Las mujeres terroristas han sido un enigma. Su implicación en grupos radicales y violentos es menor que la de los hombres, y los estereotipos y sesgos de género han negado su iniciativa y voluntad, las han situado como víctimas y han infravalorado su peligrosidad. Ahora, un grupo de investigadoras trata de analizar con rigor a las mujeres radicalizadas.

"Los estudios en terrorismo se han centrado en la experiencia de los hombres, los cuales están sobrerrepresentados entre los individuos que se implican en actos de extremismo violento, pero las mujeres han estado presentes en todas las oleadas del terrorismo moderno. La idea que se tiene de ellas responde a una imagen estereotipada de los sexos: los hombres como perpetradores de la violencia, y ellas, únicamente como víctimas y no como un posible activo del terrorismo", explica a El Periódico de España, del grupo Prensa Ibérica, la investigadora del Real Instituto Elcano Carola García-Calvo.

Los sesgos y estereotipos de género hacen que se les niegue su capacidad de iniciativa y la dimensión ideológica a la hora de implicarse en causas violentas de motivo político o religioso: "Se ha negado la agencia de las mujeres para decidir activamente participar en acciones de terror o en grupos terroristas. Se considera que la mayor parte son hombres y se asume que las que están en este ámbito no tienen una condición activa, sino que se ven arrastradas. Nos hemos centrado en investigar de qué manera se radicalizan e implican los hombres en las actividades de violencia, pero no nos hemos hecho las mismas preguntas con las mujeres", señala la experta en radicalización violenta y terrorismo global.

Sin embargo, el conflicto en Siria ha hecho que la investigación también se empiece a interesar por las mujeres terroristas. El International Centre for the Study of Radicalisation calcula que de los más de 41.000 ciudadanos de más de 80 países que se afiliaron al Estado Islámico en Siria e Irak, el 13 % eran mujeres y, de ellas, el 17 % procedían de Europa Occidental.

"A raíz del conflicto en Siria y la movilización yihadista del Califato del Estado Islámico en Oriente Medio, mujeres europeas muy jóvenes se trasladaban para sumarse a las filas del Estado Islámico. (...) Estamos viendo cómo ha evolucionado el papel de la mujer en las propias organizaciones, donde ocupan posiciones muy relevantes en la captación y radicalización de otros, donde adoptan roles de combate...", añade García-Calvo.

La investigadora pertenece al equipo del Real Instituto Elcano que, junto al Royal United Services Institute y en el marco del proyecto Radicalisation Awareness Network-Policy Support (RAN-PS), ha revisado la literatura académica existente para arrojar luz a los procesos de radicalización, motivaciones y roles que desempeñan las mujeres radicalizadas, con el objetivo de ayudar al desarrollo de políticas de prevención del terrorismo "ajustadas a la complejidad a la que responde el contingente femenino de los grupos extremistas violentos a día de hoy".

Lo primero que destierra la investigación es la tradicional asunción de que las militantes de estos grupos violentos carezcan de capacidad, iniciativa y elección a la hora de unirse a ellos.

¿Cómo se radicalizan las mujeres?

Se trata de una realidad compleja que responde a multitud de factores.

¿Cómo se radicalizan las mujeres? García-Calvo, profesora asociada del Departamento de Derecho Público I y Ciencia Política de la Universidad Rey Juan Carlos, indica que tienden a hacerlo en mayor medida en las plataformas online, tanto en grupos de extrema derecha como yihadistas, que explotan visiones muy patriarcales de las mujeres.

Por eso, precisa la experta, son muy relevantes las contranarrativas que combatan esos mensajes en internet.

Las investigadoras inciden en que son elementos más emocionales y de carácter personal los que llevan a las mujeres a radicalizarse y a dar el salto a la violencia, mientras que en los hombres pesan más los racionales. Las relaciones sociales y los vínculos afectivos son claves en el reclutamiento de mujeres en las distintas ideologías de grupos violentos: la interacción o lazos afectivos con familiares o personas afines ya radicalizadas pesa bastante, así como las motivaciones románticas.

Sin embargo, los sentimientos de marginalización, injusticia o agravios percibidos influyen tanto a hombres como a mujeres que participan en grupos terroristas.

No hay un único perfil de mujer que se una a estas causas: ni el nivel de estudios ni la clase social son determinantes.

El Real Instituto Elcano llevó a cabo una investigación sobre los condenados y condenadas yihadistas en España entre 2012 y 2019 y descubrió que las mujeres eran mucho más jóvenes que los hombres (cinco años menos de media) y estaban solteras en mayor medida, mientras que ellos estaban casados.

"El Estado Islámico hizo un llamamiento a trasladarse al Califato para ayudar a colonizar el territorio y poder seguir avanzando. Las mujeres en ese momento eran fundamentales para asentarse allí, casarse con un yihadista y tener descendencia. (...) Su rol era importantísimo para consolidar la ganancia territorial y traer al mundo y transmitir la ideología a la siguiente generación", relata la investigadora de Elcano. Las condenadas fueron detenidas ya en tránsito hacia el Califato o cuando se disponían a trasladarse.

Todas eran mujeres con estudios secundarios (al menos), algunas musulmanas de origen y otras conversas, y fueron captadas en el entorno online. La forma de captación difiere: entre ellos se da más una interacción cara a cara y jerárquica, mientras que las mujeres entablan "relaciones de hermandad" y camaradería, más horizontales, con otras mujeres que las convencen. Sororidad terrorista.

En el yihadismo y los grupos religiosos y de extrema derecha, los hombres desempeñan los papeles más predominantes en las organizaciones, mientras las mujeres asumen un rol más doméstico y discreto (adoctrinamiento, captación,...).

Sin embargo, no es así en todas las organizaciones terroristas. En las de extrema izquierda, hay una mayor igualdad entre los sexos, y las militantes son líderes estratégicas e ideológicas y participan en actos violentos como combatientes.

Infravalorar la peligrosidad

Los sesgos que operan sobre la percepción que se tiene de las mujeres radicalizadas no sólo ha limitado la investigación sobre ellas, también ha llevado a infravalorar su peligrosidad. Se trata de un "sesgo positivo de seguridad" en la evaluación del riesgo.

García-Calvo apunta que los estereotipos asocian a los hombres valores como la fuerza o la guerra, frente a otros más pacíficos, como cuidados y familia para las mujeres. Pero esto hace que no se ponga el foco con objetividad en que las mujeres tienen papeles activos como perpetradoras de violencia y se niega su "capacidad para ser malas, lo que no tiene ningún sentido".

Esta percepción ha sido un obstáculo, por ejemplo, para el procesamiento de yihadistas retornadas en sus países de origen, al no haberse recopilado información y evidencia probatoria sobre el terreno como se ha hecho con los terroristas.

Tampoco se han desarrollado programas de rehabilitación y reintegración específicos y se constata que ellas sufren un mayor señalamiento y estigma social que los varones condenados por terrorismo.