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El Bien Estar

Economía de fichas: construir hábitos sin convertir todo en batalla

La herramienta educativa, a menudo malentendida, permite hacer visibles los acuerdos familiares y facilitar la creación de hábitos en los niños

Niños mirando unas fichas

Niños mirando unas fichas / La Opinión

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Karenn Wallace

Karenn Wallace

Málaga

Hay herramientas educativas que tienen muy mala prensa. La economía de fichas es una de ellas. Suena a manual de oposiciones, a algo lleno de gráficos y tecnicismos o, peor aún, a un sistema para pagarles a los niños por hacer lo que deberían hacer sin rechistar. Nada más lejos de la realidad.

En esencia, una economía de fichas no es más que una forma de hacer visibles los acuerdos familiares. Una herramienta sencilla para que un niño pueda comprobar que aquello que hoy le cuesta un mundo acaba convirtiéndose, con el tiempo, en parte de su rutina.

Porque esa es una de las grandes trampas de la educación: solemos pensar que un hábito aparece el día que conseguimos que un niño haga algo bien una vez. En realidad, un hábito empieza cuando deja de hacer falta recordárselo constantemente.

¿Qué nos ayuda a funcionar mejor?

A finales de los años noventa, el psicólogo Martin Seligman, considerado el padre de la Psicología Positiva y autor de 'La auténtica felicidad', propuso cambiar la pregunta que durante décadas había dominado la Psicología. En lugar de preguntarnos únicamente qué falla en las personas, planteó dedicar también tiempo a comprender qué nos ayuda a funcionar mejor.

En una familia ocurre algo parecido. Pasamos buena parte del día corrigiendo aquello que no sale bien: la habitación sin recoger, la mochila olvidada, la discusión con el hermano o el plato que sigue encima de la mesa. La economía de fichas propone mirar también en la otra dirección y hacer visibles esos pequeños comportamientos que queremos que acaben formando parte del día a día.

¿En qué solemos equivocarnos?

Ahora bien, antes de sacar las pegatinas conviene hablar del error más frecuente. Los adultos tenemos una extraordinaria capacidad para entusiasmarnos. Decidimos que "a partir de ahora" las cosas van a cambiar y, casi sin darnos cuenta, redactamos una lista de objetivos que no cumpliría ni un ministro con tres asesores. Queremos que recojan la habitación, hagan la cama, apaguen la tablet a la primera, no contesten mal, preparen la mochila, dejen la ropa en el cesto y, ya puestos, que aprendan a doblar las toallas como en un hotel de cinco estrellas. Así no hay economía de fichas que sobreviva.

La mayoría de los profesionales que utilizan esta herramienta coinciden en una idea muy sencilla: es mejor trabajar dos hábitos que intentar cambiar diez a la vez. No porque los demás no sean importantes, sino porque aprender lleva tiempo y el cerebro agradece tener claro en qué debe concentrarse.

También merece la pena cuidar cómo escribimos esos objetivos. No es lo mismo pedir "No gritar" que proponer "Hablar con un tono de voz tranquilo". Tampoco significa lo mismo escribir "No dejar la ropa tirada" que "Poner la ropa sucia en el cesto después de ducharse". Puede parecer un matiz sin importancia, pero no lo es. En un caso describimos el error; en el otro dejamos claro cuál es la conducta que esperamos. Y eso facilita mucho las cosas, tanto a los niños como a los adultos.

A partir de ahí, el resto es bastante sencillo. Se eligen las fichas —pegatinas, estrellas, puntos o cualquier otro sistema que resulte visual—, se acuerda una recompensa razonable y se revisa cómo va funcionando una vez por semana. Las mejores recompensas, por cierto, casi nunca son las más caras. Elegir la película del viernes, ir al cine o alquilar alguna en una plataforma de streaming, cocinar una pizza en familia o decidir la excursión del domingo suelen tener bastante más éxito que muchos juguetes.

Lo que no suele venir en los manuales

Y ahora viene la parte que rara vez aparece en los manuales. La mayoría de las economías de fichas no fracasan porque los niños no colaboren. Fracasan porque los adultos nos cansamos antes. Esperamos resultados demasiado deprisa. Queremos que el lunes todo funcione, que el miércoles apenas haya discusiones y que el viernes ese hábito ya forme parte de la rutina. Cuando eso no ocurre, la cartulina termina detrás de un armario o hecha un rollo junto a la basura y sentenciamos que "esto no sirve".

Resulta curioso, porque es exactamente lo contrario de lo que intentamos enseñarles a ellos. Les repetimos que nadie aprende a montar en bicicleta sin caerse unas cuantas veces, que equivocarse forma parte del aprendizaje y que merece la pena seguir intentándolo. Sin embargo, nosotros solemos abandonar una herramienta educativa mucho antes de darle tiempo a funcionar.

Quizá porque olvidamos algo bastante evidente. Los niños no son una especie diferente. Son personas, la única diferencia es que llevan muchos menos años practicando. Y si a los adultos nos cuesta mantener hábitos tan sencillos como acostarnos antes, caminar todos los días o dejar de mirar el móvil mientras cenamos, quizá no sea muy razonable esperar que un niño cambie un comportamiento complejo en una semana.

No esperes milagros

La economía de fichas no hace milagros. Ninguna herramienta educativa los hace. Lo que sí puede hacer es poner un poco de orden en ese pequeño caos cotidiano donde solemos repetir las mismas normas una y otra vez. Y cuando un hábito deja de necesitar recordatorios constantes porque ya forma parte de la rutina, las fichas dejan de ser necesarias. En realidad, ése era el objetivo desde el principio.

Si queréis ponerla en práctica, podéis descargar aquí la plantilla "Economía de fichas–Casa Mágica en Vacaciones". Está pensada para imprimirla, pegarla en la nevera, en la puerta de un armario o donde más guerra dé la convivencia. Porque, seamos sinceros, las normas escritas en un cajón suelen tener exactamente la misma eficacia que los calcetines que desaparecen en la lavadora.

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