Ciencia y sociedad
Los conflictos armados surgieron en el mundo con la llegada de la vida sedentaria
La guerra es el resultado de asentamientos, excedentes, jerarquías y control del territorio, según un estudio

Transición de sociedades nómadas a asentamientos sedentarios, donde el control del territorio y de los recursos convierte la violencia esporádica en guerra organizada. / IA/T21
Un nuevo análisis estadístico de restos óseos prehistóricos europeos refuerza la idea de que los conflictos organizados surgieron en la historia humana cuando aparecen asentamientos estables, agricultura y recursos acumulados.
Desde hace décadas, antropólogos y arqueólogos discuten si la guerra es un rasgo permanente de la especie o un fenómeno ligado a ciertas formas de organización social. Para abordarlo, un camino es examinar qué dejan en los huesos los episodios de violencia: fracturas, perforaciones, cortes compatibles con armas o proyectiles. Eso es precisamente lo que hizo en 2014 la antropóloga Virginia Estabrook, al comparar lesiones en restos humanos desde el Paleolítico medio hasta el Mesolítico en Europa.
Su estudio sugería que las heridas mortales y las asociadas a armas de combate eran menos frecuentes en los grupos cazadores‑recolectores móviles que en las poblaciones posteriores, más asentadas. Ahora, el estadístico Markus Neuhäuser, de la Universidad de Coblenza (Alemania), ha retomado esos datos con herramientas analíticas más actuales y ha precisado aún más esa conclusión previa en un nuevo estudio.
Lo que revelan los huesos
El trabajo se basa en restos óseos de tres grandes periodos: Paleolítico medio, Paleolítico superior y Mesolítico. Cada lesión se clasifica según su gravedad y se distingue entre daños provocados por proyectiles o armas cortantes, y traumatismos por fuerza contundente, más compatibles con accidentes o agresiones puntuales. Esta tipología permite separar, con todas las cautelas, violencia interpersonal de episodios que encajan mejor con enfrentamientos organizados.
Neuhäuser ha aplicado métodos no paramétricos y pruebas de tendencia para evaluar cómo evolucionan esas lesiones a lo largo del tiempo. Sus resultados confirman un aumento significativo de heridas graves y letales en el Mesolítico (hace entre 10.000 y 6.000 años antes de nuestra era), así como una mayor proporción de lesiones atribuibles a armas de guerra. El incremento persiste incluso cuando se introduce el sexo como variable, dado que los hombres aparecen con más frecuencia asociados a actividades de combate.
La guerra, tal como la conocemos, no aparece por lo tanto como un telón de fondo permanente de la historia humana, sino como el resultado de condiciones sociales concretas: asentamientos, excedentes, jerarquías y control del territorio, confirma este estudio.
Antes del Mesolítico hubo violencia, pero no guerras sostenidas entre grupos: faltaban territorios que defender, excedentes que saquear y autoridades capaces de movilizar combatientes
Sedentarización, recursos y surgimiento de la guerra
Para interpretar este salto de violencia letal en el Mesolítico, el estudio considera que, en las comunidades cazadoras‑recolectoras altamente móviles, los conflictos podían resolverse, en muchos casos, mediante el desplazamiento: abandonar una zona y evitar así una escalada. La ausencia de excedentes almacenados y la menor estratificación social reducían los incentivos y la capacidad para sostener campañas bélicas.
La sedentarización, sin embargo, cambia el escenario. Los asentamientos permanentes, el inicio de la agricultura y el almacenamiento de alimentos generan objetivos claros: tierras fértiles, reservas y territorios delimitados. A la vez, emergen estructuras de autoridad con capacidad de organizar y dirigir a grupos en conflictos de mayor escala. En ese contexto, el incremento documentado de lesiones mortales y de huellas de armas en el Mesolítico europeo encaja con la aparición de formas de guerra más sistemáticas.
Un fenómeno histórico, no un destino biológico
Esta lectura se refuerza cuando se mira algo más adelante en el tiempo, hacia los primeros agricultores neolíticos de Europa noroccidental. Un amplio estudio bioarqueológico publicado en 2023 en Proceedings of the National Academy of Sciences, analizó restos de más de 2.300 individuos procedentes de 180 yacimientos con una antigüedad de entre hace 8.000 y 4.000 años. Más de uno de cada diez esqueletos presentaba lesiones atribuibles a armas, y en algunos casos se documentan matanzas que afectan a comunidades enteras. Los autores concluyen que el auge de la agricultura, el crecimiento de las comunidades y la desigualdad en el acceso a los recursos “pudo sentar las bases de una guerra formalizada” en la región.
Referencia
Violence and warfare in the European Mesolithic and Paleolithic: A re-analysis. Markus Neuhäuser. Communications in Statistics: Case Studies, Data Analysis and Applications, 1–9, 2026. DOI:https://doi.org/10.1080/23737484.2026.2632974
Un fenómeno histórico, no un destino biológico
Todo ello sugiere que la guerra —como conflicto organizado entre grupos, con planificación y continuidad— se consolida cuando cambian las condiciones materiales y la organización de las comunidades humanas. Aunque la violencia no desaparece de nuestra historia, tampoco parece un rasgo inmutable presente desde el origen.
Los trabajos de Estabrook, el nuevo análisis de Neuhäuser y el estudio sobre los primeros agricultores europeos convergen en una misma dirección: la aparición de asentamientos, excedentes y jerarquías transforma la violencia dispersa en algo más sistemático, reconocible ya como guerra.
Si su surgimiento está ligado a cambios concretos en la manera de habitar y organizar el territorio, su persistencia también puede leerse en clave histórica y política, más que como un mandato biológico.
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