Las cuentas de la vida

En precampaña

05.06.2016 | 05:00

Entramos ya en el mes de junio con la precampaña ya caldeada. Desde el primer minuto Rajoy buscó forzar unas nuevas elecciones, consciente de que carecía de los apoyos suficientes para presidir el gobierno. Su enroque ha permitido visualizar la dificultad de establecer alianzas alternativas al PP „no en vano sigue siendo el partido más votado„ y también el enorme desgaste que sufren los socialistas. La herida del PSOE es tan profunda que no se atisban salidas para Pedro Sánchez. Sea cual sea el camino que adopte, a corto plazo no puede obtener ningún resultado favorable. Pactar con la derecha equivaldría a reconocer que se ha equivocado en todos estos meses y alimentaría el discurso anti-establishment de Pablo Iglesias. Pactar con Podemos y sus confluencias „sobre todo, si llega a suceder el sorpasso, aunque sólo sea en votos„ supondría asumir una posición subordinada de muy difícil encaje con el peso histórico del PSOE. No debemos olvidar que, para lo bueno y lo malo, la democracia actual española es, en gran medida, consecuencia directa del peso y del papel del partido socialista desde la Transición hasta nuestros días. La inserción en Europa y en la Alianza Atlántica, el desarrollo autonómico y del Estado del Bienestar resultan impensables sin los gobiernos del PSOE „y, en menor medida, también del PP„, y su actual eclipse nos invita a pensar que nos encontramos ante un momento importante de fractura política. A pesar de las eventuales alianzas de gobierno en la administración local y autonómica, el PSOE y Podemos son mundos ideológicos incompatibles, casi antagónicos si se mira más allá de la retórica inmediata. Votar al PSOE significa confiar en el valor de las instituciones democráticas que se han consolidado en estos cuarenta años, desde la firma de la Constitución del 78. Significa apostar por la continuidad de un proyecto de convivencia que no se quiere rupturista ni divisorio. Votar a Podemos, en cambio, implica la voluntad de superar el marco actual y de construir algo nuevo, desde premisas muy diferentes. Como sucedió el pasado 20 de diciembre, en estas elecciones generales se dirime qué modelo de España preferimos y con qué mimbres.

Es probable que del 26 de junio surja un país todavía más complicado e ingobernable, sobre todo si „como apuntan algunas encuestas, no todas„ el PSOE queda reducido a cenizas. Pero, sea cual sea el caso „una subida relativa de los populares o un resultado más positivo de los socialistas o un nuevo ascenso de Podemos„, la cuestión fundamental se decidirá en Ferraz. ¿Asumirá que no existe otra salida razonable para la estabilidad que una gran coalición? ¿O, por el contrario, intentará domesticar el difícil envite que le propone Podemos, con el riesgo de verse absorbido definitivamente por la izquierda radical? Y, en esta disyuntiva, seguramente será Ciudadanos el único partido que „por su posición„ pueda desempeñar el papel relevante de bisagra y que, por tanto, ejerza una función de puente.

Ningún país se puede articular sin puentes. O, lo que es lo mismo, sin un centro claro, definido, importante. Quizás ésta fue la gran lección de la Transición: la necesidad de encontrar puntos en común en la realidad social y no en los maximalismos ideológicos. La realidad, en este sentido, actúa como un corsé fundamental, importantísimo que, si se ignora, termina por corromper definitivamente las virtudes y los valores de una sociedad. El fracaso „como subraya el profesor Gregorio Luri„ sólo se justifica dentro de un relato de éxito. Si no es así, destruye definitivamente al que lo sufre, ya sea un individuo o una nación.

Entramos en junio con la precampaña ya en marcha y con gran temor a la reincidencia. De diciembre a junio se ha escenificado un fracaso del parlamentarismo, a la espera de que ahora, este mes, los españoles opten por una solución distinta, más clara. Seguramente, las urnas no harán más que intensificar las tendencias previas. Un parlamento fragmentado nos habla de un país fragmentado y también de la necesidad de volver a un sano realismo. Al final, lo que una sociedad necesita es arquitectura, puntos de apoyo, creencias compartidas, respeto a las leyes y las normas, equilibrio, pactos y cesión. Este impasse ya se está alargando demasiado.

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