18 de octubre de 2014
18.10.2014
La historia amorosa de un mecenas

La colección de amores del barón Thyssen

El fallecido empresario pone a caldo en sus memorias a sus cuatro primeras esposas y ensalza a la quinta, su viuda Tita Cervera

18.10.2014 | 05:00
El barón Thyssen y Carmen Cervera, un feliz matrimonio

Doce años después de la muerte de su protagonista aparecen las memorias de Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza con el tajante título de Yo, el barón Thyssen. Sin más vuelta de hoja. A la hora de valorarlas hay que tener en cuanta que han sido editadas, o sea, supervisadas por su viuda, Carmen/Tita Cervera, con la colaboración del veterano periodista asturiano José Antonio Olivar, amigo del matrimonio, quien ha puesto negro sobre blanco los testimonios del barón a partir de grabaciones y escritos. Quien sale victoriosa en las páginas como «el gran amor» de su Heini es Tita Cervera, lo contrario de las otras cuatro mujeres que pasaron por su vida como esposas, y que no salen precisamente bien paradas del repaso. Para muestra, un botón: «Cuando analizo mi vida sentimental, siempre llego a la misma conclusión: hasta que conocí a Tita, no tuve suerte en el amor. Todas me eran infieles».

Teresa, la mandona

Primera en desfilar: la princesa Teresa de Lippe, madre de su primogénito Georg (aunque «en su momento yo supe que no era hijo mío»). Una mujer «autoritaria y tiránica» que le engañaba con su cuñado Ivy, casado con su hermana mayor, Margit. «Alta, atractiva y algo regordeta» con maneras de «emperatriz». Fue «un matrimonio de conveniencia» que murió a los cuatro años. Se casaron cuando él tenía 25 y ella 21. Le consideraba «un advenedizo y se sentía socialmente superior porque ella era princesa». Le dio bastantes problemas: «Era una mujer muy difícil de llevar. La experiencia de mi primer matrimonio fue muy dura para mí. Pensándolo fríamente, llego a la conclusión de que aquella unión me hizo bastante daño».

Con Georg tampoco hay paños calientes: su padre le lanza acusaciones de engañarle, de ser desleal, de intentar meterle en una clínica psiquiátrica en París. Nada menos. «Para él, el dinero es más importante que la virtud o el honor».

Nina, la enigmática

La «enigmática» modelo Nina Dyer llega en segundo lugar. La conoció cuando ella tenía 24 años. «Fue un auténtico flechazo, al menos para mí. Hacer el amor con ella era maravilloso». Muy bonito pero era una mujer con muchos problemas psicológicos que acabó quitándose la vida y que trajo turbulencias la vida de su marido, aunque, al menos tenía un fondo de bondad y era generosa. Un año de casados con final sin perdices: «Su reacción, cuando vio que nuestro matrimonio se acababa, fue irse de tiendas». Para consolarse se gastó 2,4 millones de francos en unas frenéticas horas en el taller del gran Balenciaga. Los días siguientes, otros cuatro millones.

Fiona, la tonta

Tercera y otro amor a primera vista: Fiona Campbell. Aquí hay tomate: «Muy poco inteligente». O sea, que «era tonta. Creía que lo sabía todo y en realidad no entendía nada». Fue la madre de Francesca, la única hija del barón, y de Lorne, aunque Thyssen nunca tuvo del todo claro su paternidad. «Uno de sus fallos fue el haberse tomado muy a pecho el papel de baronesa». Llegó un momento en el que vivir juntos «se nos hizo insoportable. Para entonces mi mujer me engañaba y un día me pidió el divorcio».

Denise, la infiel

Cuarta plaza para la brasileña Denise Shorto, «el cuarto error», madre de su hijo Alexander, aunque en este caso el padre no reniega de él. «Creo que jamás llegué a importarle algo», se queja el barón de una mujer que fue «infiel siempre». Al menos, «era tan clara que lo admitía, y hasta me lo contaba». Algo es algo.

Carmen, la magia

Y a la quinta, aparece en su vida Carmen Cervera, viuda entonces del Tarzán Lex Baxter. Vamos a 1981. «La primera vez que la vi fue en Cerdeña y no hubo palabras: los ojos lo dijeron todo. Desbordaba vitalidad. Hubo una especie de magia en la que quedamos atrapados».

Un encuentro arrebatador «en el momento justo» y que sólo se cortaría en abril de 2002 con la muerte de Heini. «Estábamos hechos de la misma esencia», diagnostica el barón. «Estando con Tita me siento bien en cualquier lugar del mundo. Ella se ha convertido en parte esencial de mi vida», escribe el barón, «me cuida y se ocupa de que todo esté a punto en las diversas casas que tenemos (...) A diferencia de mis anteriores mujeres, siempre está a mi lado no porque yo se lo pida sino porque sale de ella, que sabe muy bien que es lo que más deseo».

Y las otras...

Al margen de estas relaciones que acabaron en matrimonio, el barón tuvo un primer amor llamado Hannelore Schmidt, «pero todos la llamábamos Pusch, y tenía cinco años más que yo. Era mi compañera en el colegio alemán de La Haya y algo muy especial nos unía: nuestros respectivos padres se habían separado cuando nosotros teníamos seis años. Jamás olvidaré el verano de 1937, en que, a mis dieciséis años, ella estaba de vacaciones en Forte dei Marmi y yo en un hotel de Viareggio. Nos veíamos todos los días. Una noche, para que Edda, mi nurse, no notara mi ausencia, metí la ropa en mi cama de tal forma que pareciera que yo estaba dormido dentro, me escapé y entré por la ventana que previamente Pusch había dejado abierta. Así fue como pasamos toda la noche juntos». Pero él se fue a Suiza y llegó la guerra, la distancia... Así es la vida.

Una de las primeras chicas que conoció en Suiza fue Rita Troesch, «era encantadora y pertenecía a una familia inmensamente rica. Todo el mundo la pretendía, pero ella llegó a enamorarse locamente de mí. Rita tenía veintisiete años, ocho más que yo, y estaba divorciada. Cuando la conocí, en un cóctel en Berna, vivía con otro hombre. La nuestra fue una relación basada casi al cien por cien en el sexo. Ella me enseñó a hacer el amor y fue una experiencia maravillosa».

Estando de vacaciones en Davos con su padre, conoció a Eliane Keller, una chica «muy divertida y deportista que desde el primer momento me dijo que lo que quería era acostarse conmigo». Un día, tras pasar la noche juntos en un hotel donde ella se hospedaba con su padre, éste irrumpió en la habitación y le pilló desnudo detrás de un mueble. Empezó a pegarle y «conseguí salir de la habitación, y tuve la suerte de coger en el carrito de la limpieza una toalla».

Otra conquista más del barón Thyssen: «Kit Muller, y no era muy atractiva, pero también estaba enamorada de mí, aunque se negaba a mantener relaciones sexuales completas porque quería llegar virgen al matrimonio. Hicimos de todo lo que se nos ocurrió, excepto el amor».

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