12 de octubre de 2020
12.10.2020
La Opinión de Málaga
Historias irrepetibles

El mastín de Highbury

Peter Storey encarnó a finales de los sesenta la cara menos amable del Arsenal - Tras su retirada se metió en mil líos y pasó varios años en la cárcel

12.10.2020 | 05:00
Peter Storey, durante un partido con el Arsenal.

Peter Storey descubrió el mundo al que había llegado cuando con veinte años pisó Elland Road para enfrentarse al Leeds United. Era noviembre de 1965 y hacía dos semanas que este joven producto de la cantera del Arsenal había debutado con el primer equipo. En una de las primeras acciones del partido se cruzó con el escocés Jim Storrei que le plantó el codo en la cara y le dejó seco sobre el césped mientras el árbitro permanecía ajeno a la escena. «Bienvenido a Leeds» le susurró mientras Storey sentía cómo se le hinchaba la frente. Ese era el fútbol profesional por el que llevaba tres años esperando, un mundo agreste, salvaje por momentos.

Las tardes de sábado de barro y frío no eran precisamente un paisaje idílico a finales de los sesenta. Los equipos habían comenzado a introducir en sus alineaciones auténticos profesionales de la destrucción y en plazas como Leeds habían hecho del pie duro su bandera. En Inglaterra surgieron especialistas que tenían como objeto cada semana limitar los movimientos de la principal figura rival. Nobby Stiles en el Manchester United fue el más famoso de ellos (y el que se ganó un sitio en la Inglaterra campeona del mundo en 1966) pero a su misma especie pertenecían Tommy Smith en el Liverpool, Ron Harris en el Chelsea o Billy Bremner en el Leeds.

El Arsenal no tenía ese perfil. Fue el último en llegar al reparto de mastines y tuvo que fabricarse uno. Eligió a Peter Storey, aquel muchacho nacido en una localidad muy próxima a Londres y que a los once años decidió que el Arsenal sería el equipo de su vida.

Fue una decisión que salió del consenso de su cuerpo técnico. En 1966 el club confió el banquillo a Bertie Mee, un exjugador que desde 1960 ejercía de fisioterapeuta en el club. Una elección difícil de entender. Mee no se sentía demasiado preparado para esa labor y pidió la colaboración de Don Howe que acababa de colgar las botas. Fue precisamente Howe el que insistió en la necesidad de que Storey se convirtiera en la cara menos amable del Arsenal.

El defensa aprendía deprisa. Solía jugar en la banda derecha, pero Bertie Mee y Howe solían cambiarlo de posición en función de dónde estuviese la principal amenaza del rival. Y allí acudía, dispuesto siempre al combate.

Peter Storey no tardó en conocer los secretos del oficio y en aumentar el repertorio. Como muchos de aquellos futbolistas fue apartando sus mejores condiciones con el balón y se especializó en destruir al rival. Solía suceder que la grada conectaba rápido con esos jugadores y él no tardó en ganarse el afecto de Highbury que apreciaba y agradecía su compromiso.

Años más tarde, repasando su carrera como futbolista Storey reconocía que «esa clase de comportamiento era impensable en el fútbol actual. No duraría ni diez minutos en el campo cada fin de semana. No existía la televisión y los árbitros eran semiprofesionales. Había una tolerancia general sobre esas acciones y lo aprovechamos».

El Arsenal agradeció su presencia y aunque el brillo lo ponían otros futbolistas, Storey fue muy importante en el doblete que los gunners lograron en la temporada 1970-71, solo un año después de haberse apuntado la Copa de Ferias. Aquello tuvo un sabor especial para él que en la penúltima jornada de aquella Liga, jugándose la Liga contra el Leeds, protagonizó una batalla salvaje contra Billy Bremner en la que ambos acabaron maltrechos.

