¿Puede un aparato de menos de 100 euros ayudarnos a reducir drásticamente el riesgo de contagio en colegios, centros de trabajo y locales comerciales de hostelería? Los científicos aseguran que sí, y por eso hemos adquirido uno para comprobarlo. ¿Puede ese artefacto hacer que nuestro rendimiento académico y laboral sea el doble de bueno? También. Bienvenidos al fascinante mundo de la medición de CO2, que el Covid-19 ha puesto sobre la mesa y que ha llegado para quedarse.

La presencia de dióxido de carbono (CO2) es un indicador indirecto del riesgo de infección por coronavirus, que se transmite por el aire, en partículas (aerosoles) de menos de cien micras que se propagan a distancia y se acumulan en espacios cerrados, como el humo. Exhalamos CO2, lo que la presencia de este gas nos da una idea precisa de cuánto aire respirado por otras personas estamos inhalando. El valor común en una ciudad es de 420 partes por millón (ppm), y a partir de 700 los científicos aconsejan ventilar. Una cifra mayor o igual a 800 ppm indica que casi el 0,96% del aire inhalado ya ha sido respirado en esa sala. La OMS establece el límite de lo saludable en 1.000 (1,47% de aire ya respirado).

La ventilación no solo es clave para evitar contagios (Covid-19, gripe, etc) y reducir el riesgo de cáncer por radón, sino también para optimizar nuestro rendimiento. Un estudio de Harvard concluyó que altos niveles de CO2 reducen nuestro rendimiento cognitivo. Por eso Taiwán obliga por ley a utilizar medidores de CO2 con pantalla en todas las aulas.

Como dijo lord Kelvin, conocido por determinar el valor del cero absoluto de temperatura,  «sólo se puede mejorar lo que se mide». La frase la trae a colación José Luis Jiménez, profesor de Química de la Universidad de Colorado (EEUU) y uno de los firmantes de la carta que el verano pasado alertó a la OMS de la transmisión aérea del SARS-CoV-2.

Siguiendo sus recomendaciones hemos realizado mediciones orientativas en diversos espacios que apuntan qué riesgo de contagio de Covid-19 hay en cada uno de ellos. La concentración de CO2 en una sala depende del volumen de la misma, su ventilación –que es mayor en días ventosos–, el número de ocupantes, su edad y la actividad realizada.

Al tratarse de algo dinámico, son muy útiles los medidores portátiles. Los expertos recomiendan dispositivos con sensores NDIR como el que utilizamos en este reportaje, y que se adquieren a partir de 93 euros.

Supermercado

Entramos en el súper en hora punta, y a nuestro alrededor, en la zona de frutería, pescadería y carnicería hay unas 10 personas, entre cola y empleados. No hay ventanas al exterior, pero sí un espacio amplio. El medidor nos da un valor de 793, por encima de lo recomendado.

Grandes almacenes

Los grandes almacenes serían a priori un lugar de riesgo, por la ausencia de ventanas al exterior y la gran afluencia de clientes. Sin embargo, como ocurre con los aviones, suelen disponer de sistemas de ventilación avanzados y pueden tener filtros de alta eficiencia (HEPA) que atrapan virus y otros microbios. El medidor de CO2 solo nos da el valor de este gas, no de posibles virus, por lo que desconocemos si disponen de esos filtros. En cualquier caso, y con una afluencia media/baja en el centro comercial, el aparato nos da un valor de 499, muy bueno para un espacio interior. Empresas como El Corte Inglés han instalado estos medidores de CO2 con pantalla de cara al público en aquellos territorios en los que la normativa lo exige, como las Islas Baleares. Fuentes de El Corte Inglés informan de que instalarán cuando la normativa lo requiera.

Oficina de Correos

En el local hay 8 personas, entre clientes y funcionarios. No hay ventanas, sino un escaparate, pero la puerta está siempre abierta, lo que mantiene el valor en 516 ppm de CO2 como máximo. La ventilación es óptima.

