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El infierno de una mujer sin hogar en València: "Me insultan, me acosan, abusan de mí"

María lleva seis años viviendo en la calle y soportando todo tipo de vejaciones. Vino a València para cumplir el deseo de su madre, pero esta enfermó y ella quedó desamparada. Tras cruzar el "inframundo" de las habitaciones compartidas, la mujer describe una vida marcada por el machismo estructural y las deficiencias de los servicios públicos para ofrecer soluciones reales en casos de vulnerabilidad extrema

El infierno de una mujer sin hogar en València: "Me insultan, me acosan, abusan de mí".

El infierno de una mujer sin hogar en València: "Me insultan, me acosan, abusan de mí". / J.M.López

Claudio Moreno

València

"Tengo 56 años y una timidez que es una vergüenza". María recibe a la prensa junto a un par de carros y las dos sillas enfrentadas sobre las que duerme, pegada al viejo cauce, en medio de la acera y a la vista de cualquiera. Se disculpa por su aspecto y el desorden que la rodea. Viste un forro polar de Mickey Mouse y un chubasquero con el logo de una marca de refrescos. La borrasca Francis ha desplomado los termómetros y la lluvia ha vaciado las calles, pero ella permanece impertérrita junto a sus enseres, durante una hora de entrevista, esforzada en elegir la palabra precisa. "Todo el mundo me auguraba un futuro glorioso en base a mi supuesta inteligencia y mi supuesta cultura. Si me vieran ahora".

Ahora sobrevive en una calle de València con las pocas cosas que ha recogido durante seis años sin hogar. Su situación es el resultado de una combinación de factores laborales, familiares, de vivienda y de fallos en el sistema de protección social. También es una derrota de la tercera ciudad de España. María lucha sola y en silencio pero su historia aflora porque otra mujer ha decidido acompañarla en su búsqueda de soporte vital. Esta mujer contactó con un hombre formado en Trabajo Social y este hombre llamó a Levante-EMV. Y hoy narra su vida pese a su timidez que es una vergüenza.

María intenta combatir el frío en plena borrasca Francis

María intenta combatir el frío en plena borrasca Francis / J.M.López

"Mi origen es catalán, llegué a València en 1997. Vine con mi madre con la pretensión de hacerla feliz, porque llevaba toda la vida hablándome de venir a València", introduce María. "Ella enfermó de cáncer, la operaron y quedó perfectamente, yo me hice muchas ilusiones, pero después volvió a enfermar de leucemia. El médico le dio seis meses de vida y finalmente aguantó dos años", continúa. "En todos esos años me resigné a hacer trabajos que me permitieran tener cierta libertad para acompañarla en su proceso. Fui limitándome cada vez más a cosas de limpieza o atención a personas mayores". La precariedad laboral y la inestabilidad se agravó con su trabajo de mayor duración: estuvo siete años como interna en una casa con una persona "en muy buena posición económica" que nunca la dio de alta en la Seguridad Social.

Cuando murió su madre, María no pudo asumir la renta de la vivienda familiar y entró en el circuito del alquiler de habitaciones. "El inframundo. Si usted mira las plataformas verá que todos los meses ofrecen habitaciones. No se le ocurra meterse en ellas. Peor aún si es mujer española", advierte. En la entrevista telefónica le informaban de unos gastos que luego, con los bultos ya instalados, siempre ascendían con excusas improvisadas. Pero eso estaba lejos de ser lo peor.

"Por la noche intentaban entrar en tu habitación. Era una cosa increíble. Llegué a adquirir una destreza maravillosa en poner candaditos y pestillos sin hacer ruido ni dejar nada. Yo les oía haciendo esfuerzos por abrir a la 1 de la madrugada. No fue ni en una ni en dos ni en tres casas. También intentaban entrar en el baño cuando me estaba duchando. Estuve alquilando habitaciones hasta que vi el peligro. En el último piso sufrí una agresión sexual", narra.

María lleva seis años viviendo en las calles de València

María lleva seis años viviendo en las calles de València / J.M.López

De ahí se mudó a una pensión que pagaba gracias a la Renta Valenciana de Inclusión. No tenía otro ingreso. Pero la ayuda “se interrumpió misteriosamente”, rememora, y entonces se quedó sin alojamiento. "Había ido muchas veces al Centro de atención para personas sin techo (CAST) en el tiempo previo y me dijeron: para que te recojan en un albergue tienes que estar en la calle. Era eso precisamente lo que quería evitar. Estaba aterrorizada. La primera noche en la calle la pasé de pie frente delante de Jefatura de lo tan horrorizada que estaba".

En una entrevista con este diario, Elena Sánchez, presidenta de Casa Caridad, contaba que cada vez más mujeres acuden al albergue social. Antes era algo residual, pero el sinhogarismo femenino se ha disparado. También explicaba que estas mujeres se aíslan porque llegan de haber sufrido muchos traumas. María no solo se siente desamparada –el trabajador social llama varias veces al centro CAST, pero nadie coge el teléfono; en plena ola de frío. Varias oenegés ya habían denunciado que este recurso municipal es ineficiente–. Hay abandono institucional, pero también encarnizamiento social. Desde que se quedó sin alojamiento en los meses previos a la pandemia, la catalana afincada en València ha sufrido muchos de esos traumas en carne propia.

"Me pasa de todo: acoso, abusos, agresiones, insultos, burlas. Gente que pasa y cuando me hace una canallada grita "¡Gol!". Un montón de hombres me dicen que me vaya a sus casas, como si fuera un mueble. También hay gente que me mira con odio y dice: si Franco viviera, tú ya no estarías aquí", relata junto a sus enseres, cubiertos con un plástico, pero completamente empapados. En noches de lluvia duerme al resguardo de un garaje. María cuenta que durante un tiempo estuvo durmiendo en un trastero. "Era pequeño pero podía dibujar o leer con una linterna en la frente, que son dos de mis aficiones. Siento nostalgia continua de aquel trastero". La echaron porque su carro rayaba el suelo del parking.

Expulsada de las ayudas

En estos años sin hogar María cuenta que se ha descubierto más fuerte de lo imaginable. La situación familiar, el mercado laboral y la deriva inmobiliaria la han arrinconado hasta dejarla en una situación desesperada. Cuenta que le quitaron la ayuda autonómica por no firmar un documento en el Centro Social de Benimaclet –no podía ir, tenía llagas en los pies y las piernas hinchadas por el frío– y dice que cuando ha intentado tramitar una vivienda social, se ha topado con el muro de la administración, habitualmente muda o sorda. De modo que se ha visto a la intemperie encadenada a dos sillas de camping y dos carros milimétricamente ordenados. Pero no se rinde.

El saco de dormir empapado por las lluvias de la borrasca Francis

El saco de dormir empapado por las lluvias de la borrasca Francis / J.M.López

"A mí me han llegado a decir que es que me gusta la libertad. No, por favor, la libertad no. Se lo he dicho ya a varias personas, si alguien supiera de un local que esté en desuso, yo me comprometo a mantenerlo limpio, cuidado y en condiciones, y entregarlo inmediatamente cuando me lo reclamen", dice María apelando a una posible solución, parcial y temporal, con la que empezar a sortear esta situación de peligro diario para su vida. Lo siguiente –también urgente– es hacerse visible para una administración que, según denuncia, se ha desentendido de su evidente vulnerabilidad. Y lo último será poner los dos pies fuera de ese inframundo que se obstina en probar su fortaleza: "Yo al despertar digo: pasara lo que pasara ayer, cada día es un nuevo día. Porque si no es imposible".

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