Aliquindoi

Isaac y su árbol

02.02.2016 | 05:00

La palabra estertor es, en sí misma, decididamente macabra, como el concepto que define, pues no en balde preludia la muerte inminente. El estertor anuncia el final de la lucha agónica. Por eso sobrecoge. Hace pocos días quedé impresionado al ver y oír los estertores de un árbol, al que un camión enganchado en sus ramas, iba arrancando de cuajo, según seguía avanzando. El hermoso y añoso ejemplar, aprisionado en un alcorque que lo asfixiaba, y quizá cansado de seguir luchando contra la opresión del acerado, tomó una inclinación tal que se adivinaba que sucumbiría, como en efecto ocurrió, constatando al día siguiente que el tronco yacía aserrado en varios trozos.

Roncos gemidos parecieron los crujidos del árbol al desenraizarse. Moría matando, rompiendo la cárcel de losetas que lo apresaba al levantar el acerado circundante. Lucha de la naturaleza contra la corta visión de quienes, constructores codiciosos, no pensaron, al construir el alcorque, en el futuro de aquel ser viviente, sino en colocar más baldosas. Así fue como el árbol moribundo exhaló el rugido final de una violenta expiración.

Bajo aquella impresión, no pude sino pensar lo que perdíamos quienes por allí transitamos a diario: la sombra que protegía la espera junto al semáforo aledaño y, sobre todo, la protección que ofrecía al africano allí apostado, Isaac, amable y fortachón pedigüeño que no pide, siempre con una sonrisa y un saludo gentil a los automovilistas detenidos ante el semáforo en rojo, dando breve conversación a padres y parvulitos del colegio en cuyo camino se encontraba el árbol caído. Ha sido el final de una etapa. La acacia centenaria ha cubierto su ciclo vital con enorme dignidad.

No sé por qué extraño mecanismo, he asociado algo tan anecdótico con el momento actual que vivimos. Tal vez sea porque me parece estar oyendo por doquier los estertores de un ciclo mundial. La dolorosa agonía de un mundo que concluye para transformarse en otro distinto, y ojalá que mejor.

Las guerras y sus secuelas de hambrunas, antes focalizadas en puntos concretos del planeta, ahora se esparcen casi por todo el orbe, al punto de que el Papa habla de tercera guerra mundial. Movimientos migratorios que tales guerras acarrean con desplazamientos de millones de personas en África, como quienes huían de las siete plagas en la época bíblica, aunque no nos acordamos de ellos hasta que envían a nuestro pulcro primer mundo un recordatorio en forma de virulenta epidemia tropical. La huida esperanzada de hambrientas legiones de parias que desde Oriente Medio recorren un forzado peregrinar hacia la meca que se les antoja ser Europa, la que cada vez recibe a los refugiados con menos compasión y, lejos de acogerlos, los frena con leyes deshumanizadas.

Una Europa que se desgarra, balanceándose fluctuante en medio de una acalorada disputa florentina, en la que todos se apuñalan con absoluta cortesía. Quienes embarcan a los refugiados en trenes sin retorno que cruzan su país sin parar, dejándolos en la frontera, y quienes desde el país vecino ponen endiabladas puertas al campo, forradas de cortantes «concertinas», que no emiten música festiva como el instrumento del que toman nombre, sino chirriantes sonidos de dolor, frustración e inhumanidad. En este río revuelto, los grandes negociadores aprovechan para reforzar sus condiciones privilegiadas so amenaza de salirse de la Unión Europea.

Entre nosotros, la situación no es más brillante. El inefable concepto del bien común ha sido relegado por unas luchas miopes de partido. Lejos de intentar conformar al unísono la nueva etapa que exige el fin del estado del despilfarro, el que demagógicamente nos empeñamos en seguir llamando estado del bienestar, nuestros políticos se enfrentan en luchas cainitas de rancio arraigo, ignorando la histórica concordia que consagró la Transición.

Ahora los catalanes como antes con más vehemencia y violencia los vascos, propugnan una salida del ámbito constitucional, aun cuando están presentes en las Cortes Españolas, aceptando todo el juego democrático que éstas ofrecen, salvo el de la soberanía. Otros, los que a sí mismos se llaman movimientos antisistema, disputan por lograr el poder establecido usando las reglas del sistema, no para su lógica eliminación, sino para acomodarlo a ideas históricamente fracasadas.

Decididamente, faltan estadistas con visión de Estado, con perspectiva altruista y generosa. Estadistas que no se estanquen en la conquista del poder por el poder y la destrucción política del oponente. Estadistas que conozcan el sentido de la libertad positiva de Isaiah Berlin. Estadistas cuya ambición personal se subordine al interés de la república, la cosa pública. Lógico corolario ante tal panorama es que la filosofía desaparezca de los libros de texto, como se propugna.

Pero el mundo sigue e Isaac el africano, el amigo de los niños y los automovilistas, ya ha buscado nuevo acomodo. A falta de árbol, se amolda a la menguada sombra del poste del semáforo. Ha iniciado, sin saberlo, su nuevo ciclo. Sin revolución, adaptándose evolutivamente a la tecnología

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