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Viernes Santo

Dolores de San Juan: Molina Lario se queda en silencio a su paso

La virgen avanza entre miradas cómplices y emociones compartidas en una de las calles más humanas del recorrido

Dolores de San Juan, en la calle Especería

Esperanza Mendoza

Esperanza Mendoza

Esperanza Mendoza

En calle Molina Lario no hace falta que pase nada para que pase todo. Basta con que alguien diga en voz baja “ya viene” para que el murmullo cambie, para que la gente se mire sin conocerse pero entendiéndose. Este Viernes Santo ha sido así. De pronto, el silencio no se impone: se construye entre todos.

Un hombre le pide a su hijo que se suba un poco al bordillo. Una señora agarra el brazo de su amiga. Alguien apaga el móvil. Pequeños gestos que dicen mucho, que viene el Señor. Y entonces aparece Ella, el trono de Dolores de San Juan, entrando en la calle con ese andar lento que parece medir el tiempo de otra manera.

Aquí, tan cerca, ya no hay distancia posible. No es una imagen lejana, es casi una presencia. Se le ven los detalles, las manos, el temblor leve del paso, la luz que le cambia la cara a las imágenes a cada paso. Y también veo las caras de la gente: ojos clavados, labios apretados, alguna lágrima que no se esconde demasiado. Yo no puedo evitar soltar alguna.

Un hombre a mí lado de unos 60 años, murmura: “qué barbaridad” sin terminar la frase. No hace falta. A su lado, una chica joven mira en silencio, abrazando al que supongo que es su novio.

No sé el por qué, pero en esta cofradía dice más lo que deja que lo que pasa. No dejo de mirar las caras de la gente que hemos coincidido en este rincón del mundo. Puede ser que sea la nostalgia, que ya la semana más grande llega a su fin.

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Penitentes en este Viernes Santo / Gregorio Marrero

El trono avanza despacio, muy despacio, obligando a todos a acompasar la respiración. Los hombres de trono, concentrados, dejan que el movimiento sea casi imperceptible. Y en ese vaivén corto, íntimo, Jesús parece más humano, más cercana, como si el dolor que representa no fuera solo simbólico, sino algo que cualquiera podría reconocer.

Cuando paso a la altura de quienes estaban más pegados a la procesión, hay quien alarga la mano sin tocar, quien baja la cabeza, quien cierra los ojos apenas un segundo. Son gestos pequeños, casi invisibles, pero ahí lo veo todo.

Porque en Molina Lario, durante unos minutos, no es solo una procesión. Es algo más sencillo y más profundo: un encuentro entre personas que, sin conocerse, comparten la misma devoción.

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