La última gran erupción volcánica de Canarias (y de España) ocurrió en 1971, también en La Palma, en circunstancias bastante similares a la actual. Y, sin embargo, tanto una como otra son, pese a su espectacularidad y gravedad, un evento irrelevante si se compara con las proporciones que tuvo la gran erupción de Lanzarote de 1730. Duró nada menos que seis años, arrasó una tercera parte de la superficie de la isla y acabó con los mejores suelos fértiles de la isla. Desde entonces no se ha visto nada igual. Fue una verdadera ‘megaerupción’.

El párroco del cercano pueblo de Yaiza fue el improvisado cronista de lo que pasó, pues fue dejando por escrito todo lo que ocurría, día a día, en una época en que no había medios de comunicación.

“El 1 de septiembre, entre las nueve y las diez de la noche, la tierra de abrió de pronto cerca de Timanfaya, a dos leguas de Yaiza. En la primera noche, una enorme montaña se elevó del seno de la tierra y del ápice se escapaban llamas que continuaron ardiendo durante diecinueve días”, es su primera anotación.

Pero era solo el principio. Andrés Lorenzo Curbelo iría relatando cómo iban apareciendo nuevos volcanes en un paisaje antes dominado por campos de cultivo. En enero de 1731 todo estaba aún en pleno apogeo:

“El día 10 vio elevarse una inmensa montaña que el mismo día se hundió en su propio cráter, con un ruido espantoso y cubrió la isla de cenizas y piedras (…) El 3 de febrero un nuevo cono se levantó, quemó la aldea de Rodeo, y después de haber arrasado toda la comarca de esta aldea, llegó a los bordes del mar (…) El 7 de marzo, se levantaron otros conos y la lava que salió se dirigió al norte hacia el mar y alcanzó Tingafa, que fue completamente devastada. Nuevos conos, terminados por cráteres, se levantaron el 20 de marzo (…) El día 13 de abril dos montañas se hundieron con un ruido espantoso…”.

Escenas de rebaños de ganado muertos de golpe por nubes de gases salidas de los volcanes, grandes cantidades de peces muertos en el mar por la llegada de la lava… Todo evidencia que se trató de un episodio de una violencia desconocida, con nuevas montañas/volcanes brotando de la superficie en un solo día y, a veces, derrumbándose súbitamente bajo su peso.

El 16 de abril de 1736, seis años después, todo pareció calmarse por fin. Pero un tercio de la isla había quedado inhabitable y su paisaje, transformado en otro totalmente irreconocible.

Diez pueblos sepultados bajo la lava

El balance final fue de diez pueblos enteros sepultados bajo la lava: Tingafa, Montaña blanca, Maretas, Santa Catalina, Jaretas, San Juan, Peña de Palmas, Testeina y Rodeos. Sus restos se encuentran aún bajo esas rocas oscuras y puntiagudas que presiden el terreno del parque nacional de Timanfaya y sus alrededores.

Solo hubo que lamentar un fallecimiento, el de un niño de corta edad. Sin embargo, fueron muchos los desplazados. Lanzarote era habitado entonces por casi 5.000 residentes, distribuidos en 1.077 casas, de los cuales 2.000 tuvieron que emigrar a otras islas del archipiélago e incluso a Sudamérica.

El resto de población, la que se quedó, fue subsistiendo con la muy menguada producción agrícola de una isla que, ya de por sí, nunca ha sido excesivamente fértil.

La Caldera del Cuervo fue el primer volcán en formarse en este proceso de erupción masiva y continuada. Hoy puede visitarse en una agradable excursión por senderos apacibles que, sin embargo, delatan la magnitud del desastre producido en el siglo XVIII. Se da la circunstancia de que, a no muchos metros, puede observarse el último de los volcanes aparecidos entonces. Y, en el horizonte, un conjunto de conos surgidos entre medias, que modificaron para siempre el paisaje.

Declarado Parque Nacional en 1974

Hoy, todo este perímetro es el Parque Nacional de Timanfaya, declarado como tal en 1974 por el Gobierno español. En su interior hay nada menos que 25 volcanes, por lo que es un verdadero paraíso para los amantes de la geología. El paisaje, con claras resonancias marcianas, ha servido para el rodaje de más de una película de ciencia ficción. Ocupa un total de 5.100 hectáreas.

Pero este parque nacional está rodeado, a su vez, por el Parque Natural de los Volcanes, que ocupa más de 10.100 hectáreas y que configura, junto con el Parque Nacional, una extensa zona protegida donde admirar la fuerza de la naturaleza.

La de 1730-1736 no fue, sin embargo, la última erupción de Lanzarote, porque casi cien años más tarde, en 1824, de nuevo comienzan las erupciones en Timanfaya. Este nuevo episodio dio origen a los llamados Volcán de Tinguatón, Tao y del Fuego.

Todavía hoy presenta actividad volcánica, pues existen puntos de calor en la superficie que alcanzan los 100º-120º C y los 600º C a 13 metros de profundidad.

Se trata de uno de los puntos más interesantes de Canarias desde el punto de vista natural, pues muestra cómo la naturaleza puede cambiar de forma repentina. Y también evidencia qué lenta es la colonización de los espacios ocupados por la lava, pues grandes extensiones de malpaís (suelo ocupado por la colada) permanecen todavía hoy, tres siglos después, totalmente intransitables y con el mismo aspecto que si esas masas hubiera emergido ayer mismo del interior de la Tierra.

Más información: https://geoparquelanzarote.org/

Web del parque nacional:https://www.gobiernodecanarias.org/parquesnacionales/timanfaya/es/

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