Se jugaban el título pero también el reinado entre su especie. El gran momento de su club y su indiscutible aportación le abrió las puertas de la selección inglesa, con la que jugó más de veinte partidos. Pero en el Arsenal todo se empezó a pudrir cuando Don Howe, el hombre que susurraba a Bertie Mee y tenía un enorme peso entre los futbolistas, decidió dejar al equipo londinense y probar como primer entrenador en otra plaza. La pérdida de su buen criterio dejó seriamente tocado al vestuario que saltaría en pedazos con la llegada de Alan Ball.

Lo que parecía un fichaje de campanillas para un equipo que acababa de firmar el doblete se transformó en un grave problema para la estabilidad del grupo porque el exfutbolista del Everton llegó cobrando un sueldo escandaloso y el agravio era evidente con el resto de la plantilla.

A comienzos de los setenta el equipo rozó un título de Copa y otro de Liga, pero el veneno ya estaba dentro. Primero se resquebrajó el ambiente, algo de lo que cuidaba especialmente Howe, y la siguiente consecuencia fue que el rendimiento del equipo cayó en picado. El Arsenal dijo adiós a lo que había costado tanto tiempo conseguir y se metió en una espiral preocupante de malos resultados.

Storey ya hacía tiempo que había comenzado a pensar en lo que haría cuando el fútbol se acabase. Mientras las mujeres entraban y salían de su vida (llegó a casarse cinco veces) se aficionó en exceso al alcohol y como muchos de sus compañeros de generación creyó que el negocio ideal para él era tener su propio pub.

En 1975 firmó un contrato de arrendamiento del Jolly Farmers, un local situado al sur de Londres que no tardó de inundarse de futbolistas y mujeres. Es entonces cuando salta por los aires el primero de sus matrimonios. En 1977 se despide del Arsenal tras la caída brutal en su rendimiento. Se marcha al Fulham, para no salir de Londres y seguir al frente de su pub, donde en temporada y media apenas juega diecisiete partidos. Allí coincide con otro futbolista en retirada: George Best, el único rival al que nunca había podido frenar. Congeniaron porque en aquel tiempo tenían demasiados vicios en común.

En 1978 deja el fútbol, pero se siente tranquilo. Tiene el Jolly Farmers, le llueven amigos de conveniencia y disfruta de las noches interminables mientras amplía su faceta empresarial al meterse en un negocio de taxis. A finales de ese año los hermanos Barry, dos tipejos que solían visitar su pub le ofrecen asociarse a ellos en un negocio para acuñar monedas antiguas. Le piden dos mil libras que él entrega con gusto. Un día un hombre conocido como Charlie Black le entrega el metal y un molde para que lo guarde en un lugar seguro. En realidad ese Black es un infiltrado de la policía que le detiene bajo la acusación de financiar a una banda de falsificadores.

Le conceden la libertad bajo fianza, momento en el que monta un burdel clandestino con la intención de ganar dinero rápido y marcharse a España para evitar el juicio en el que inevitablemente iba a ser condenado. Pero también es detenido. Se le acumulan

los problemas de toda clase y en 1980 es condenado a tres años de cárcel por el asunto de la falsificación de monedas. Luego vendrían la pena por proxenetismo y una más porque dos de los taxis que trabajaban para él se descubrió que eran coches robados.

Salió de la cárcel a mediados de los ochenta. Aún tendría algún problemilla más con la justicia a causa de la importación de películas pornográficas, pero Peter Storey trató de reorganizar su vida poco a poco. Tuvo diferentes trabajos e incluso Tony Adams, capitán del Arsenal en los años noventa, se apiadó de su complicada situación y le empleó como conductor en su empresa. Ahí comenzó a sacar un poco la cabeza del agujero en el que estaba y a encontrar la redención que buscaba. Incluso trató de retomar la relación con los cuatro hijos que había tenido con sus anteriores mujeres.Lo consiguió con todos menos con la mayor. Unos años después, en 2004, decidió marcharse a vivir a un pequeño pueblo del sur de Francia con Danielle, su quinta esposa. Vendió por 20.000 libras todos los recuerdos y medallas que guardaba de su etapa como futbolista y disfruta ahora de un tiempo en paz. Sin rivales a los que patear y sin policías de los que escapar.

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