Hablar de Burgos supone hacerlo de historia. Más allá de los orígenes de nuestra civilización hallados en el yacimiento de Atapuerca, la capital castellana destaca por su arquitectura medieval ejemplificada en la magnífica catedral gótica de Santa María. En su interior se encuentra la tumba de Rodrigo Díaz de Vivar, figura legendaria de la Reconquista, cuya vida inspiró la creación del «Cantar del Mío Cid», que narra las hazañas de un héroe durante la Edad Media.

A lomos de Babieca, la leyenda de El Cid luchando contra los conquistadores permanece en el imaginario de todos. La conexión entre este personaje histórico y el baloncesto burgalés se encuentra en el nombre del primer club de la ciudad, llamado CB Tizona, como su espada más conocida. En los últimos años, el basket de Burgos ha vivido su etapa más exitosa y brillante, no como lo fue en sus primeras incursiones en la elite del panorama cestista nacional.

Situémonos en los albores de la década de los 80. Fue en la temporada 83/84 cuando se produjo el ascenso del CB Tizona a la 1ª División B, por entonces pujante segunda competición en un país que demandaba más baloncesto. Las 2.500 butacas de color naranja del Polideportivo El Plantío acogían a un público entregado, que entre el humo del tabaco y los coñac que se servían en el bar, disfrutaba con la garra de un club modesto que cerraba cada verano bajo la amenaza de una posible desaparición por motivos económicos.

El proyecto burgalés, construido a partir de jóvenes valores locales y jugadores más expertos que provenían de otros conjuntos de la zona, se iba asentando en una ciudad que respiraba fútbol hasta entonces. A las órdenes de José Alberto Pesquera y Evaristo Pérez, la consolidación del Tizona comenzó gracias a dos jugadores diametralmente opuestos. El americano Howard Wood se identificó perfectamente en la ciudad y gracias a su calidad y profesionalidad se convirtió en la referencia interior de garantías necesaria para competir con otros equipos más poderosos. Pero el verdadero ídolo local era otro perfil muy diferente. Ramón Ruiz protagonizó la mayor cantidad de gestas que jamás se han visto por aquellos lares, aunque su perfil era claramente más cercano al de un antihérore.

Ruiz, indisciplinado a la par que talentoso, provocador y genial dentro de la pista, suponía un quebradero constante de cabeza a sus entrenadores, quienes solían castigarle sin salir en el quinteto titular pero a quien debían recurrir para solventar los partidos que se ponían complicados, casi siempre a petición del respetable. Ramón, poco amigo de los entrenamientos y de los cuidados del deportista profesional, encendía a la entregada afición que veía en él representado a un «Cid Campeador» dispuesto a derrotar a los más grandes rivales de la competición.

Y uno de los equipos más poderosos de la 1ª División B era, por supuesto, el Caja de Ronda. El club cajista había invertido muchísimo dinero en la plantilla del curso 86/87 con las miras puestas en conseguir el ascenso a la ACB. La ‘espantá’ de McNamara generó zozobra en las aspiraciones malagueñas, pero una rápida gestión con el Manresa permitió fichar a un Clyde Mayes que sería decisivo en la recta final de la campaña. Con ambos equipos incluidos en el grupo A-1 donde se pugnaba por alcanzar una de los dos plazas que permitían subir a la máxima categoría, el duelo que se disputó en Ciudad Jardín el sábado 21 de marzo de 1987 puede considerarse como una hazaña mayúscula.

Tras una primera parte primorosa realizada por el equipo local, el Tizona preparó una zona 2-3 para cambiar la dinámica del encuentro. Ese cambio táctico frenó el acierto de los malagueños, pero quien verdaderamente volvió locos a sus rivales fue el bueno de Ramón Ruiz. Los 35 puntos que anotó el pequeño jugador visitante (1,85 metros escasos y frondoso bigote) rompieron el partido. Su exhibición es más meritoria al estar defendido por John Deveraux, un atlético y elegante alero de 2,05 que nos deslumbró con su juego. Para el recuerdo queda una jugada de 3+1 que decantó la balanza del lado visitante justo antes de un colofón inolvidable para quienes vivimos ese partido en directo.

En la última jugada del encuentro, con todo sentenciado, Richard Johnson, pívot americano de 2,12 del Tizona, robó un balón para pegarse un mate brutal que cerró el duelo. Fue tal la fuerza con la que saltó que Johnson vino a caer a la grada y algún aficionado con mal perder le atizó con un palo en la cabeza sin que afortunadamente le causara daño. La reacción de Johnson (dedicarle cuatro cortes de manga a la afición malagueña) no contribuyó a un cierre tranquilo del partido, ya que incluso hizo ademán de subir al graderío y no precisamente a intercambiar opiniones con la afición local. No fue el epílogo más digno para una victoria heroica de un conjunto modesto que tenía que atravesar la península en autobús y que significó el inicio del romance de Burgos con la pelota naranja.

La Peque – Columna (Por Simón R.J)

¿Sabias que el entrenador del San Pablo Burgos (Zan Tabak) fue el pívot titular del Unicaja cuando ganamos la Copa del Rey en 2005?