virgen del Auxilio. Hay algo profundamente verdadero en ese pensamiento que se cuela sin avisar en mitad de la tarde: la Semana Santa también va de esto: de heredar, de tradición, de ese hilo invisible que une generaciones sin necesidad de explicaciones, porque hay veces que es muy difícil hacerlo.

Los Salesianos tienen un carácter muy definido, muy suyo. Tanto que hoy es una cofradía que tiene su sitio el Miércoles Santo gracias a haber sabido crecer con autenticidad, alejándose de los golpes de efecto y sin imposturas. La cofradía no tiene dobleces, es un todo del que uno sabe qué esperar. Ver a los nazarenos salir desde el santuario de María Auxiliadora es una estampa que llena, porque se aúnan en ese espacio las realidades de la cofradía, del barrio, del colegio y de la orden en torno a la advocación de la Virgen.

La salida, ordenada, sin alaracas, con la correcta sobriedad que acostumbran en Capuchinos. Sonaba la banda de cornetas y tambores del Cautivo. Probablemente el gran cambio estético que haya experimentado esta hermandad fuera aquel cambio de estilo musical, incorporando en 2009 el actual acompañamiento en sustitución de la banda de música de corte fúnebre. 

Hablar de esta cofradía pasa por fijarse en el detalle mínimo que se ve al ver al misterio alejarse. Es Pablito, el angelote de la trasera, que este Miércoles Santo porta en sus manos las gafas y la cruz de Gálvez Ginachero, sumándose así al 150 aniversario de los Salesianos Cooperadores a través del recuerdo al doctor; por otro lado a sus pies está el solideo del papa León XIV, donado a la hermandad y que señala el inicio del pontificado del que fuera cardenal Prevost.

Seis nazarenos abrían la procesión incluso por delante de la cruz de guía. Las filas, llenas de figuras pequeñas, probablemente alumnado del colegio salesiano, portando los cirios color tiniebla

Bastante público esperaba a la hermandad en la plaza de Capuchinos, frente a su antigua sede canónica. Llegó la cofradía después de tres tirones a tambor para ganar metros y alcanzar el lugar en el que las hermandades de la Pastora recibía para saludar. Correspondía el saludo con un paso muy relajado mientras sonaba Cristo del Perdón, marcha clásica magistralmente interpretada por la numerosísima banda del Cautivo. 

Precioso monte sobre el que se levanta el misterio del Ecce Mater, a los pies, un variado silvestre a base dd cola de zorro, cartamu morado, calas moradas y alelíes en rosa y en fucsia.

Delante del trono una estampa que seguramente se repetirá el año que viene, cuando Pepe haya nacido y, si Dios quiere, pueda ir como iba este año un bebé, en brazos de su padre nazareno. Porque esta es una cofradía de nazarenos que aprenden en su día a día desde el ejemplo de don Bosco

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