11 de septiembre de 2011
11.09.2011
Tribuna

La personalización de la información y el peligro del autoadoctrinamiento

El problema es que la mayoría de usuarios de Facebook o Google piensa que las búsquedas son neutrales

10.09.2011 | 03:35

Una encuesta elaborada conjuntamente hace poco más de un año por el Pew Research Center´s Internet & American Life Project y Project for Excellence in Journalism estadounidenses desvelaba que el 75% de los lectores de noticias online obtenía en buena parte su información a través de las redes sociales y otro estudio puso también recientemente de relieve que casi un 30% de los estadounidenses menores de 30 años ha convertido las noticias personalizadas de redes sociales como Facebook en su principal fuente de información. Y la tendencia es creciente. Cada vez son más quienes limitan su acceso a la información a lo que les ofrecen los canales informativos personalizados de las redes sociales.

Sin embargo, la personalización de la información, el filtrado previo invisible y ajeno a nosotros de las noticias o datos a los que accedemos, según algoritmos creados por las empresas tecnológicas, no es un uso privativo de las redes sociales: Google es, de hecho, de los gigantes de internet, uno de los que más han investigado para ofrecer resultados personalizados, que cada vez se ajusten más al perfil de quien consulta en su buscador.

Si tecleamos «cambio climático» en Google, los resultados que ofrece el buscador son distintos si la persona que lo ha buscado es un activista medioambiental o un ejecutivo de una compañía petrolífera. El algoritmo de Google tiene en cuenta decenas de parámetros como las búsquedas que hemos realizado previamente, dónde hemos hecho click o desde qué ciudad estamos lanzando la pregunta, entre otros condicionantes. La búsqueda llega filtrada.

En el caso de Facebook, la red social creada por Zuckerberg muestra por defecto sólo las actualizaciones de aquellas personas con las que más hemos interactuado previamente o aquéllas a las que más hemos prestado atención de una manera activa, con lo cual, poco a poco, si somos conservadores, irán desapareciendo de nuestro muro las actualizaciones de nuestros amigos progresistas, y viceversa.
El problema es que tanto en el caso de Google como en el de Facebook, la mayor parte de los usuarios cree que la información que se le está ofreciendo es plural, imparcial, neutra, que llega sin ningún tipo de filtro.

Y no es así; por detrás, los gigantes de internet trabajan cada día más con modelos de predicción, basados en analizar nuestro comportamiento en internet para determinar quiénes somos y qué será lo próximo que haremos o desearemos y tratar de adelantarse a nuestros deseos. Y esos modelos se basan en parte en hacer cada vez más reducido el mundo que vemos, en estrechar el campo de acción al que podemos acceder, para incrementar la predictibilidad de nuestras respuestas, y acertar en la publicidad o los servicios que nos ofrecen.

Y si peligroso es ya este modelo en el mundo de la publicidad o los servicios, aún lo es más cuando traspasa esas fronteras y los algoritmos ya no determinan sólo qué publicidad deben mostrarnos, sino qué información deben poner a nuestro alcance. Si se sobrepasa esa frontera, es la libertad de pensamiento, la propia democracia la que puede incluso verse afectada, porque para cada ciudadano que vive en esta burbuja filtrada, no habrá nada que desafíe su visión del mundo, nada que se contraponga a sus propias ideas y opiniones, nada que le haga ensanchar su horizonte.

Es la tesis que mantiene Eli Pariser en su reciente libro The Filter Bubble. What the internet is hiding from you (Penguin Press). Pariser, exdirector ejecutivo del movimiento cívico MoveOn y asesor de Barack Obama en el manejo de las redes sociales, retoma una idea lanzada en 2001 por Cass Sunstein en su libro Republic.com y actualizada en 2009 en Republic.com 2.0, en los que se preguntaba qué sucedería con la democracia y el discurso libre si la gente usa internet sólo para encontrar o leer ideas afines, o cuál era realmente el beneficio de las ilimitadas posibilidades de elegir en internet si al final los ciudadanos filtran y reducen a un estrecho margen la información que reciben.

Pariser, en The Filter Bubble, desgrana las consecuencias que para la sociedad puede tener vivir en esta burbuja filtrada, no ya voluntaria, como en el caso estudiado por Sunstein, sino impuesta de manera invisible por los gigantes tecnológicos, y alerta de que vivir en esta burbuja puede llevarnos a autoadoctrinarnos con nuestros propios pensamientos: «Si nunca hacemos click en artículos sobre cocina, o sobre aparatos tecnológicos, o sobre el mundo más allá de las fronteras de nuestro país, esas informaciones simplemente se van desvaneciendo. Nunca estamos aburridos. Nunca estamos enojados. Nuestros medios de comunicación son el perfecto reflejo de nuestros intereses y deseos (?). Estos filtros de personalización se convierten en un tipo de invisible autopropaganda, adoctrinándonos con nuestras propias ideas, amplificando nuestro deseo de cosas que son familiares, haciéndonos ignorantes del acechante peligro del oscuro territorio de lo desconocido». Y, según el autor, nos impiden avanzar intelectualmente, al asentarnos en nuestras ideas preconcebidas.

Según Pariser, cada vez más, la pantalla de nuestro ordenador se convierte en espejo de una sola dirección, que refleja sólo nuestros propios intereses; una especie de universo ptolemaico digital en el cual todo gira alrededor de nosotros. Y vivir en la burbuja filtrada tiene consecuencias sociales, personales y culturales. «Un mundo solamente basado en lo que nos es familiar es un mundo en el cual no hay nada que aprender».
Como soluciones al problema que plantea esta invisible burbuja filtrada, Pariser pide que las compañías sean más transparentes sobre sus prácticas de filtrado informativo y expliquen de una manera clara cómo desactivar esos filtros, pero también pide a los ciudadanos que, personalmente, sean conscientes de la existencia de esa burbuja filtro, y hagan un esfuerzo por buscar nuevas fuentes y nuevas personas que opinan de manera distinta.

En ese sentido, en el de encontrar opiniones diversas y plurales, una herramienta que sigue teniendo un valor extraordinario frente a todo tipo de burbujas como las que denuncia Pariser, de situaciones que reducen nuestro campo de visión, es la lectura de un buen periódico. Un buen periódico impreso es plural en la información y libre en las opiniones, y ayuda a crear opinión mediante la diversidad informativa, para que el lector la construya con absoluta libertad, según su juicio y criterio. Permite encontrar en el mismo espacio una opinión y su contraria, ayudando a seguir construyendo un mundo en el que no todo sea conocido y aún haya mucho que aprender, un mundo en el que unas redes sociales libres y plurales, sin filtros invisibles, pueden contribuir también muchísimo a alcanzar ese sueño de una sociedad interconectada y absolutamente democrática, pero en el que también hay un sitio indudable para el periodismo de calidad, para ese punto de encuentro diverso que son sus páginas, para ese periódico que nos sigue permitiendo entrar en contacto con otras ideas, con otras experiencias, con otras vivencias que nos ayudan a cambiar, a matizar o a ampliar nuestra visión de la sociedad, de la vida que nos rodea, que nos ayudan, en definitiva, a enriquecer nuestra forma de entender, de interpretar el mundo.

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