07 de agosto de 2018
07.08.2018
Historias irrepetibles

Una tenista a la derecha de De Gaulle

Simonne Mathieu pasó de ganar Roland Garros a montar en Londres un cuerpo de voluntarias que colaborasen con la Resistencia francesa

07.08.2018 | 05:00
Simonne Mathieu, en su etapa de jugadora.

En Roland Garros se trabaja desde hace meses en la remodelación de las instalaciones con vistas a modernizarlas y ampliarlas. Una de las partes del proyecto es la construcción de una nueva pista (que será la tercera en tamaño) y que algunas voces reclamaron que recibiese el nombre de Rafa Nadal por ser el jugador que más veces ha ganado en la tierra parisina. Pero los franceses finalmente han optado porque la nueva pista lleve el nombre de una heroína local: Simonne Mathieu

Simonne Passemard llegó al tenis de forma inevitable. Hija de un presidente de Stade Français se crió rodeada de comodidades en Neuilly-sur-Seine, una comuna situada al oeste de París. Entre los lujos que se podía permitir estaban los clubes sociales franceses en los que el tenis hacía furor y Simonne, como muchos de sus amigos y familiares, pasaba días enteros con una raqueta en la mano. Su afán por mejorar y su voluntad hizo el resto. Con solo catorce años ya había comenzado a acumular trofeos y a los dieciocho llegó su primer título de relevancia, el campeonato júnior de Francia.

Ya lo conquistó como Simonne Mathieu porque un año antes, a los diecisiete, se había casado con René Mathieu y había tomado el apellido de éste. Con ese nombre se convertiría en una celebridad. Cuando llegó al circuito y a los grandes torneos los franceses vieron en ella la sucesora de la legendaria Suzanne Lenglen, que había dejado el tenis en 1926 tras ganar seis veces Roland Garros y otras tantas en Wimbledon. Mathieu se quedó lejos de ese nivel de resultados, pero sus paisanos encontrarían sobradas razones para sentir una profunda admiración por ella.

Convertida en la mejor jugadora de Francia, a Simonne Mathieu no había otra cosa que le quitase más el sueño que ganar en la tierra de París. Roland Garros era su obsesión y ese torneo llegó a obsesionarle. Se le resistió al máximo y llegó a sentir un importante bloqueo mental cada vez que se enfrentaba a la posibilidad de ser campeona en su casa. Alcanzó su primera final con 21 años, en 1929, cuando perdió con la norteamericana Helen Wills en dos sets. Fue la primera de las seis finales que perdió en ese torneo. Desde 1932 hasta 1937 solo falló un año.

En el resto estuvo presente en el partido definitivo, casi siempre perdido con cierta facilidad. No era un problema de juego, sino de mentalidad. Cedió contra Wills, con la británica Margaret Scriven y tres con la alemana Hilde Krahwinkel. Es cierto que por el medio había comenzado a ganar alguna edición del torneo de dobles, pero aquello no le llenaba. Sus ansias crecían hasta que en 1938 los astros parecieron alinearse a su favor. En esa edición alcanzó la cima de su carrera deportiva tras ganar su primer Roland Garros a su paisana Nelly Landry en dos cómodos sets. Aquella tarde su derecha fluyó como nunca e hizo inútiles los esfuerzos de su rival.

Fue como una liberación para ella ya que repitió título al año siguiente y, aunque ya tenía 30 años, su estado de forma invitaba a pensar en que podría iniciar una dinastía sobre la tierra de París. Pero su vida dio un importante vuelco a partir de ese momento. Meses después de su segundo triunfo en Roland Garros los alemanes invadieron Francia y llegaron a París. Ella se encuentra en ese momento en Estados Unidos disputando torneos, pero acudió de inmediato cuando el general De Gaulle llamó a la resistencia del pueblo francés.

Segunda Guerra Mundial

Viajó a Londres para ofrecer sus servicios y como tardó en recibir una respuesta se planteó unirse al ejército británico. Finalmente intercedió por ella el almirante Muselier y se le encomendó la formación de un cuerpo de voluntarias basado en el modelo del Auxiliary Territorial Service inglés. Recibió formación en Inglaterra y durante meses se afanó por reclutar mujeres que colaborarían con las Fuerzas Francesas Libres que no se resignaban ante la ocupación alemana como había hecho el Régimen de Vichy. Estos no tardarían en declarar a Simonne Mathieu, como a muchos otros, enemigos de Francia y condenarla a muerte.

Durante años la tenista se dedicó a buscar entre las mujeres médicos, enfermeras, conductoras, pilotos, agentes secretos que combatiesen con la resistencia a los alemanes sobre el mismo terreno. Mathieu se convirtió en parte del séquito del General De Gaulle. Le acompañó en diferentes viajes y estuvo a su lado en el día más feliz de su vida: el 26 de agosto de 1944 cuando desfilaron por las calles de París tras su liberación. En ese momento Simonne pudo reencontrarse con sus tres hijos y su marido, a los que no había podido ver desde el comienzo de la ocupación alemana.

Unas semanas después participó de un hermoso acto simbólico: el primer partido de tenis que se jugaba en el París liberado y que enfrentaba a Cochet contra Petra. Fue en Roland Garros y ella lo arbitró vestida con su uniforme de capitán de las Fuerzas Francesas Libres, el rango que había alcanzado durante el conflicto. Cuando ella desde la silla de juez pronunció la palabra «juego», el público irrumpió en un aplauso cargado de emoción y simbolismo. El tenis se había acabado para ella. Ya no volvería a jugar nunca más. El sueño de haber triunfado más veces en la tierra parisina se había desvanecido para siempre.

Estuvo ligada a la Federación Francesa de Tenis en diversos cargos durante bastantes años y se dedicó a ver crecer su prole familiar. Murió en 1980, con 72 años, y su figura ha permanecido un poco en el olvido durante las últimas décadas. Los responsables de Roland Garros han querido corregir esta circunstancia y cuando tuvieron que elegir la figura que diese nombre a la nueva pista de las instalaciones pensaron de inmediato en ella. No pesaron los títulos sino la determinación y el ejemplo que supuso en un momento básico de la historia de Francia.

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