360 grados

Alemania y nosotros

 05:00  

Joaquín Rábago El ministerio de Sanidad de Alemania publica en la prensa de ese país un anuncio en el que aparece una joven cuidadora junto a una anciana, ambas sonrientes. La leyenda que acompaña la imagen reza: «Más individualidad en los nuevos cuidados».

El anuncio explica a continuación que la nueva ley sobre el cuidado de personas necesitadas de ayuda –algo parecido a nuestra ley de dependencia– ha introducido «muchas mejoras», incluidas las pecuniarias, para aquéllas y sus familiares a fin de aliviar la carga.
El Gobierno de coalición entre cristianodemócratas y liberales ha eliminado por otro lado y gracias al superávit de las cajas aseguradoras las tasas que debían pagar trimestralmente los pacientes para acudir al médico de cabecera porque entrañaba costes burocráticos para esos profesionales y no tenía ningún efecto disuasivo sobre los pacientes.

Otras medidas populares son el incremento de las pensiones más bajas y la nueva subvención de 150 euros al mes para aquellas madres que se abstengan de enviar a sus hijos de menos de tres años a la guardería y acepten criarlos en casa.

El Gobierno de Angela Merkel está adoptando con vistas a las próximas elecciones medidas que van en la dirección opuesta a la de las que se nos imponen aquí con el manido argumento de que son absolutamente necesarias y nos las reclaman además desde Europa.

Mientras tanto, la Agencia Federal del Trabajo de Alemania toma buena nota de la existencia de una gran reserva de profesionales en nuestro país y en otros castigados por la crisis. Miles de ingenieros españoles están sin trabajo y lo mismo ocurre con los médicos griegos o el personal sanitario portugués, señalan en ese organismo.

No deja de ser un drama que nos hayamos convertido de un tiempo a esta parte –y sin que ello parezca preocupar demasiado a nuestro Gobierno– en un país exportador de técnicos, de científicos y de otros profesionales cualificados que tanta falta nos harían aquí en un futuro si es que aspiramos a ser algo más que un país de fontaneros y camareros.

Durante el franquismo exportábamos albañiles y otros trabajadores apenas cualificados, muchos de ellos con estudios primarios, en el mejor de los casos. Hoy se busca a nuestros médicos, ingenieros o arquitectos. Jóvenes a los que hemos formado con dinero de todos y cuyo talento y cuyas capacidades van a aprovechar otros.

Es un drama –el de la fuga de cerebros– que conocen muchos países en desarrollo, pero al que aquí un Gobierno mínimamente responsable debería esforzarse en poner remedio cuanto antes. Sobre todo porque, de seguir las cosas como hasta ahora, muchos de esos profesionales no van a regresar. Y las ganancias de unos serán pérdidas para nosotros.

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