Historias de la Costa

Cyril Connolly y el cielo ilustrado de La Cónsula

El célebre crítico e intelectual inglés descubrió su propio paraíso en el caserón de Churriana, donde pasaba impunemente largas temporadas gracias a su remoto parentesco con los Davis, los antiguos propietarios

16.04.2016 | 05:00
Además de su producción literaria, diseminada en artículos, ensayos y una única novela –The Rock Pool– el escritor inglés fue una figura esencial en la difusión de los grandes nombres de su generación, a los que fue publicando en su famosa revista Horizon

En Málaga formó parte del grupo irrepetible de Churriana, que incluyó, en distinto grado de fidelidad, a Gerald Brenan, Dora Carrington o el sulfuroso Ernest Hemingway

Si algo ha aprendido la Costa del Sol de sus tiempos de silencio, ya tan esquivos, es que no todo vale. Cada cielo, por muy disparatado que se alumbre, elige siempre su oponente. Después del nacimiento político de Marbella, que fue antes un pueblo y hasta un paisaje, todo, en cuanto a los atardeceres, ha quedado más o menos claro: se dan algunos, los más, generalmente sociales, que pierden parte de su antiguo estupor entre las pedradas de los bloques y el llanto corporal del último baño. Y otros, en franca minoría, que mantienen el tacto conservador y, por tanto, todavía lírico. De estos últimos, ya no hay mucho que decir, acaso que son más creíbles en el campo y en la playa que en la ciudad y que, en ocasiones, más que dejarse vivir, parecen hechos para amoldarse a la conciencia de sus mejores observadores. En Churriana, frente a las calurosas palmeras, en los remolinos de subidas y bajadas que conducen a La Cónsula, se cultiva a veces un sentido crepuscular de intensas emanaciones granotas que, por momentos, da la impresión de estar poseído de un nominativo poderoso, el del escritor Cyril Connolly, que tantas veces se asomó al cenador sin hacer ruido, con el eco aún intacto de los balazos al tuntún de su amigo Ernest Hemingway.

Todavía hoy, en la ladera que se apilan los caserones de la barriada de Málaga, es posible sentir en el aire, mientras se aleja el sol, la presencia imponente del intelectual inglés, enredado, a efectos poéticos, con alguna copa de vino blanco, pensando en una cita, en un párrafo a quemazón, probablemente defectuoso. Connolly tenía dicho en La sepultura sin sosiego que el único régimen laboral tolerable es aquel que acostumbra a abrochar la jornada con una copa en la mano, pero también que la ansiedad es el estado verdadero y natural del hombre. Puede que del cruce de ambas frases se engendrara el modelo de atardecer de Cyril Connolly, que es genuinamente de Churriana, por más que ahora haya ganado anonimato cuando asusta a las violetas y se cuela por los balcones. Dionisiaco con mala conciencia, genio burgués soluble en la aventura, el pensador más culto de la Inglaterra culta fue feliz al abrigo de La Cónsula y de Málaga, adonde acudía largas temporadas, casi siempre rodeado de la pandilla ilustrada de sus afines o compatriotas: el propio Hemingway, la inolvidable Linda Nicholson-Price, el viejo Brenan.

Cuarenta años después de su muerte, con la era de oro de la crítica ya evaporada, Connolly es quizá el único de su generación que persevera con su gran busto de senador en el tapete de las letras. Su obra, incluso más delectable con el paso del tiempo, sigue siendo influyente y respetada. Y no sólo en la calidad de epígono y satélite de la legendaria pandilla de Bloomsbury, sino también de manera indiscutiblemente poderosa. Connolly fue el mejor de todos los escritores falibles, y, aunque poco pródigo en los géneros más respetados, consiguió hacer mejor y más memorable literatura en una hoja de periódico que la mayoría de sus contemporáneos. Su erudición de los clásicos, su fatigado lirismo y su sentido del humor viajaban con él igualmente a la costa, el único lugar del mundo, quizá, de todos los muchos que frecuentó, en el que se sintió una sensación cálidamente hogareña. Propenso a los soliloquios despiadados y a los dramones, Connolly, aunque encantador, era un invitado temible, de los que son capaces de reventar contra el suelo un vaso sólo porque el whisky no está del todo a su gusto.

En el entorno de Churriana, el escritor decía que, por contraste a la miseria de Londres, vivía como un auténtico embajador de sí mismo; aquí no le hacía falta abrir la chequera, siempre a punto de agotarse, para costearse las libaciones y la vida contemplativa. Cuentan que Brenan le propuso invertir en una casa, pero él, por momentos se mostró indeciso; prefería entregarse a los placeres sin más, invitado como estaba permanentemente por Anne Davis, entonces propietaria de La Cónsula y hermana de la primera mujer del pensador británico. Connolly, en caso de no haber sido Connolly, hubiera contado como uno más de una de las épocas más fructíferas en cuanto a coincidencias y nombres de la historia de la provincia: la que, con Churriana como órbita, convirtió un distrito de cuño anaranjado de Málaga en el corazón mediterráneo del pensamiento de su tiempo. Por allí, sin ir más lejos, circuló Bertrand Russell, además de los autores más renombrados y sabidos. A Connolly, que había tratado ya en Inglaterra con sus coetáneos más destacados, de Aldous Houxley a Edith Warthon o Dylan Thomas, el espejo de sol de Málaga le debía sosegar y al mismo tiempo estimular con ingredientes que iban más allá de las conversaciones. Para un hombre brillante que vivía con lemures e hijo de un científico obsesionado con los moluscos y las babosas, La Cónsula tuvo que resultar a la fuerza una mezcla perfecta entre la civilización clásica y el salvajismo de la tierra recién descubierta. Connolly desencadenado, fantasma noble.

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