02 de noviembre de 2019
02.11.2019
La Opinión de Málaga
Memoria en verde y morado

Inclasificable

Nuestro protagonista de hoy, el pívot cordobés Nacho Romero, verso libre dentro de la cancha

02.11.2019 | 18:03

Cuando un jugador rompe estereotipos y clichés se enfrenta a una lucha abierta y continua. La opinión pública que rodea nuestro deporte pasa a juzgar, basándose en prejuicios e incomprensión, a quien está dotado de unas cualidades y habilidades que le hacen ser diferente. Nuestro protagonista de hoy, el pívot cordobés Nacho Romero, verso libre dentro de la cancha, siempre estuvo cuestionado por los puristas del baloncesto nacional.

A comienzos de los 90, la polivalencia no era una de las prioridades de los directores deportivos a la hora de planificar la composición de su plantilla. Un jugador de 2,14 metros que contaba con unas condiciones físicas idóneas tenía la obligación cuasi inexcusable de convertirse en un pívot dominador, pero Nacho quería soñar y jugar lejos de la zona.

Siendo muy joven, Romero recaló en las categorías inferiores del Real Madrid, recibiendo sus primeras lecciones en los entrenamientos ante grandes colosos de la pintura como Sabonis, Antonio Martín o Joe Arlauckas.

Como jugador de rotación, Romero tuvo la suerte de saborear los éxitos colectivos (Liga ACB y Liga Europea) de un equipo merengue que volvía a la élite compitiendo por los títulos.

Nacho Romero, en la búsqueda de su identidad, se embarcó en el proyecto liderado por el croata Aza Petrovic a la orilla del Guadalquivir. Romero, futuro capitán del conjunto sevillano, llegaba a un Caja San Fernando que venía de disputar la final de la temporada 95/96, con la intención de convertirse en pilar imprescindible en la plantilla cajista.

Gracias a su altura y habilidad para lanzar desde lejos, Nacho era el nuevo factor diferencial en el ataque de los hispalenses. Durante las cinco temporadas en las que estuvo en San Pablo, fue un jugador muy regular, con continua presencia en el quinteto titular, ofreciendo además consistencia defensiva e intimidación cerca del aro.

Tras un par de años más flojos a nivel clasificatorio, la llegada de Javier Imbroda al banquillo llevó aire fresco al juego del conjunto sevillano. Y fue en ese momento cuando pudimos descubrir el talento como triplista de Nacho Romero. En dos temporadas consecutivas, su porcentaje de acierto creció hasta un fantástico 50% desde la línea de 6,25. Pero su canasta más famosa, y que permanecerá para siempre en la memoria de la afición cajista, es el triple que anotó en el pabellón del Real Madrid y facilitó el acceso a la segunda final de la ACB del Caja San Fernando, aunque volvió a perder frente al Barça.

Romero disfrutó de su idilio con la gloria en las filas de la selección española, conquistando una meritoria e inesperada medalla de plata en el Europeo de 1999. Tras abandonar la disciplina cajista, fichó por el Lleida antes de emprender una longeva etapa en la Liga LEB.

Su melena, sus tatuajes y su voz ronca no pueden ocultar que estamos hablando de un gran tipo que continúa ligado al baloncesto como entrenador de cantera en el Náutico de Sevilla, a donde ha regresado tras competir en la Liga EBA hasta los 43 años. Un jugador que nunca respondió a clichés y que demostró una capacidad de evolución en cada etapa de su vida profesional.

Romero es una leyenda del Caja San Fernando.

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