Carta a La Opinión de Málaga

La verdadera historia de Antonio Martín

La exmujer de un nieto del que fuera gerente del histórico restaurante explica qué pasó con el establecimiento cuando cerró en los años 90

23.04.2015 | 20:10
Fachada del restaurante Antonio Martín.

'Son muchos los años que la historia y la leyenda se funden en este negocio y va siendo hora de que se sepa la verdad de lo que pasó. Es bien sabido que Antonio Martín, el fundador, empezó con un puesto de almejas en la playa de La Malagueta, allá por 1886. Evidentemente no vamos a contar todo porque sería interminable; eso sería un buen libro.

Solo voy a contar lo que he vivido, lo que he visto y lo que me ha tocado padecer. Con la Biblia en las manos... y si hay alguien que piense diferente, que se manifieste.

El boom de los 60
Los años 60 y 70 fueron el boom turístico para Málaga. En Antonio Martín entraba el dinero a manos llena y de la misma forma, salía. Toda la familia vivía en un status digno de gente pudiente, rica y con posibilidades. Y vivían del nombre porque el nombre pesaba mucho.

Álvaro Martín era el principal accionista y la persona encargada, mientras que el resto de familia –también accionistas en menor medida- hacían lo que él ordenaba. Era tan acaparador, tan "zorro" –así le llamaban- que todos le tenían miedo y un respeto infinito. Yo me casé con Antonio Martín (nieto del fundador), uno de los pequeños accionistas y futuro "heredero" del imperio; pero éste se cansó de su tío, del negocio y hasta de su propia familia y salió huyendo. Yo había tenido tres hijos, tres hijos con el apellido Martín (y uno también con el nombre); el Martín verdadero, el legítimo, del que estamos orgullosos y llevamos dentro de nuestra alma.

El declive de los 80
Después de mi separación, "tito Álvaro" me llamó para que me fuera a trabajar con ellos, el puesto en facturación que había dejado mi ex marido estaba vacante. Yo había trabajado en un Banco y estaba muy bien preparada. Y me fui, entre otros motivos porque tenía que sacar a mis hijos adelante, eran muy pequeños.

Y me llevé el primer chasco. Juro por Dios que jamás pude imaginar la situación del restaurante. Yo que había vivido los años de bonanza, pensaba que todo seguía igual; qué disparate. Solo un ejemplo: al mes de estar trabajando, Álvaro me pidió poco más de cien mil pesetas (yo tenía mis ahorros) para pagar la luz, porque se la cortaban...

Con su brazo sobre mis hombros, entramos en el Bar del Toro, mientras me iba diciendo que ese dato no lo podía saber nadie. Yo le presté el dinero y le hice caso en su petición, nadie nunca me oyó hablar de la realidad. El tiempo iba pasando y como la facturación se me quedaba corta, me metí de lleno en el tema administrativo, era de urgencia hacer algo.

Me encontré créditos en los Bancos, deudas a proveedores, IRPF, deudas con Magistratura y un cierre contable que se hacía el último día, por teléfono, con el despacho de un cliente prepotente y muy conocido en la cuidad. Todo era una chapuza. Eran otros tiempos pero a mí me dejaban asombrada.

Y llegó el día que un Álvaro desesperado me dijo: "ahí tienes en el cajón el dinero que hay y los proveedores en la puerta, haz lo que quieras, te lo dejo todo a ti".

Fueron unos años muy duros, solo vivía para el restaurante y me había propuesto una meta: salvarlo. Y solo había una forma: trabajo, sacrificio e ilusión. Las tres cajas se centraron en una y cada noche, fuera la hora que fuera se hacía arqueo y si faltaba una peseta había que buscarla. A la familia se le puso un sueldo, ya no había posibilidad de que metieran mano a destajo y cuando algo faltaba, se le descontaba del sueldo. Se compró un ordenador para facturación y otro para contabilidad, todo mecanizado, controlado y modernizado; se bajaron las compras en un mínimo insospechado; y los platos de la carta se "informatizaron" para ajustar los precios. Y mientras, yo seguía como una hormiguita. Las deudas se iban pagando, poquito a poco. El cénit de mi reto se cumplía en el año 90, pues al cierre de ese ejercicio había unos beneficios de veintiséis millones de pesetas. Todo esfuerzo tiene su recompensa.

