Las cuentas de la vida

No ser rebaño

19.07.2017 | 23:23

A finales del siglo XVIII, el catálogo de libros que leían los adolescentes de clase alta era, cuando menos, sorprendente por su riqueza y complejidad. «Léelo todo en original y no en traducciones», le aconsejaba por carta el presidente americano Thomas Jefferson a su sobrino de quince años Peter Carr, además de ofrecerle un listado de obras y autores que hoy resultaría impensable para un chico de la ESO: Heródoto y Tucídides, la Anábasis de Jenofonte; Homero, Eurípides y Sófocles; Virgilio y Terencio, Epicteto y Séneca; los diálogos de Platón y las obras de Cicerón, El Paraíso perdido de John Milton y el teatro de Shakespeare; Alexander Pope y Jonathan Swift. El objetivo no era otro, prosigue Jefferson, que «formar tu propio estilo y tu propio lenguaje», seguramente consciente de que cultura, pensamiento y carácter se encuentran interrelacionados de algún modo peculiar y que –por decirlo a la manera de Orwell– la degradación en el uso de las palabras constituye el signo más claro de la degradación de las personas. O, expresado en otros términos, cuando el pensamiento pierde sus matices y su riqueza, la inteligencia se degrada y el debate público y social también. Frente a un enfoque meramente práctico de la educación, la lectura de los grandes libros sería algo así como el humus natal de una sociedad que se quiere informada y culta, de una democracia –digamos– que se sueña cada vez mejor.

Por supuesto, el siglo XVIII queda lo suficientemente lejos como para intentar realizar comparaciones absurdas. La educación se ha universalizado y no se ciñe al terreno restringido de las elites. La estructura económica y social es otra, y el papel de la tecnología ha dinamitado –en parte– el prestigio de la letra escrita en beneficio de la omnipresencia de la imagen. Las nuevas tendencias educativas, al amparo de las ciencias más diversas, desdeñan la tradición y algunas de ellas, como la afamada teoría de las «inteligencias múltiples», claramente rozan las pseudociencias. Las modas se suceden en los colegios con fervor dogmático: de la enseñanza por proyectos al trabajo cooperativo. Nadie discute la importancia del inglés como lengua franca, pero todo lo demás ha devenido problemático. La escuela transmite valores y, en algunos casos, además ideología. Los conocimientos han pasado a un segundo plano frente a las competencias. Nadie se plantea leer a Platón o a Tácito en secundaria; tal vez, algún clásico adaptado. Y algunas de estas adaptaciones, todo hay que decirlo, son magníficas.

Una sociedad como la actual que muta constantemente alienta una escuela desorientada, por lo que cabe preguntarse cuáles deberían ser los puntos de equilibrio imprescindibles para evitar su hundimiento. Uno de los síntomas indudables de la crisis educativa en la que estamos inmersos es el éxito de alternativas como el homeschooling en los países donde es legal –las universidades americanas compiten abiertamente por este tipo de alumnado– o la enorme inversión que muchos padres españoles realizan en formación extraescolar: de las matemáticas online a las clases particulares con profesores nativos de inglés, de los cursos de robótica a los de programación informática. Pero sigue faltando un refuerzo auténtico de la lectura, más allá de la labor solitaria de algunos profesores y de muchas bibliotecas. Se trataría de volver a los clásicos para confirmar uno de los postulados del famoso Informe Pisa: la garantía más fiable de que un alumno termine sus estudios de secundaria es que sus padres le lean diariamente y en voz alta, sobre todo a edades tempranas. Sí, las palabras cuentan, incluso en una época definida por la idolatría de la imagen y de las redes sociales.

Las palabras cuentan, como también la historia, la filosofía, las biografías, la música, el arte y la gran literatura; es decir, lo que tradicionalmente hemos llamado «alta cultura». Ésta nos enfrenta a modelos mejores que nosotros, ensancha el horizonte de nuestra mirada y nos muestra una característica propia de Europa: que nuestras genuinas raíces son universales. Al desligarnos de esta tradición –la de los grandes libros, la de la alta cultura–, perdemos el humus natal del que hablábamos antes, el que te permite «formar tu propio estilo y tu propio pensamiento». O, lo que es lo mismo, el que te evita ser rebaño.

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