28 de septiembre de 2020
28.09.2020
La Opinión de Málaga
Elena Sada, Monterrey (1964).

"Marcial Maciel nos convencía del privilegio que era para nosotros servirlo con el sexo"

Elena Sada, superviviente de los desmanes de los Legionarios de Cristo, publica 'Ave Negra'

Elena Sada, Monterrey (1964), pasó de ser un mirlo blanco a un ave negra cuando después de 20 años escapó, no sin ayuda terapéutica, del Regnum Christi, la rama femenina de los Legionarios de Cristo que lideraba el perverso, pedófilo y extorsionista padre Marcial Maciel a quien el Vaticano "castigó" con una jubilación por sus desmanes bisexuales con menores.

Sada, profesora e investigadora de la Universidad Estatal de Connecticut en Nueva York, se dedicó durante dos décadas a captar jóvenes para la organización y lanza ahora en las librerías de España y en Amazon 'Ave Negra' (Madre Editorial) para relatar el lavado de cerebro que sufrió del impostor que trastornó su vida.

–¿Cómo recuerda a Marcial Maciel al que conoció ya durante su infancia cuando entró en Regnum Christi (RC) de la mano de su devota familia?
–Como me lo presentaron mis padres, como un supuesto santo. A través de otro sacerdote, llegó a mi casa y a la primera que captó fue a mi madre. Logró la confianza con reservas de mi padre y también de mis otros seis hermanos, aunque yo fui la única que me consagré. Mi padre falleció, a mi madre la he perdonado y mis hermanos ya están fuera de la orden.

–¿Cuándo se dio cuenta de que Maciel era realmente un ave negra?
–Cuando el Vaticano hizo pública su sanción y lo jubilaron. Maciel dijo que era una prueba de Dios. Después de salir de la orden tuve acceso a los periódicos que nos prohibían y fue cuando confirmé todas mis sospechas.

–¿Que hizo usted cuando comenzó a tomar conciencia de lo que allí se cocía?
–Cuando se me cayeron las vendas respecto a Maciel, busqué explicaciones y encontré varios escritos que explican su patología. Luego me enteré que habían puesto al cardenal De Paolis para reformar el grupo, pero no hizo nada. La madre de una víctima de Milán grabó a De Paolis justificando una extorsión y pidiendo a los miembros que mintieran a la policía. Cuando el ahora Director General llamó trasgresión de límites a un abuso sexual cometido contra una niña de 12 años me caí del guindo.

–¿Cómo convencía usted a las jóvenes que reclutaba para RC?
–Les presentaba la orden como yo la veía, una obra eficacísima de evangelización, con un fundador santo y total apoyo del Papa.

–¿Les ha pedido perdón?
–Por supuesto. No he recibido de ellas ni un solo reproche.

–Hábleme por favor del proceso de reclutamiento.
–A todos los miembros, incluyendo a los no consagrados, una vez a la semana nos juntaban y teníamos que decir en voz alta si habíamos cumplido con la meta de captación que tenía cada uno. Maciel llamaba parásitos a quienes no conseguían atraer a nuevos miembros.

"Nunca le vi drogándose, pero lo hacía, pues tuvo dos sobredosis"

–¿Es que no se daba usted cuenta del uso de drogas y de las prácticas de pedofilia y extorsión que la rodeaban?
–No. Entré muy joven y era muy ingenua. Recuerdo que en una ocasión fuimos a caminar por la sierra. Al llegar a un pequeño hostal nos informaron que Maciel tenía que descansar porque le molestaba la espalda, y cuando se unió de nuevo al grupo estaba como ido. Nunca le vi drogándose, pero lo hacía, pues fue hospitalizado con sobredosis de morfina en dos ocasiones. Una de ellas en Roma en los años 50.

–¿Le invitó en alguna ocasión a participar en sus orgias?
–A mí, no, pero sí a otros compañeros y a seminaristas que callaron durante años porque había una relación de codependencia con el abusador. Te hacían creer que eras un elegido de Dios.

–¿Cómo les convencían de semejante aberración?
–Maciel, como muchos narcisistas abusivos, nos explicaba el privilegio que era para nosotros estar con él y servirlo incluso con el sexo. El mentía a los niños y les decía que la Santa Sede le había dado permiso para aprovecharse de miembros de la orden.

–¿Qué técnicas de manipulación mental empleaba Maciel?
–Separaba a las personas entre posibles bienhechores y el resto, perdedores, parásitos. Se volcaba en los primeros. A la familia Oriol, de España, por ejemplo, la cultivó al detalle. Cuatro de sus miembros fueron consagrados en la orden y los padres donaron su casa. Luego se fueron y nunca les han devuelto la vivienda.

–¿Cómo hablaba de las mujeres?
–Era un misógino. Decía que eran histéricas, sensuales y peligrosas. Además, era un absoluto racista y un enemigo de los obesos.

–¿De qué forma mostraba su xenofobia?
–Nos decía que, para aceptar a alguien de piel oscura o a un gordo tenía que valer mucho o tener una fortuna.

–¿Cómo evolucionó su pensamiento a medida que descubría el fraude de los Legionarios de Cristo?
–Es sumamente difícil librarte de un lavado de cerebro. Me llevó diez años poder pensar con libertad.

–¿Es su libro la reacción contra aquella pesadilla?
–El libro empieza con esa escena en la que me levanto de la cama aun de noche y decido marcharme. Fue un momento de luz y fortaleza en el que opto por la vida. Sentía que moría lentamente.

–¿Lo llegó a comentar con sus compañeros?
–No cuando estaba dentro. No podíamos. Si lo hablaba con alguien, ellos abrían un proceso de intimidación para acusarte de infiel y desleal.

"Es sumamente difícil librarte de un lavado de cerebro como el que sufrí"

–¿Cree usted que llegaron al Vaticano pruebas suficientes que no fueron atendidas de los desmanes de los Legionarios de Cristo?
–Sí. Tuvieron muchas pruebas, incluidas las que recibió Ratzinger, pero fueron archivadas o desaparecieron. El cardenal Sodano detuvo varias investigaciones Al morir Juan Pablo II, y ser elegido Benedicto, este abrió la investigación y al año ordenó el supuesto castigo. La iglesia da prioridad a salvaguardar la reputación de la Legión.

– Después de una experiencia tan traumática como la que relata en el libro, ¿teme que le queden secuelas de por vida?
–Quedan secuelas de por vida, pero no necesariamente te dominan. Aprendes a vivir con ellas, como quien aprende a vivir con una cicatriz, el recuerdo de una herida que ha sanado.