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Actividades para niños en vacaciones: el cole cierra, el aprendizaje sigue

Aprender no siempre empieza con un libro. Descubre por qué la experiencia deja una huella más profunda en el aprendizaje, a través de un recurso descargable con 28 aventuras para seguir aprendiendo en familia durante los meses de descanso

También se puede aprender durante el descanso escolar

También se puede aprender durante el descanso escolar / Anna Shvets/Pexels

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Karenn Wallace

Karenn Wallace

Málaga

Cada verano ocurre algo curioso, parece que entramos en una carrera por inflar a nuestros hijos de actividades: llenarlos de deportes o, directamente, llenarlos de deberes para que no pierdan el ritmo. Como si un verano bien aprovechado dependiera de tener la agenda siempre ocupada.

Sin embargo, el aprendizaje de un niño no suele depender de hacer más cosas, sino de encontrar un buen equilibrio entre el descanso, el juego, las experiencias compartidas y, por supuesto, también los contenidos escolares. Quizá el problema no sea que el colegio cierre, sino pensar que hay que llenar ese vacío con lo que sea. Aprender no es una actividad reservada exclusivamente a las aulas, las mochilas y los libros de texto. Porque una cosa son los contenidos y otra muy distinta la manera en que decidimos acercarlos a los niños. Las vacaciones no tienen por qué ser un paréntesis en el aprendizaje; pueden convertirse en una oportunidad magnífica para descubrir que existen muchas formas distintas de aprender

Las experiencas, fuente de aprendizaje

Piensemos un momento en nuestra propia infancia. ¿Qué recuerdamos con más facilidad: una ficha de Ciencias Naturales que hicimos en Primaria o aquella excursión en la que descubrimos algo que nunca habíamos visto? Lo curioso es que la mayoría de nosotros conservamos mucho mejor el recuerdo de la experiencia que el de la hoja del cuaderno. Y no es casualidad.

El psicólogo David Kolb lleva décadas estudiando precisamente esta cuestión. Su teoría del aprendizaje experiencial parte de una idea muy sencilla: aprendemos mejor cuando vivimos una experiencia, reflexionamos sobre ella, entendemos lo que ha ocurrido y volvemos a poner ese conocimiento en práctica. Dicho en cristiano, nuestro cerebro suele recordar mucho mejor aquello que experimenta que aquello que simplemente memoriza.

Eso no significa que los libros dejen de tener valor o que el colegio deba desaparecer, igual que nadie aprende a usar el robot de cocina leyendo únicamente un manual. Necesitamos conocimientos, por supuesto. Pero también necesitamos oportunidades para comprobar cómo funcionan esos conocimientos en la vida real. Y ahí las vacaciones juegan con una ventaja extraordinaria: el tiempo.

Un tiempo para hacernos preguntas

Durante el curso todo está perfectamente organizado. Suena el timbre, cambia la asignatura, llega el examen y comienza el siguiente tema. El verano, en cambio, nos permite detenernos, hacer y hacernos preguntas, descubrir que el aprendizaje también puede surgir en medio de una conversación, una caminata o una tarde cualquiera.

Una simple visita a la Alcazaba puede convertirse en una lección de historia mucho más difícil de olvidar que una lista de fechas. Mirar las estrellas una noche de agosto puede despertar preguntas sobre astronomía que ningún libro había conseguido provocar. Preparar un pequeño experimento con agua, hielo o imanes puede hacer que la ciencia deje de parecer algo reservado a los laboratorios. Incluso calcular cuánto tardaremos en llegar a la playa utilizando un mapa o descubrir por qué nuestra sombra cambia de tamaño a lo largo del día puede convertirse en una magnífica excusa para aprender sin que nadie tenga la sensación de estar estudiando.

Y creo que ahí está una de las mayores oportunidades que nos ofrecen las vacaciones. No sustituir el aprendizaje escolar, sino ampliarlo. Demostrar a los niños que el conocimiento no vive únicamente entre cuatro paredes, sino que aparece constantemente cuando uno mantiene la curiosidad despierta.

28 Aventuras: una propuesta

Precisamente con esa idea nace el recurso descargable que acompaña este artículo: 28 Aventuras, una propuesta organizada en siete grandes áreas del conocimiento para realizar durante las vacaciones. No se trata de un cuaderno de verano disfrazado ni de una colección de tareas para tachar de una lista. Todo lo contrario. Son pequeñas experiencias pensadas para despertar preguntas, observar el mundo con otros ojos y descubrir que cualquier paseo, conversación o experimento puede convertirse en una oportunidad para aprender.

La propuesta está organizada para realizar aproximadamente una actividad de cada área por semana, pero conviene dejar clara una idea desde el principio: no hay que completar el calendario como si fuera un campeonato. Si una semana no se puede hacer una actividad, no ocurre absolutamente nada. Si una de ellas despierta tanto interés que termina ocupando varias tardes, mejor y si los peques modifican o directamente crean sus propias experiencias, aún mejor. El objetivo nunca ha sido completar veintiocho retos. El objetivo es mantener viva la curiosidad.

Porque la curiosidad tiene una característica maravillosa: cuando aparece, empieza a hacer el trabajo sola. Un niño que descubre cómo funciona una brújula probablemente querrá saber después por qué apunta siempre al norte. Quien construye un pequeño puente con pajitas quizá termine preguntándose por qué unas estructuras resisten más peso que otras. Quien entrevista a sus abuelos sobre cómo era el barrio cuando eran pequeños probablemente acabará aprendiendo historia sin darse cuenta. Las mejores preguntas suelen traer consigo otras nuevas.

Por eso las actividades que encontrarás en este recurso intentan mezclar ciencia, arte, historia, matemáticas, naturaleza, creatividad y comunicación. No para convertir las vacaciones en otro trimestre escolar, sino para demostrar que el aprendizaje puede colarse en casi cualquier rincón de la vida cotidiana si aprendemos a mirar con un poco más de curiosidad. Porque, si algo consiguen las buenas experiencias, es recordarnos que el aprendizaje nunca dependió únicamente de un libro o de una meta. Depende, sobre todo, de apreciar el proceso, la experiencia conservar las ganas de seguir haciéndonos preguntas.

Si este verano te apetece probar una forma diferente de mantener vivo el aprendizaje en casa, puedes descargar las láminas, decidir en famlia cuáles os gustaría realizar y ojalá, sean el comienzo de muchas conversaciones, descubrimientos y experiencias compartidas. Porque cuando el colegio cierra, el aprendizaje, afortunadamente, puede seguir muy despierto.

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