Opinión | El Bien Estar
Mi hijo me contesta mal: la asertividad pone límites sin gritos
Es aprender a decir lo que necesitamos sin convertir cada conversación en una batalla entre Hulk y La Cosa. Y eso también se aprende.

Una madre discutiendo con su hija / Pexels/Karola G
Hay frases que, si tenéis hijos, probablemente no necesiten presentación. «¡Déjame en paz!». «¡Ahora voy!». «¡Qué pesado eres!». Bastan tres segundos para que una conversación cualquiera acabe convertida en una competición bastante absurda para descubrir quién levanta más la voz. Lo curioso es que, cuando eso ocurre, solemos pensar que el problema está en la última frase que hemos escuchado. Y casi nunca empieza ahí.
La mayoría de las familias no buscan hijos que no protesten. Buscan algo mucho más modesto: poner un límite sin que la conversación termine en un portazo. Ahí es donde aparece una palabra que lleva años colándose en libros, consultas y colegios: la asertividad.
Contestar mal no convierte a un niño en maleducado del mismo modo que discutir un día con vuestra pareja no significa que vuestro matrimonio vaya directo al desastre. La convivencia está llena de pequeños choques. La diferencia no está en evitarlos, sino en aprender a gestionarlos.
¿Es una falta de respeto?
Cuando un niño responde con un «¡Déjame en paz!», un «¡Ahora voy!» dicho por quinta vez o un portazo digno de una obra de teatro, nuestro cerebro suele interpretar una sola cosa: nos está faltando el respeto. Y desde ahí todo es un caldo de cultivo para responder con otro grito. El problema es que los gritos tienen la habilidad de enseñar exactamente lo contrario de lo que pretendemos: queremos que nuestros hijos aprendan a hablar con respeto mientras nosotros les hablamos gritando. No parece el mejor plan.
Y aquí aparece una palabrita que suena mucho entre los círculos de padres, psicólogos y maestros; en resumen, todos los que lidian con niños: la asertividad.
¿Qué es realmente la asertividad?
La psicóloga Olga Castanyer, autora de «La asertividad: expresión de una sana autoestima», define la asertividad como la capacidad de expresar lo que pensamos, sentimos y necesitamos respetándonos a nosotros mismos y respetando también a los demás.
Traducido al idioma de cualquier familia: no es callarse, no es morderse la lengua, no es explotar, ni es ganar la discusión. Es aprender a decir lo que necesitamos sin convertir cada conversación en una batalla entre Hulk y La Cosa. Y eso también se aprende.
¿Por qué contestan mal los niños?
A veces contestan mal porque se frustran, otras porque están cansados o porque todavía no saben expresar lo que sienten de otra manera. Y sí, algunas veces también porque están comprobando dónde está vuestro límite, y no porque tengan un plan maquiavélico. Tantear dónde está el límite de las figuras de autoridad es una parte del desarrollo absolutamente necesaria.
La buena noticia es que cada una de esas situaciones puede convertirse en una oportunidad para enseñar una forma diferente de comunicarse. No con un discurso de veinte minutos. Con el ejemplo.
Un cambio que suele funcionar mejor
Imaginad esta escena: le pedís que recoja la habitación ahora mismo y la respuesta es un rotundo «no me da la gana». A partir de ahí suele empezar una competición bastante absurda para descubrir quién levanta más la voz.
Probad otra cosa: respirad, acercaos y decid algo como «Entiendo que no te apetezca. A mí tampoco me entusiasma recoger la cocina. Pero quedamos en que cada uno recoge lo suyo antes de empezar otra actividad. ¿Cómo prefieres hacerlo: empezamos juntos o quieres hacerlo tú solo?». Sin ser cansinos, sin alargar el discurso y, sobre todo, sin condescendencia. Frases cortas y precisas, dichas con calma, pueden ser las mejores aliadas para afrontar una mala contestación.
¿Funcionará siempre? No. ¿Funcionará mejor que entrar en una guerra de gritos? En la mayoría de las ocasiones, sí. Porque el objetivo no es ganar la discusión. Es enseñar una forma distinta de resolverla.
Un ejercicio para esta semana
Durante los próximos siete días intentad hacer solo una cosa: antes de responder a una mala contestación, describid lo que veis en lugar de juzgar a vuestro hijo. En lugar de «¡Qué maleducado eres!», probad con «Veo que estás muy enfadado». Después añadid el límite: «Puedes estar enfadado, pero no puedes hablarme de esa manera».
Parece un cambio pequeño, pero cambia por completo el tono de la conversación. Y recordad: la asertividad también necesita entrenamiento. Si un día volvéis a levantar la voz, no tiréis la toalla. Igual que vuestros hijos aprenden por ensayo y error, vosotros también.
Podéis descargar aquí la lámina «10 frases asertivas para poner límites sin gritos»: encontraréis ejemplos sencillos para transformar órdenes, reproches y discusiones en conversaciones más respetuosas. Podéis imprimirla y colocarla en la nevera, o tenerla a mano esos días en los que la paciencia decide irse de vacaciones antes que vosotros.
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