La punta del iceberg

Consensuar está de moda

10.03.2016 | 05:00

Sentémonos a hablar. Usted y yo. Le propongo consensuar posturas. Todos están esperando a que lleguemos a un acuerdo. Yo estoy dispuesto a hablar de lo que sea, y por supuesto, a escuchar. Sentémonos. No perdamos más tiempo. Nadie podrá decir que no hemos puesto de nuestra parte. Si lo desea podemos discutir el lugar de reunión. El tiempo de intervención de cada uno. El turno de palabra. Todo es discutible a excepción de mis razones. Mi postura es inamovible.

El verbo consensuar se ha puesto de moda. Saber conjugarlo es estar a la última en política. Pero como todas las modas, la mayoría de las veces se olvida lo esencial y solo permanece lo estético. Es como colocarse un antifaz de cotillón en agosto. Nuestros representantes políticos, elegidos en primera convocatoria, lo lucen desde el 20 de diciembre del año pasado. Aún no se han dado cuenta de que su nochevieja es más vieja que una noche electoral.

La RAE dice que consensuar es adoptar una decisión de común acuerdo entre dos o más partes. Desconozco dónde está la dificultad en esta definición para que no se entienda. Puede que adoptar sea un verbo complicado, sobre todo porque supone acoger como tuyo algo que no lo es. Luego está el vocablo común, que algunos deben haber interpretado como vulgar, ordinario, nada original. Si es así, no me extraña que no quieran oír hablar de ello. Y por último está el acuerdo. Aquí está el verdadero problema de la frase. Llegado a este punto nadie se acuerda del motivo por el que utilizaron el verbo consensuar.

Consensuar no es más que adoptar algunas de las razones de otro. Cuando se está dispuesto a negociar, es necesario que también se esté dispuesto a ceder en determinados puntos en los que estamos convencidos de tener razón, porque sencillamente, nuestro interlocutor está convencido de lo mismo. Consensuar no es sinónimo de imponer. Consensuar está más cerca de sacrificar que de convencer. Por eso hay que conjugar con cuidado ese verbo.

Los ciudadanos estamos hartos de consensuar en nuestras casas. Lo hacemos con nuestras parejas para decidir quién saca la basura. Qué canal de televisión elegir. Quién acuesta a los niños o quién hace la cena. Consensuamos con los compañeros de trabajo nuestras tareas diarias, los días de vacaciones, las horas de más en la oficina. Con los vecinos consensuamos los gastos de la comunidad, las quejas contra los ruidosos o la necesaria e inoportuna pintura de la fachada. Estamos bastante acostumbrados a consensuar, sin embargo, en la mayoría de los casos no utilizamos la palabra. Para los ciudadanos valen más los hechos que las palabras.

Y ahora, póngase en mi lugar. Quiere que le entienda, que comprenda sus razones, que respete su postura, que le vuelva a votar. Yo lo haría, créame. Pero poco me importa cuando hay tanto gobierno por gobernar. Cuando hay gente a la espera de encontrar un empleo digno, cuando hay empresarios a la espera de acometer inversiones, cuando hay pacientes a la espera de su operación, cuando hay niños a la espera de un sistema educativo estable. Cuando se acumula la basura a la espera de ser retirada. La espera es la antesala de la desesperanza. En eso, hasta usted y yo estamos de acuerdo. Por eso, deje de jugar con la gramática y aplíquese el consenso.

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