El caos de los 90
"Mi gozo en un pozo". La Seguridad Social nos embargaba por valor de noventa millones de pesetas y eso solamente lo sabía Álvaro Martín. A mí se me cayó el alma a los pies y le dije: "¿Cómo no has dicho nada?¿A ti esto no te quita el sueño?". A lo que me respondió que no, porque todas las empresas estaban iguales. ¡Irresponsable! Ese mes se acababa de liquidar una deuda con Magistratura de dieciocho millones de pesetas. Pues a empezar de nuevo: visita a la Seguridad Social para negociar y como los ingresos no daban para afrontar la magnitud de dicha deuda, una tercera persona se ofreció a pagar un millón de pesetas mensuales; cosa que cumplió hasta el final.

Pero vino el caos. El MOPU nos hizo actualizar la concesión administrativa, concesión por la que se pagaba una peseta simbólica al año, con noventa y nueve años de permiso de explotación y que estaba a nombre de la bisabuela, la mujer de Antonio Martín. Se consiguió el cambio con unas condiciones brutales: la concesión a nombre del Restaurante Antonio Martín S.A. con solamente 30 años de autorización y setecientas mil pesetas anuales...¡lo que faltaba!.

Y conjuntamente, la generación de las playas de La Malagueta. Otro dato a aclarar porque la obra que Antonio Martín llevó a cabo, no la pagó Costas; el señor Peláez nos amenazó diciendo que si no la hacíamos, metía la excavadora en las terrazas. Otro crédito al Banco, esta vez poniendo todo mi patrimonio como garantía. ¡Qué error!

Una plantilla obsoleta
Y ya no se levantó cabeza, aunque yo no desistía en mi empeño y seguía luchando. Todos los datos de la empresa nos llevaban a una misma conclusión: el mal de Antonio Martín era el personal. Se conservaba una plantilla muy amplia, con mucha antigüedad y un porcentaje altísimo de los ingresos era para nóminas y a veces, no llegaba. Una situación caótica.

Nos reunimos con ellos para ponerles al corriente. Se les dijo que si alguno estaba interesado en una jubilación anticipada lo dijera, la empresa no iba a echar a nadie –porque era muy costoso- pero que supieran que todos lo íbamos a pasar mal. Fue una reunión sincera, de buen talante y relajada. Esperábamos comprensión y buena disposición. Pero no, llevaban tanto tiempo que no les importaba nada, además de ser una plantilla obsoleta, estaba viciada y eran vengativos, osados.

La huelga: el final
La respuesta a la reunión mantenida con el personal fue una convocatoria de huelga. Por más conversaciones que hubo, nada se pudo hacer. La decisión la habían tomado con saña, con ganas de hacer daño personalmente. Y bajé la guardia, tiré la toalla y me dije que hasta ahí había llegado, que no podía más. Era tan cruel, tan horrible, tan salvaje...

Los trabajadores, comandados por UGT y su cabecilla, llevaron a cabo la huelga que cerró el negocio.
Todo quedaba en un trabajo de titanes, en una lucha continua, en un sueño roto y en un patrimonio personal que se llevaban los Bancos y que me dejaban en la calle.

La verdadera historia
Esta es la verdadera historia del Merendero Antonio Martín. Me encontré con un negocio en ruinas y trabajé a destajo por sacarlo adelante, porque mis hijos llevaban ese nombre y porque yo –sentimentalismo en estado puro- también lo llevaba grabado en mi corazón.

Y si volviera a nacer, haría lo mismo, porque mi conciencia está por encima de toda maledicencia, mi trabajo quedó reflejado en que si me hubiesen dejado, lo hubiera conseguido. Pero no me dejaron.

La ruina de Antonio Martín fue una mala gestión con deudas muy antiguas, el MOPU con sus exigencias y una plantilla devastadora con UGT detrás. Álvaro Martín encontró en mí un "conejillo de indias" para salir airoso de la situación a la que había llevado el emblemático y centenario restaurante.

No hay una nueva etapa
No, no la hay. Martín Lorca llegó –no me voy a pronunciar en de qué forma- a Antonio Martín y el negocio no le funcionó... Luego llegó Dani García con sus estrellas que también se estrellaba y dejaba un buen pufo. Y ahora es el Grupo Gorki el que reabre las puertas de un restaurante que se llamaba Antonio Martín, que databa desde 1886 y cerró en 1994. No hay más.

Me gustaría decirles que no vivan otra vez de "la herencia" de un nombre, que se lo cambien. Que no hagan más declaraciones diciendo que van a servir "pescaito frito" como en Antonio Martín y que van a recuperar el rabo de toro y la sopa Viña AB. Todo lo que quieran, Grupo Gorki, pero que dejen en paz a Antonio Martín, que nada tiene que ver con ellos. Antonio Martín solo ha habido uno. Y ya veremos qué pasa.

Cuando la concesión administrativa caduque...¡Dios dirá!'

Málaga, 21 de abril de 2015

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