La medalla de oro en el reciente Eurobasket ha tenido como grandes protagonistas al MVP Willy Hernangómez, al talento y talante de Alberto Díaz, a la genial gestión de Scariolo y la calidad de Lorenzo Brown, cuya nacionalización rodeó de polémica toda la preparación de «La Familia». Quizás por su premeditación y nocturnidad, la incorporación de Brown generó un revuelo mediático de tal calado que seguramente no vivieron los pioneros Luyk y Brabender ni tampoco Sibilio y De la Cruz, fundamentales en la selección responsable del boom del baloncesto nacional. Más allá de otras incorporaciones de naturaleza más que cuestionable, como fueron la de Johnny Rogers (dejó a Pau Gasol sin disputar los JJOO de Sidney) o Chuck Kornegay (con una boda y divorcio exprés de por medio), la nacionalización de José Biriukov tiene una buena historia personal y deportiva que contar.

José Aleksándrovich Biriukov Aguirregaviria, hijo de moscovita y de una niña de la Guerra Civil originaria de un pueblo de Vizcaya, era una de las figuras más destacadas de las categorías inferiores del baloncesto soviético a comienzos de los 80. En una gestión política, económica y familiar bastante compleja, Biriukov terminó recalando en las filas del club blanco en la temporada 84/85. El gobierno y las autoridades deportivas de la URSS pusieron todas las trabas posibles para ralentizar los trámites administrativos y Biriukov se pasó un año en blanco dentro de un equipo que reunía a estrellas como Corbalán, Iturriaga, Rafa Rullán y los Fernandos, Martín y Romay. En el momento que regularizó sus papeles, Chechu pasó a convertirse en pieza básica y diferencial dentro de la plantilla dirigida por Lolo Sainz y hasta 1995 fue un referente primordial en unos años irregulares de los merengues.

Poseedor de una mecánica de tiro peculiar y muy eficaz (casi no daba parábola a su lanzamiento exterior), Chechu reconoce que hubo un momento allá por su adolescencia en el que quisieron cambiarle su estilo de lanzar, hasta que su entrenador se negó en rotundo vista la eficacia con la que encestaba desde distancias alejadas de la canasta. Más allá de sus 1,94 metros (alto para jugar de base y escolta en aquellos años) destacaba la potencia de su tren inferior; junto a unos buenos movimientos al poste, con la llegada de George Karl a finales de los 80, comenzó a llevar a sus defensores (más livianos) al poste bajo pudiendo anotar con facilidad y generar juego desde las inmediaciones del aro. Biriukov se considera «un pívot frustrado» pero el baloncesto español ganó un jugador diferencial. En las filas del Madrid formó una gran pareja tanto con Juanma Iturriaga, quien generaba muchos espacios para el tiro de 3 puntos, como con Drazen Petrovic, al atraer toda la atención defensiva, permitiendo liderar al club de la capital hacia la conquista de numerosos títulos nacionales y europeos.

En las temporadas más complicadas del Madrid tras el fallecimiento de Fernando Martín, Chechu pasó a ejercer de capitán, convirtiéndose en figura capital entre la plantilla, el cuerpo técnico y la directiva. Reconoce su buen hacer como capitán en la negociación con Mariano Jaquotot, entonces máximo responsable de la sección de básket y mano derecha de Ramón Mendoza, al conseguir «un buen pellizco en las primas» para los compañeros.

Mientras tanto, en el apartado deportivo, la pérdida de Martín provocó un descenso competitivo del club madrileño, que coincidió con el quinqenio mágico del Barça de Aíto y el resurgir fulgurante de una Penya. Personalmente para Chechu también fueron años duros debido a una grave lesión de rodilla que le mantuvo apartado de las canchas durante más de seis meses. Una vez recuperado y con la llegada de Arvydas Sabonis, las últimas temporadas de Biriukov en el Madrid volvieron a recuperar el glamour y las victorias hasta su retirada como capitán levantando el trofeo de la Liga Europea del 95, máxima competición continental que el Madrid llevaba ansiando desde la temporada 79/80.

La relación de Biriukov con Málaga ha ido más allá de los duelos con el Unicaja. Aunque no se le olvida esa primera victoria del Caja Ronda ante el Madrid (allá por octubre de 1989, en la última derrota en la vida de Fernando Martín), lo que más recuerda Chechu es a su amigo Rafa Vecina (con quien entabló una más estrecha relación cuando Rafa vistió la camiseta del Estudiantes) así como sus escapadas veraniegas en Benalmádena y los almuerzos en el Chiringuito Paco de Fuengirola. En su última visita, en octubre del pasado año, visitó a su gran amigo Arvydas Sabonis en su apartamento en Torremolinos para hacerle una deliciosa y profunda entrevista (https://www.lagalerna.com/galerna-entrevista/sabonis-la-galerna/) que no os podéis perder.

Biriukov, puro talento criado en el sistema soviético, nunca dejó frío a quienes lo vimos jugar. Propietario de un restaurante hasta hace pocas fechas, Chechu pertenece por derecho propio al olimpo madridista y a la memoria colectiva del baloncesto de los 80 y los 90.

La Peque–Columna (Por Simón R.J)

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