Casa Mágica en Vacaciones
Aburrimiento en niños: por qué no hay que rescatarlos siempre
Dejar que se aburran también es una forma de cuidarlos

Dos niños, aburriéndose / Pexels/Ivan S

«Mamá, me aburro». Hay pocas frases capaces de activar tan rápido nuestro modo animador de vacaciones. En cuanto la escuchamos, empezamos a proponer: podemos ir al parque, ver una película, hacer una manualidad, bajar a la piscina... Cualquier cosa antes de que ese incómodo vacío se apodere de la tarde.
Pero el aburrimiento no es necesariamente algo que tengamos que solucionar.
La psicóloga Erin Westgate lleva años estudiándolo y, junto a Timothy Wilson, desarrolló el modelo MAC, según el cual el aburrimiento aparece cuando no conseguimos implicarnos adecuadamente en una actividad porque no logra captar nuestra atención o porque no encontramos en ella suficiente sentido o interés. El aburrimiento funciona así como una señal que nos empuja a buscar un cambio. No es agradable, pero tampoco es necesariamente malo.
El cerebro no se queda en blanco
Cuando desaparecen los estímulos externos que mantienen nuestra atención ocupada, el cerebro tampoco se queda en blanco. La llamada red neuronal por defecto participa en procesos de pensamiento espontáneo: recordar, imaginar escenarios, pensar sobre uno mismo o dejar que la mente divague. De hecho, algunos estudios sobre aburrimiento han encontrado una relación entre este estado y la actividad de esta red. No significa que tengamos una «red del aburrimiento» que se encienda automáticamente, pero sí que ese espacio sin estímulos externos puede favorecer una forma de actividad mental diferente.
Y aquí aparece una idea interesante para quienes convivimos con niños: cuando aparece el aburrimiento y nosotros acudimos inmediatamente con una solución, evitamos que tengan que resolver por sí mismos qué hacer con ese tiempo.
Porque encontrar qué hacer cuando nadie nos lo dice requiere unas cuantas cosas. Primero hay que soportar ese pequeño momento de frustración en el que no encontramos nada que nos apetezca. Después hay que pensar qué posibilidades tenemos, elegir una, organizarla y comprobar si funciona. Si no funciona, habrá que cambiar de plan. Todo ese proceso parece poca cosa cuando lo vemos desde fuera, pero son pequeñas oportunidades para practicar la capacidad de tomar decisiones, planificar, cambiar de estrategia y gestionar nuestro propio tiempo.
El juego autodirigido
Peter Gray ha defendido precisamente la importancia del juego autodirigido, aquel en el que son los propios niños quienes deciden qué hacer, cómo hacerlo y con quién. Cuando juegan de esta manera tienen que negociar, resolver pequeños conflictos, establecer reglas, tomar decisiones y adaptar el juego cuando algo no sale como esperaban. El adulto está disponible, pero no lleva el volante.
Y esto es importante porque a veces confundimos juego libre con dejar a los niños sin ninguna posibilidad y esperar que se las arreglen. No es exactamente eso. Un entorno puede ofrecer materiales, espacios y oportunidades sin decirles qué tienen que hacer con ellos. Podemos tener unas cajas, unos folios, unas telas o unos lápices a su alcance y dejar que sean ellos quienes decidan qué hacer. Una pequeña chispa puede poner el mecanismo en marcha, pero no necesitamos construirles el juego completo.
¿Y si el aburrimiento es entrenamiento?
El aburrimiento también puede convertirse en un pequeño entrenamiento para algo que a los adultos nos parece obvio porque llevamos años haciéndolo: buscarnos la vida. Elegir qué nos apetece hacer, calcular qué necesitamos, buscar una alternativa cuando no podemos hacer lo que habíamos pensado, aceptar que una idea no funciona y probar otra. Son pequeñas decisiones que vamos acumulando mientras crecemos y que poco a poco nos ayudan a desenvolvernos con mayor autonomía.
Y aquí entra también la creatividad, aunque no sea el único destino posible. Cuando no hay una actividad preparada esperando, podemos inventar una. Una piedra puede convertirse en una pieza de museo, una caja en una nave espacial y cuatro cojines en el escenario de una obra de teatro. Pero también podemos decidir leer, construir un puzzle, ordenar una colección, aprender algo nuevo o llamar a un amigo. No sabemos de antemano qué respuesta encontrará cada niño y precisamente ahí está parte del interés.
El contexto importa
Esto no significa que tengamos que dejar que nuestros hijos se aburran durante horas para convertirlos en pequeños maestros de la autonomía. Tampoco todos los «me aburro» significan lo mismo. A veces necesitan compañía, están cansados, no encuentran nada que les interese o simplemente están pasando de una actividad a otra. Y, por supuesto, hay situaciones en las que ese aburrimiento puede ser una señal de que algo no va bien. El contexto importa.
Lo que sí podemos hacer es dejar de interpretar cada minuto vacío como una emergencia.
Podemos escuchar el «me aburro» sin sentir que acabamos de recibir una petición de auxilio. Podemos preguntar qué se les ocurre, poner algunas posibilidades a su alcance y esperar. No siempre tendremos que intervenir.
Una de las cosas más útiles que podemos enseñarles durante las vacaciones es precisamente que no necesitamos que alguien nos diga constantemente qué hacer.
A veces el aburrimiento es solo eso: un rato sin nada previsto y otras veces puede ser el comienzo de una aventura.
Para esos momentos en los que aparece el inevitable «me aburro», hemos preparado Un mapa de posibilidades: ¿Y si me aburro? ¿Qué hago? (disponible, aquí), una pequeña guía para que nuestros hijos tengan algunas ideas a mano y puedan decidir por sí mismos qué hacer cuando no hay ningún plan preparado. Porque no se trata de llenar cada minuto, sino de ayudarles a descubrir que siempre pueden hacer algo con ese tiempo.
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