Declive
El año del gran desamor en Tinder: hartazgo en la ‘app’
Casi ocho de cada diez usuarios están fatigados con las aplicaciones de citas. Bumble y Match Group, la casa matriz de Tinder, han perdido 40.000 millones de dólares en valor de bolsa desde el año 2021

Una persona utiliza tinder en un concierto. / El Periódico
Arlette Surinach
Fatiga y hartazgo se han convertido en las palabras más repetidas no solo para definir el ánimo de los usuarios de las aplicaciones de citas: también el de los inversores de Wall Street. Tras una década en la que estas apps han convertido la cultura del ligue en una ventana de infinitas posibilidades y también en una fuente de ansiedad y de bucle de mil formas de rechazar y ser rechazado, las compañías insignia [Bumble y Match Group, matriz de Tinder] van camino de cerrar su gran año del desamor tras perder más de 40.000 millones de dólares en valor de mercado desde 2021.
«No estoy cansada, estoy asqueada», admite Patricia, de 49 años, que desde que se separó en 2018 ha tenido una cincuentena de citas... y también una relación que duró tres años y que ya ha acabado. «Ya no tengo a ninguna amiga que quede por aquí», añade su amiga Belén al hablar de un agotamiento, el de las apps de citas, que Forbes cifra en que 8 de cada 10 usuarios están hartos del mundo del match. Además, no se avista relevo generacional: los más jóvenes no están dispuestos a pagar para ligar en un momento en que las suscripciones se erigen como el gran salvavidas del modelo de negocio. «Qué locura pagar cuando no tienes un duro: los jóvenes conocemos gente nueva todo el rato y además tenemos Instagram, que es donde ahora pasan las cosas», explica Álex Martín, estudiante de 18 años.
Los números están ahí. Tras presumir de haber oficiado 70.000 millones de matches y de haber alcanzado en verano de 2022 los 11 millones de suscriptores en todo el mundo, Tinder registra un descenso del 16% en bolsa en lo que va de año. De hecho, el mes pasado volvió a perder valor al anunciar que de nuevo había sufrido fugas de usuarios de pago.
Y tras las malas cifras, además de fatiga y relevos en los altos cargos, también hay un cambio en la forma de vivir la liturgia afectiva. Para un grueso de usuarios, lo que una década atrás parecía una promesa ahora a menudo no es más que un rosario de citas aceleradas: echan de menos un poco de tranquilidad y presencialidad. «Yo vivía en un pueblo pequeño y, para mí, fue una salida de emergencia en un entorno claustrofóbico. Al principio era una forma de encontrar nuevos círculos sociales, sentía que mi vida mejoraba. Pero 12 años después, de aquello ya no queda nada», explica Marta Serra, quien ahora tiene 32.

Una persona clica en el apartado de ‘eliminar app’ de Tinder en su teléfono móvil. / Jordi Otix
A pesar de su mala reputación, las aplicaciones de citas se erigen aún en una posibilidad cuando, por ejemplo, eres gay o lesbiana y vives en un entorno cerrado o te divorcias entrada la cuarentena y levantas la vista y a tu alrededor no ves posibilidades de reiniciar una mínima vida afectiva. «Yo llevaba desde los 18 años con la misma mujer y, tras separarme, un amigo me animó a probar con las apps, explica Marc, de 48 años. «Ahora me he dado de baja porque estoy iniciando una relación y ya estaba un poco harto: he conocido a gente maja, pero me incomodaba verme a mí mismo mirando fotos de mujeres como si estuviera ojeando una revista cada vez que tenía 10 minutos libres», cuenta.
La fórmula del éxito de Tinder ha sido precisamente su burnout. La aplicación reina, que se diferencia de Bumble en que en esta última son las mujeres las que inician las conversaciones, utiliza un algoritmo de jerarquía social (se liga por franjas de likes) y técnicas gamificadas propias de los videojuegos que están pensadas para atraer a los usuarios y retenerlos el máximo tiempo dentro de la plataforma. De ahí el ya viejo dicho de que la app no quiere que te emparejes, sino que vivas enganchado a ella a través de la dopamina, que convierte los match [cuando dos personas deslizan el dedo a su derecha y se eligen para poder empezar a hablar] en chutes de validación física y felicidad.
Una década después, sin embargo, hay más aburrimiento que subidones. Un grueso de los usuarios ya han vivido la cara B del amor exprés. Mirar y elegir por la imagen y sin contexto alguno. Citas que no llevan a ninguna parte. Iniciar algo y que la otra persona desaparezca. O desaparecer tú. Rechazar. Ser rechazado. «Yo me he cansado de la ansiedad que implican las citas, que parecen castings. Pero sobre todo, de lo que me he aburrido es de quedar con tipos que no paran de hablar de sí mismos y que en ningún momento se les pasa por la cabeza preguntar: ‘Y tú, ¿qué haces?’», explica Belén Sánchez sobre Tinder.
Tras vivir unas 50 citas, Patricia apunta a la llamada crisis de la heterosexualidad: «Yo no estoy harta de desplantes, no tengo demasiados problemas de autoestima, pero sí estoy hasta el moño de conocer gente y no dar con hombres mínimamente aceptables desde un punto de vista emocional y académico. Me da mucha rabia cuando me veo a mí misma haciendo un amago de bajar el listón y convencerme para conformarme con alguien que no me gusta de veras y con el que no tengo futuro».
«La tecnología me fascina, pero los humanos ponemos excesivas esperanzas en ella», apunta la sexóloga Carmen Sánchez, quien considera que esperamos demasiado de las relaciones de pareja y que en algún momento se entendió que estas app serían una especie de «agencia matrimonial».
«El problema es que las apps te prometían una solución rápida al caos del amor, reduciéndolo a un simple procedimiento, pero está claro que eso no funciona», añade Janira Planes, experta en cultura de internet. De hecho, Tinder es un síntoma más de una revolución social. Por un lado, nunca había habido tantas personas solteras (en España hay más de 14 millones) y, por el otro, la institución de «la pareja para toda la vida» hace tiempo que entró en crisis.
La gran fiesta de Instagram
La necesidad de conocer a gente nueva persiste. Los más jóvenes, para quienes Tinder y las demás apps son algo casi dinosáurico, han integrado las redes sociales en sus rutinas de ligue. «Utilizar Instagram es más natural que ponerte en una especie de catálogo para elegir o que te elijan. Conoces a alguien que te interesa y le pides el insta. O le abres a algún conocido o conocida de un amigo. Enseguida vas viendo si la otra persona pasa de ti o es receptiva», dice Àlex.
«Sí, ligamos por redes sociales, aunque yo lo veo un poco forzado porque el juego va de colgar una historia y esperar a que la persona que te gusta te conteste o te dé un like», añade Rebeca Román, de 21 años. Ninguno de los dos pagarían por acceder al plan más básico de Tinder: el Tinder Plus, de 100 euros anuales, que concede privilegios como quitar likes o ver quién mira nuestro perfil.
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