Hipermercado

Al igual que el supermercado y el centro comercial, los valores varían mucho dependiendo de la afluencia. En hora punta el valor ronda las 1.200 partes por millón de CO2, muy por encima del límite de 700 para reducir el riesgo de contagio y también del 1.000 del umbral del aire saludable que marca la OMS. Con menos clientes, las mediciones oscilan entre los 700 y los 800 partes por millón.

El salón de un piso

Muchos contagios se producen en reuniones de no convivientes en domicilios. Para reducir el riesgo de transmisión es necesario llevar una mascarilla tipo FFP2 bien ajustada y ventilar bien la estancia. En el salón de un piso de tamaño medio comprobamos que, si el día es ventoso, basta con dejar una abertura de unos dos centímetros en la ventana y abrir otra en el extremo opuesto de la vivienda para ventilar bien: el CO2 baja hasta 497. Es el valor con una persona dentro. Si vienen visitas tendremos que abrir más la ventana. El aparato –que dispone de alarma– nos indicará cuándo debemos hacerlo.

El dormitorio

Después de que dos personas pernoctaran durante siete horas en un dormitorio con la puerta abierta y la ventana cerrada, el medidor arroja un valor de 2.330, altísimo. Es necesario ventilar, sobre todo si queremos realizar alguna actividad intelectual en esa habitación. De lo contrario, respirando ese aire seremos mucho más tontos.

En conclusión, medir no es solo conveniente para reducir el riesgo de contagio de Covid 19. La mala calidad de aire, asociada al alto CO2, provoca deterioro cognitivo. «¿Cuanto pagaríamos por una pastilla que nos hiciera el doble de listos? ¡Ventilar es gratis y lo consigue!», subraya el científico José Luis Jiménez, que aboga por instalar medidores públicos en todos los sitios donde compartimos aire –en Mallorca ya lo obliga la ley para centros comerciales–, y a corto plazo en centros de trabajo y escuelas. Recuerda que 100 euros por aula no es demasiado, sobre todo si tenemos en cuenta lo que se gasta de más en geles hidroalcohólicos, cuando la vía de contagio por superficies es mucho menos importante.

Autobuses, de bajo riesgo con las ventanillas abiertas

Podría parecer que los autobuses urbanos constituyen un entorno de alto riesgo de contagio, pero las mediciones realizadas en un autobús urbano apuntan a lo contrario. Para comprobarlo tomamos un autobús en una línea circular, en un trayecto de unos 20 minutos por el centro de la ciudad. Se trata de una línea muy concurrida, en la que los autobuses suelen ir bastante llenos. En este caso, al entrar en el autobús nos encontramos con todos los asientos ocupados excepto 5 y 4 personas de pie. Mucha gente concentrada en escaso espacio, un entorno ideal para la transmisión de un virus como el SARSCoV- 2, si no fuera porque todos los pasajeros llevan mascarillas, no hablan apenas y, muy importante, las ventanillas del autobús, enfrentadas a ambos lados del vehículo y cerca del techo, están permanentemente abiertas. Esto asegura una ventilación cruzada, la que los expertos recomiendan para reducir el riesgo de contagio. Además, cuando el autobús está en marcha aumenta la ventilación. Y otro aspecto crucial: en cada parada, al abrirse las puertas para que entren y salgan pasajeros, el aire se renueva y baja notablemente el nivel de CO2. Así, al subir al autobús, casi lleno, el medidor nos da un valor de 720 partes por millón de CO2, algo por encima del umbral máximo recomendado de 700. Sin embargo, vemos que la medición baja rápidamente hasta 468 en cuanto el autobús se pone en marcha y aumenta el flujo de aire exterior. En una parada larga con las puertas abiertas, el valor descendió a 452, un nivel más que óptimo y cercano al de entre 420 y 422 partes por millón que se obtiene al aire libre en la ciudad. En la esquina trasera del autobús, el rincón más lejano a las ventanillas, el valor asciende a 600.

Por tanto, y teniendo en cuenta que el riesgo cero en espacios cerrados no existe, un autobús urbano es un entorno de bajo riesgo si se mantienen las ventanillas abiertas, todos los pasajeros llevan mascarillas bien ajustadas, apenas hablan y no se sientan justo al lado de no convivientes.