Cartas al director

04.10.2013 | 05:00

El veranillo de los membrillos
En tiempos normales y períodos atmosféricos naturales, cuando se acaba el verano según el calendario, que casi siempre coincidía con el meteorológico, sigue una corta tregua de calores, casi siempre atemperada por las primeras lluvias. Vuelven los aguaceros en los postreros días de septiembre, si es que antes no lo hicieron con las cabañuelas de agosto, que en algunos pueblos de la provincia malagueña siguen siendo un dogma entre la gente sencilla y que hay que creer a pie juntillas. Se suaviza el ambiente y las primeras gotas, que son promesas de generosas lluvias venideras, se reciben con un suspiro de alivio. A este calmo momentáneo de las temperaturas y la promesa del retorno de las precipitaciones sigue, en el intervalo de una quincena de días o poco más, el período que los castizos de las antaño feraces huertas rondeñas llaman el «veranillo de los membrillos».

En este veranillo recalcitrante, como estrambote del verano riguroso y canicular, sin males intenciones y siempre bien tolerado, retorna un calorcillo meloso, pariente del recién llegado otoño, que en la Serranía de Ronda viene pintiparado para poner los caquis en sazón( otro producto de la huerta, dulzón y sabroso donde los haya), pero sobre todo para acabar de redondear el membrillo y concederle el definitivo color entre dorado y amarillento que hace a esta aromática fruta tan peculiar.

El membrillo tiene sus adeptos en los pueblos serranos y no faltan en los predios que con mayor extensión se dedican a otros especímenes arbóreos. Es una fruta que ofrece un tegumento peludo y es de sabor áspero si se come tal cual recién cogido del árbol. Pero resulta extremadamente dulce si con él elaboramos una compota, un postre para que las mujeres de la serranía rondeña se dan sabia maña, echando mano al azúcar y la canela en dosis generosas. O si lo destinamos a ese dulce que convenientemente compactado nos acaricia el paladar durante todo el año: la «carne de membrillo», en el que la fruta toma nombre de ese otro elemento nutriente tan necesario para el sustento de la vida humana.

Es el fruto por excelencia del verano que se fue y el otoño que estrena luz cada atardecer más meliflua y leve. Crea en lontananza sombras que en el campo se alargan merced a la arboleda que ya empieza a despojarse de su vestimenta rabiosamente verde con la que tapó sus desnudeces invernales al calor de un sol implacable de días largos empeñados en desterrar la oscura tiniebla nocturna, esa que ahora vuelve a enseñorearse por más tiempo del terreno usurpado.

El membrillo toma el relevo a otros frutos de maduración temprana y que por ende fenecen cuando aquél luce en todo su rubicundo esplendor. Alegran los arroyos, esponjado los rientes campos por mor de las primeras y tímidas lluvias. En las madrugadas, lucen gotas de rocío, presagiando los días del cierzo y la ventisca que no tardarán en llegar. Los membrillos ponen, en fin, un toque de vivo color en los campos serranos cuando el resto de la floresta yace marchita por los ardores de un verano que ya hace las maletas hasta más ver. Vale la pena darse un garbeo por estas tierras y disfrutar del sosiego –tal vez nostálgico– que brinda el otoño todavía incipiente.
José Becerra
Málaga






Un trabajo digno, no decente
Se acerca el día mundial en que los trabajadores reivindican que se respete sus derechos humanos laborales. Algo tanto más necesario de impulsar cuanto que la crisis y multimillonario desempleo facilita a empresarios sin escrúpulos el deteriorar la calidad de las condiciones de trabajo. Y, en cierto sentido, hay que empezar por respetar una traducción adecuada de ese día en favor de «A decent work» traduciéndolo al español como se debe: «Un trabajo digno».

El hablar de «un trabajo decente» es tan incorrecto como frecuente, no sólo por el castizo desconocimiento del inglés y traducir «a lo que suena», sino porque lo de «decente» está ligado no menos castizamente a lamentables resabios clasistas y puritanos, que llevan, por ejemplo aún reciente, a preocuparse más que el clero por la altura de las faldas de unas azafatas, en vez de hacerlo por el conjunto de sus condiciones laborales.
Antonio Caballero Garrido
Málaga

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