No hagan olas

No somos británicos, vayamos a votar

26.06.2016 | 05:00

Todavía bajo la conmoción del brexit, los españoles estamos llamados hoy a repetir los votos de la democracia, tras medio año de gobierno provisional y sin saber muy bien hacia dónde nos dirigimos. Un gobierno, por cierto, a cuyo ministro del Interior le graban en su despacho conversaciones sensibles, enésimo episodio de la pandereta nacional de un país donde se filtran todas las instrucciones judiciales pero, en cambio, se toleran las infidelidades matrimoniales incluso al más alto nivel del Estado.

En ese tipo de cosas nos diferenciamos abiertamente de los británicos. En el Reino Unido cualquier desliz de naturaleza sexual cuesta la reputación pública de por vida. Recordemos los líos de Charles Windsor y Diana Spencer, el caso Profumo, las andanzas de nuestra Bienvenida Pérez „de casada, Buck€ Aquí, en cambio, esos pecados se perdonan quizás por la costumbre católica tan profiláctica de la secreta confesión acompañada de contricción y perdón divino.

Por fortuna, los españoles seguimos creyendo en la figura del mediador, ya sea un confesor espiritual o un psicólogo, aunque por lo general acudimos al odontólogo cuando aprieta el dolor de muelas y no de un modo ordenado y planificado para mantener una boca sana. Con la política nos pasa un poco lo mismo. Cierto es que la corrupción rampante y la falta de visiones de Estado en el momento actual han hecho muy descreído de la política al común de los españoles, pero a pesar de todo ello en nuestro país la gente suele responder a la llamada de sus mediadores ideológicos y lo suele hacer con entusiasmos renovados. La jornada de hoy, posiblemente, sea un nuevo ejemplo de ello a pesar de que todas las circunstancias remitían a la pérdida de confianza en los políticos presentes.

En Gran Bretaña, por contra, soslayar a los partidos para apelar en referéndum a la población puede tener sentido a veces –y solo a veces– porque su cultura les incita al disenso. En España esto es impensable. Recordemos la consulta sobre la OTAN, en la que buena parte de los votos respondían a la opinión de los partidos y apenas conocían la temática atlantista. En el referéndum británico hemos visto, en cambio, cómo se ha dividido dramáticamente el Partido Conservador o cómo las bases de los laboristas –e incluso de los combativos sindicatos– han desobedecido a sus dirigentes para votar a favor del brexit. Esa libertad de opinión y de conciencia de la civilización anglosajona está muy lejos de nuestra mentalidad latina, de la mentalidad europea continental también en buena medida.

Era de esperar, en tal contexto, que el nacionalismo europeo de matriz conservadora e, incluso, ultraderechista, reaccionara inmediatamente al resultado británico pidiendo en sus respectivos países la misma medicina. Los tradicionalistas siempre han sido enemigos de los librecambistas, una batalla que en la vieja Europa continental está lejos de darse por concluida y que hacía más de un siglo que había superado el Reino Unido.
En España ese es otro debate ausente. Buena parte de nuestras referencias políticas tienen que ver, todavía, con el pasado vinculado a la Guerra Civil y al franquismo. Sobre tales resacas políticas seguimos sintiendo la democracia en nuestro país por más que sus protagonistas lo nieguen. El independentismo catalán ha construido una cortina de humo economicista pero en realidad su reacción tiene que ver con el nacionalismo españolista que todo lo invadió durante el franquismo. Nuevos personajes de esa autollamada nueva política „Alberto Garzón y el propio Pablo Iglesias sin ir más lejos„ reivindican el legado inmarcesible de sus abuelos que perdieron en la lucha guerracivilista: sus posiciones ideológicas, y la retórica con la que la acompañan, es la de la restitución moral de aquellos combatientes del pasado. Por eso el nacionalismo periférico en nuestro país es de izquierdas, por eso es la extrema izquierda y no la derecha la que reclama la fórmula del referéndum para la acción política, eso que han venido en llamar democracia radical y que amenaza con sustituir a los mediadores y los expertos por el voto popular a merced del masaje mediático, la amplificación de las consignas sencillas y las manipulables redes sociales.

La propaganda de los otros vencedores, los anglosajones liberales de la Segunda Guerra Mundial, nos había hecho pensar en un mundo idílico para la democracia burguesa al otro lado del Canal. Se habían disipado en la neblina las viejas políticas arancelarias del Imperio Británico, las mismas que causaron algunas de las más violentas descolonizaciones en tiempos de Jorge III o, más tarde, de la reina Victoria. Pero no fue hasta la llegada de John Maynard Keynes y sus colegas de generación que los liberales británicos no dieron la batalla contra el viejo victorianismo proteccionista a principios del siglo XX. Keynes, sí, el economista al que tanto reclama el ideario socialdemócrata, encabezó la revolución monetarista contra la economía arancelaria.

Hoy, aquí, volvemos a ir a votar a quienes van a mediar por nosotros en la política, y así deseo que sea por mucho tiempo. Que decidan por mi quienes yo elijo. Si desean preguntarme que lo hagan sobre las pequeñas cosas: si quiero o no que peatonalicen mi calle, que cambien los horarios de recogida de la basura o, incluso, si prefiero modificar el huso horario o el tipo de educación a financiar por los impuestos, pero hay cosas que quiero que se me escapen: el modelo de ciudad, la disolución de las provincias, mi identidad patriótica, la libertad de movimientos o la circulación de las mercancías€ De todo eso, por favor, que se encarguen aquellos a los que eligió el pueblo. Vayamos a votar.

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