04 de agosto de 2018
04.08.2018
Zona press

La cruda realidad

04.08.2018 | 21:35

Un verano más los clubes tienen que construir sus equipos. Este año parece que la cosa va mejor. Una demostración de ello es el fantástico éxito que ha supuesto la ampliación que la Federación Española ha hecho de la LEB Plata. Se han inscrito veinticuatro equipos. No supuso un problema pagar la inscripción, ni los derechos de arbitraje, ni presupuestar viajes que, en algunos casos, supone cruzar toda España. Tampoco tener que avalar cincuenta y cuatro mil euros para que no surjan problemas de impagos durante la temporada.

Esta competición es el inicio al profesionalismo claramente. El salto de la Liga EBA a esta LEB Plata es grande. Por ejemplo, solo la inscripción es más del doble. El aval se multiplica casi por siete. El salto económico es alto. Los clubes deben prepararse también para una serie de exigencias logísticas que también te acercan al profesionalismo de la competición. Muchos clubes que ven su sueño hecho realidad en ese paso de ser amateur a convertirse una referencia en la ciudad o la provincia. Los medios de comunicación están más pendientes de la marcha del equipo, se dedican páginas en los periódicos o minutos en las radios. Como digo, un paso que te acerca al profesionalismo.

A los jugadores les pasa igual. Fundamentalmente a los jóvenes. Todos quieren jugar en LEB Plata antes que en EBA. Tiene su lógica. Es una categoría superior, ven que es un paso más en su formación para cumplir su sueño de convertirse en jugador profesional de baloncesto. La competición es mejor. Los viajes, las canchas donde se juega, los partidos... Todo es más atractivo. En muchos casos, hasta el trabajo del equipo es también más profesional en cuanto al número de sesiones. Se entrena mañana y tarde, algo que es muy difícil de ver en EBA, aunque hay equipos que lo hacen.

Para los chicos también es un sueño jugar ahí. Pero la realidad en la gran mayoría de los casos es otra. En estos días en los que todos los clubes están formando sus equipos, días de ver muchos vídeos y partidos, de analizar estadísticas, de pedir referencias y de llamadas a agentes, te enteras de que se siguen ofreciendo cantidades irrisorias por jugar a baloncesto en una liga que está muy cerca del profesionalismo. Y cuando hablo de cantidades irrisorias no hablo de que estén cerca del salario mínimo interprofesional. Ya quisieran los chavales. Hablamos de jugar por ciento cincuenta euros. ¿Quién vive con ciento cincuenta euros? Es que muchos de estos chicos se deben ir a vivir a otra ciudad para jugar y viven compartiendo piso y ganando ciento cincuenta euros.

Esto está pasando. Y nadie hace nada. Todos miran para otro lado. Hay que avalar cincuenta y cuatro mil euros para participar en la competición o pagar una inscripción que está cerca de los veinte mil euros, pero se paga a jugadores jóvenes sueldos de ciento cincuenta euros. No entiendo mucho de esto pero no sé yo si la propia Federación podría regularlo. Ahora, los jugadores son los primeros que no deben permitirlo. No se puede jugar en una liga muy cerca del profesionalismo por ciento cincuenta euros. Mejor dicho, no se debe.

Menos mal que cada vez hay más chicos que no se lanzan a esa aventura, que prefieren jugar en casa aunque sea en una categoría menor, que buscan ser felices jugando a baloncesto mientras estudian en la universidad para tener una formación académica que les ayude en el futuro.

Otros muchos deciden esto después de haber probado suerte y darse cuenta de lo duro que es vivir fuera de casa, sin tu familia, sin tus amigos y con el único pensamiento de jugar a baloncesto. Esa aventura no es nada sencilla y provoca que focalices tus problemas en los minutos que juegas, si el entrenador te deja hacer los tiros que tú crees que debes hacer o si necesitas tener mejores estadísticas para cambiar a un equipo o categoría mejor la temporada siguiente.

Esperemos que cada vez sean más los chicos que busquen en el baloncesto un medio para encontrar la felicidad. Pero que, además, aprendan a hacerse respetar no permitiendo que se pague cantidades que están más cerca de un insulto para una profesión, la de jugador de baloncesto.

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