Ciencia y sociedad
El “superpoder” silencioso del cerebro para saber con quién te estás jugando los cuartos
Los científicos han identificado la señal cerebral que delata cuánto cambias de idea sobre otra persona a medida que ves cómo actúa

Cerebro social conectando con distintas personas mediante redes de luz, simbolizando cómo actualizamos en tiempo real lo que creemos que piensan los demás. / IA/T21
Redacción T21
En minutos solemos notar si una persona es de fiar, si juega limpio o si va de lista. Un equipo de la Universidad de Zúrich ha seguido ese proceso dentro del cerebro con resonancia magnética y un juego infantil, y ha descubierto una especie de huella neuronal de nuestra capacidad para “adivinar” las intenciones de los demás.
Cuando conocemos a alguien, en pocos minutos solemos intuir si es más bien previsible o si nos va a dar guerra en una conversación, una negociación o un simple juego. Esa lectura rápida del otro es el resultado de un proceso cerebral continuo por el que vamos ajustando lo que creemos que pasa por su cabeza a partir de lo que hace momento a momento. A eso la neurociencia lo llama mentalización adaptativa.
Un nuevo estudio de la Universidad de Zúrich ha captado ese proceso y lo ha visto funcionar en el cerebro en tiempo real. Para ello recurrió al conocido juego piedra‑papel‑tijera, repetido una y otra vez contra distintos oponentes. La finalidad: averiguar si el otro juega de forma ingenua o si está intentando anticiparse a nuestros movimientos, y si somos capaces de cambiar nuestra estrategia en consecuencia.
Personas y bots
Los participantes se enfrentaron tanto a personas como a adversarios artificiales que imitaban estilos humanos de juego, sin saber nunca con quién estaban tratando. El comportamiento de esos “bots” se construyó con un modelo matemático, CHASE, que permite representar distintos niveles de sofisticación estratégica: desde el rival que repite patrones simples hasta el que piensa “yo creo que tú crees que yo voy a hacer esto…”. Lo interesante es que la mayoría de la gente se adapta bastante bien a esos cambios de nivel, aunque con ritmos y grados de fineza muy distintos entre sí, según ha podido determinar este estudio.
El modelo calcula, jugada a jugada, cuánto cambia la creencia del participante sobre el tipo de mente que tiene delante: si sigue viendo al otro como alguien simple o si empieza a atribuirle una forma de razonar más compleja. Esta es la clave del estudio.
Resonancia magnética
A continuación, los autores pasaron a la resonancia magnética. Mientras las personas juegan dentro del escáner, el modelo va marcando en qué momentos se producen grandes revisiones de lo que piensan sobre el otro, y el equipo comprueba qué ocurre entonces en el cerebro. Lo que observaron es una red distribuida –no un único “centro de la empatía”– que se activa cuando hay que replantearse al oponente, con protagonismo de regiones ya conocidas por su papel social, como la unión temporoparietal o la corteza prefrontal medial, junto con la ínsula anterior, más ligada a señales de sorpresa y relevancia interna.
En el siguiente paso los autores entrenan algoritmos de aprendizaje automático para que, solo a partir de los patrones de actividad cerebral, predigan cuánto está actualizando sus creencias una persona en cada momento. El resultado es que, sin haber visto antes los datos de un sujeto concreto, el sistema puede estimar con bastante precisión si en una jugada el cerebro está revisando mucho o poco su lectura del otro. Esa capacidad de “leer” la flexibilidad social en cerebros no utilizados para entrenar el modelo es lo que lleva a hablar de una especie de huella neuronal de la mentalización adaptativa.
Referencia
A neural signature of adaptive mentalization. Niklas Buergi et al. Nature Neuroscience (2026). DOI: https://doi.org/10.1038/s41593-026-02219-x.
¿Por qué importa todo esto fuera del laboratorio?
Porque nuestra vida social se sostiene en esa habilidad para ajustar lo que creemos que piensan los demás, y sabemos que en trastornos como el autismo o algunos cuadros de personalidad esa capacidad puede estar dañada.
Hoy se evalúa sobre todo con entrevistas, historias y tareas bastante estáticas, que captan mal la dinámica real de una interacción. Un marcador objetivo de cómo cambia la actividad cerebral cuando revisamos nuestra percepción del otro podría ayudar, en el futuro, a afinar diagnósticos, seguir la evolución de terapias o incluso diseñar entrenamientos específicos para mejorar esa flexibilidad social.
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